No supe en qué momento empezó a importarme tanto.
No hubo una escena clara.
No hubo un punto exacto donde decir aquí empezó todo.
Solo un día me descubrí esperando su mensaje como si fuera parte de la rutina, como si no recibirlo alterara el orden del día.
Hablábamos seguido.
No siempre mucho.
Pero constante.
Y la constancia engaña.
Abril me decía que tuviera cuidado.
Ría no decía nada, pero me miraba como si ya supiera el final.
—No pasa nada —les repetía—. Solo hablamos.
Pero en mi cabeza, hablar con él era distinto.
Porque él decía cosas pequeñas que se quedaban.
“Me gusta cómo piensas.”
“Eres tranquila.”
“Se nota que sientes de verdad.”
Palabras simples.
Palabras bonitas.
Palabras que no prometían nada, pero tampoco se sentían vacías.
Empecé a preguntarme si yo también le importaba.
Si para él, yo era más que alguien disponible.
Y ahí apareció el miedo.
Ese que no grita, pero te aprieta el pecho cuando te das cuenta de que estás sintiendo algo que no sabes si el otro puede sostener.
A veces dejaba el celular a un lado solo para probarme que podía.
Duraba minutos.
Otras veces leía sus mensajes una y otra vez, buscando una intención que no sabía nombrar.
¿Me escribe porque quiere?
¿O porque sabe que voy a estar?
La pregunta no me dejaba en paz.
Pero aún así, seguía.
Porque sentir algo por primera vez no se parece a la felicidad.
Se parece más a caminar descalza sin saber si el suelo va a cortar.
Y yo… yo todavía no sabía que ya me estaba haciendo heridas con cosas que él ni siquiera notaba.