No pasó nada extraordinario.
Y tal vez eso fue lo peor.
Ese día le escribí como siempre.
Un mensaje corto.
Nada cargado de emoción.
No respondió.
Pensé que estaba ocupado.
Que luego lo haría.
Pasaron horas.
Después un día.
Nada.
No fue el silencio inmediato lo que dolió, sino cómo mi mente empezó a llenarlo.
Tal vez dije algo mal.
Tal vez ya no le intereso.
Tal vez nunca le interesé.
Abrí el chat más veces de las que quiero admitir.
El último mensaje seguía ahí.
Leído.
No escribí de nuevo.
Por orgullo.
Por miedo.
Por esa vocecita que dice si tienes que insistir, ya perdiste.
En la universidad lo vi.
De lejos.
Reía con alguien más.
Normal.
Ligero.
Como si nada.
Y ahí entendí algo que no quería aceptar: mientras yo había construido preguntas, él había seguido viviendo.
Esa noche, el celular vibró.
Su nombre.
Sentí alivio primero.
Luego rabia.
Después miedo.
Abrí el mensaje.
“Perdón. He estado bastante ocupado.”
Me quedé mirando la pantalla, con el corazón latiendo tan fuerte que parecía reclamarme algo.
No supe qué responder.
No aún.
Porque había una parte de mí que todavía quería creer.
Y otra —más pequeña, pero más lúcida— que empezaba a entender que algunas personas llegan a tu vida no para quedarse, sino para enseñarte qué tan profundo puedes sentir sin que nadie te lo pida.
No respondí esa noche.
Y mientras dejaba el celular boca abajo,
me pregunté algo que me dio miedo formular:
¿Y si esto nunca fue lo que yo creí… y aun así me va a doler como si lo fuera?