No respondí ese mensaje de inmediato.
No porque no supiera qué decir, sino porque sabía que cualquier respuesta iba a decir más de mí que de él.
Al día siguiente volvió a escribir.
Nada largo.
Nada intenso.
Como si el silencio anterior no hubiera existido.
“¿Estás bien?”
Leí esa pregunta varias veces.
No porque fuera complicada, sino porque era injusta.
¿Cómo se responde a alguien que no sabe —o no quiere saber— que ya te movió el suelo?
Escribí algo neutro.
Algo seguro.
“Sí. Todo bien.”
Mentí otra vez.
Pero esta mentira fue distinta.
Más cansada.
Hablamos un poco más ese día.
Como antes.
Como si nada se hubiera roto.
Y eso fue lo que más me dolió.
Porque entendí que, para él, nunca hubo nada que romper.
Esa noche pensé en todo: en el bus, en las miradas que no fueron nada, en las palabras que yo guardé como si fueran promesas.
Pensé en lo fácil que fue para mí sentir tanto sin que nadie me lo pidiera.
Y en lo peligroso que es eso.
No lo confronté.
No pregunté qué éramos.
No pedí explicaciones.
Porque a veces el miedo no es a la respuesta, sino a confirmar que la ilusión fue solo tuya.
Antes de dormir, llegó un último mensaje.
“Me gusta hablar contigo.
De verdad.”
Lo leí con el pecho apretado.
Porque su de verdad no significaba lo mismo que el mío.
Apagué el celular sin responder.
Y por primera vez desde que todo empezó, no fue por orgullo, ni por miedo.
Fue porque entendí algo que duele aceptar:que puedes sentir profundo, limpio, real… y aun así no ser el lugar donde alguien quiere quedarse.
La historia no terminó ahí.
Pero esa noche, algo en mí sí lo hizo.