Lo que nunca empezó

CAPÍTULO FINAL — No era lo mismo

Siempre pensé que la química se sentía igual para ambos.
Que cuando una conversación fluía, cuando las risas llegaban sin esfuerzo, cuando el silencio no incomodaba, era porque algo estaba pasando en los dos lados.

Tal vez ese fue mi error.

Esa tarde lo vi distinto.
No porque él hubiera cambiado, sino porque yo había decidido mirarlo sin miedo.
Como si, por primera vez, me permitiera aceptar que sí… que me importaba.

Nos sentamos en una mesa del fondo de la cafetería, lejos del ruido.
Él hablaba con las manos, como siempre, y yo lo observaba más de lo que debería.

—A veces siento que contigo es fácil hablar —dijo, sonriendo—. No tengo que pensar tanto lo que digo.

Sentí ese pequeño salto en el pecho.
Ese que te traiciona.

—A mí también —respondí—. No me pasa con cualquiera.

Me miró.
No de forma intensa.
No de forma romántica.

Normal.

—Debe ser porque somos parecidos —dijo—. O porque pensamos mucho las cosas.

Ahí estuvo.
La frase era inocente.
Pero yo quise leer algo más.

Seguimos hablando.
De libros.
De animales.
De la universidad.
De la vida después de todo eso.

Había momentos en los que nuestras risas se cruzaban, en los que parecía que íbamos a decir lo mismo, en los que el tiempo se volvía suave.

Y yo pensé: tal vez él también lo siente.
No amor.
No algo grande.
Pero algo.

—¿Nunca te ha pasado —pregunté, dudando— que conectas con alguien y no sabes bien qué es… pero sabes que no es nada?

Él frunció el ceño, pensativo.

—Sí —dijo—. Me pasa seguido.

Sonreí.

—¿Y qué haces cuando pasa?

Se encogió de hombros.

—Nada. Disfruto la conversación. No todo tiene que ser algo más, ¿no?

La frase cayó despacio.
Pero pesado.

—Supongo —respondí, bajando la mirada.

Él siguió hablando, sin notar el cambio.

—A veces la gente confunde conexión con intención —dijo—. Y eso complica todo innecesariamente.

No fue cruel.
No fue duro.

Fue honesto.

Sentí cómo algo se acomodaba mal dentro de mí.
Como cuando encajas una pieza que no es del rompecabezas correcto, pero igual fuerzas la forma.

—¿Crees que alguien puede ilusionarse sin que el otro se dé cuenta? —pregunté, casi en un susurro.

Él rió suavemente.

—Sí. Pasa mucho. Pero no siempre es culpa de alguien.
A veces uno solo… es como es.

Me miró con calma.
Con afecto incluso.

—Tú eres una persona intensa —añadió—. Y eso no es malo.
Solo… no todos sentimos igual.

Ahí fue.

No hubo gritos.
No hubo rechazo.
No hubo una confesión explícita.

Pero entendí.

Entendí que lo que yo había sentido como señales, él lo había vivido como comodidad.
Que lo que para mí era ilusión, para él era solo presencia.

Química, sí.
Pero no la misma reacción.

Sonreí.
Porque no sabía qué más hacer.

—Gracias por decirlo así —dije—. De verdad.

—¿Decir qué? —preguntó, confundido.

Negué con la cabeza.

—Nada. Solo… gracias.

Nos despedimos como siempre.
Con naturalidad.
Con esa ligereza que yo ya no tenía.

Caminé sola esa noche, pensando en algo que nunca pregunté en voz alta, pero que me atravesó completa:

¿Y si nadie me hizo daño… y aun así duele igual?

Porque no me rompió que no sintiera lo mismo.
Me rompió saber que, mientras yo tenía miedo de sentir, él nunca tuvo miedo de perderme.

Y esa diferencia… esa diferencia es el final de muchas historias que nunca comenzaron.




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