Lo que nunca empezó

CAPÍTULO EXTRA — Después

No me di cuenta en el momento.

Eso es lo que más me molesta ahora.

Creí que había sido claro.
Creí que había hablado con honestidad.
Creí que decir no todo tiene que ser algo más era suficiente para no hacer daño.

Pero hay silencios que no se notan hasta que ya no están.

Después de esa tarde, ella cambió.
No de forma brusca.
No como lo hacen las personas heridas que se protegen con frialdad.

Cambió de una forma peor.

Respondía igual.
Hablaba igual.
Sonreía igual.

Pero ya no se quedaba.

Las conversaciones se volvieron más cortas.
Los mensajes, menos frecuentes.
El interés… más educado.

Al principio pensé que era cansancio.
Luego rutina.
Después, nada.

Un día revisé el chat antiguo.
No buscaba algo específico.
Solo… algo.

Y lo vi.

Las preguntas que hacía.
La forma en que escuchaba.
Cómo celebraba cosas que ni yo valoraba tanto.

Vi algo que antes no había querido ver: ella no estaba exagerando.
Estaba sintiendo.

Y yo… yo había disfrutado eso sin preguntarme cuánto costaba.

No la usé con intención.
Pero tampoco fui cuidadoso.

Y eso no me hace inocente.

Pensé en escribirle.
En decirle que lo sentía.
En explicarle que nunca quise confundirla.

Pero hay disculpas que llegan tarde y solo sirven para aliviar a quien las da.

Así que no lo hice.

A veces la veo de lejos.
Caminar con seguridad.
Hablar con otros.
Reír sin buscarme.

Y recién ahí entiendo algo que no supe ver cuando importaba: no perdí a alguien porque no fuera “algo serio”.
La perdí porque nunca entendí que para algunas personas sentir no es un juego… es una forma de existir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.