Lo que nunca empezó

EPÍLOGO — Lo que quedó

No volví a preguntarme qué habría pasado si.

Eso fue lo primero que cambió.

El bus siguió pasando a la misma hora.
La universidad no se movió de lugar.
Las personas siguieron apareciendo y yéndose como siempre lo hacen.

Pero yo ya no era la misma que miraba desde lejos esperando que alguien notara su silencio.

Aprendí algo que no enseñan en ninguna parte: que sentir profundo no es un defecto, pero entregarlo sin cuidado sí puede doler.

A veces pienso en él.
No con nostalgia.
No con rabia.

Como se piensa en una versión antigua de una misma, en alguien que te mostró un límite que no sabías que existía.

No me rompió el hecho de no ser elegida.
Me reconstruyó entender que yo también podía elegir no quedarme donde no me veían igual.

Sigo creyendo en la química.
En las miradas largas.
En las conversaciones que fluyen.

Pero ahora sé que no todo lo que conecta se queda.

Y que está bien.

Porque algunas personas no llegan para amarte, sino para enseñarte cómo se siente hacerlo por primera vez.

Y eso, aunque duela, también es una forma de amor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.