Lo que nunca importó

Prólogo

El amor, cuando es verdadero, no llega con fanfarrias ni con promesas escritas en el cielo. Llega en silencio, como la luz que se filtra por una persiana entreabierta al amanecer: suave, persistente, inevitable. Edith lo supo desde el primer día que Román le pasó el salero en la cafetería de la universidad sin mirarla directamente, pero con una sonrisa que parecía reservada solo para ese instante. Fue un gesto tan pequeño que nadie más lo notó, pero para ella marcó el comienzo de una calma que durante años creyó inquebrantable.

Creía —y lo creyó durante mucho tiempo— que el amor verdadero se reconocía precisamente en esa quietud: en las mañanas sin prisa, en las noches en que no hacía falta decir nada porque el simple roce de un pie bajo las sábanas bastaba para llenar el espacio. Con Román había construido un refugio así: un apartamento modesto, cenas improvisadas en la cocina, viajes espontáneos que terminaban siempre con risas y arena en las maletas. Eran felices, o al menos eso parecía. La felicidad, cuando es profunda, a veces se confunde con la costumbre.

Pero la costumbre, como el agua quieta, también puede esconder corrientes subterráneas.

Tres años de intentos infructuosos por tener un hijo transformaron esa calma en un silencio diferente: uno que dolía, que pesaba, que exigía ser nombrado. Edith empezó a sentir que su cuerpo la traicionaba, que su vientre era un desierto donde nada florecía. Román, siempre sereno, empezó a mirarla con una preocupación que intentaba disimular, pero que ella veía igual: la misma mirada con que un náufrago observa el horizonte vacío.

Y entonces apareció Pablo.

No llegó como un villano de capa y espada, sino como una promesa envuelta en bata blanca y palabras suaves. Ofreció esperanza cuando la esperanza ya se había vuelto insoportable. Ofreció deseo cuando el deseo se había convertido en culpa. Ofreció un camino fácil cuando el camino verdadero exigía demasiado dolor.

Edith cruzó ese umbral sin darse cuenta de que al hacerlo dejaba atrás no solo a Román, sino también a la versión de sí misma que una vez creyó inquebrantable.

Lo que siguió fue un torbellino de mentiras, traiciones y verdades a medias. Román fue expulsado de su hogar con una maleta y un portazo. Edith se perdió en brazos que no eran los suyos. Patricia, la amiga improbable, la ex que nunca dejó de ser parte del paisaje, se convirtió en testigo silencioso y, más tarde, en aliada inesperada.

Pero el amor —el verdadero— tiene una cualidad extraña: no desaparece del todo aunque lo pisoteen, aunque lo nieguen, aunque lo entierren bajo capas de rabia y vergüenza. Permanece latente, como una semilla bajo tierra helada, esperando el momento preciso para romper la costra y buscar la luz.

Esta es la historia de cómo esa semilla resistió el invierno más largo.

De cómo dos personas que se amaron con la inocencia de los que nunca han sido puestos a prueba, tuvieron que aprender a amarse con las cicatrices todavía frescas.

De cómo la calma que creyeron eterna resultó ser solo la primera versión, la más frágil.

Y de cómo, después de romperse, reconstruirse y volver a romperse, encontraron una calma distinta: no ingenua, no perfecta, sino conquistada. Una calma que sabe que la tormenta puede regresar, pero que ya no le teme porque ha aprendido a sostenerse en la oscuridad.

Porque el amor, cuando sobrevive al caos, ya no es solo amor.

Es milagro.




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