Edith siempre había creído que el amor verdadero se manifestaba en la quietud, en esa serenidad que no requería de proclamas grandiosas ni de aspavientos para afirmarse. Era como el rumor constante de un río subterráneo, invisible pero vital, que nutría la tierra sin necesidad de tormentas. Con Román, esa calma era palpable, un santuario erigido con los ladrillos invisibles de la complicidad acumulada. Una mirada fugaz en medio de la cena, un roce casual de dedos al pasar el salero, bastaban para colmar el silencio entre ellos, un silencio que no era vacío, sino plenitud compartida.
Recordaba con nitidez aquellos días en la universidad, cuando el mundo aún parecía un lienzo en blanco, listo para ser pintado con sueños ambiciosos. Román era entonces un estudiante de ingeniería, con esa seriedad prematura que lo hacía destacar entre el bullicio de las aulas. Su novia, Patricia, era el complemento perfecto: una mujer de inteligencia afilada, con ojos que destellaban como cristales bajo el sol, aplicada en sus estudios de medicina y con un futuro que todos envidiaban. Edith había irrumpido en sus vidas como una brisa inesperada, una amiga más en el círculo de confidencias y risas compartidas. No había intenciones ocultas en su llegada; solo la naturalidad de quien encuentra un lugar en el mundo sin forzar las puertas.
Pero algo se había alterado, sutil como el cambio de estación. La relación entre Román y Patricia se deshizo sin estruendos, sin escenas de celos o traiciones clamorosas. Fue una despedida muda, un adiós envuelto en tristeza resignada, como si ambos hubieran intuido, en el fondo de sus almas, que un equilibrio se había roto irremediablemente. Edith nunca supo si su presencia había sido el catalizador, pero en las noches de insomnio, se preguntaba si no cargaba con una deuda invisible, un hilo de culpa que se enredaba en su conciencia como una enredadera silvestre.
Lo extraordinario vino después: de las cenizas de aquella ruptura surgió una amistad improbable, sincera. Patricia, Edith y Román tejieron un lazo de respeto mutuo, libre de rencores aparentes. Se reunían en cenas improvisadas, donde las risas fluían como vino tinto, y el pasado se diluía en anécdotas leves, en recuerdos que ya no dolían. Edith guardaba esa culpa en un rincón oculto de su corazón, un peso leve que se llevaba sin notarlo, como una joya olvidada en el bolsillo. Nunca lo verbalizó; temía que al nombrarlo, se materializara y empañara la paz que habían construido.
Los años transcurrieron con la gracia de un río manso. Román y Edith se casaron jóvenes, en una ceremonia sencilla bajo un cielo de otoño que prometía eternidad. Patricia asistió con una sonrisa genuina, sus ojos libres de sombras, como si el tiempo hubiera borrado cualquier cicatriz. Su vida matrimonial era un tapiz de simplicidades hermosas: un apartamento modesto en el corazón de la ciudad, donde las mañanas comenzaban con el aroma del café recién hecho y las noches terminaban en risas amortiguadas bajo las sábanas. Eran felices, o al menos eso creía Edith con la certeza inquebrantable de quien nunca ha tenido que cuestionar el suelo bajo sus pies.
Ambos florecieron en sus carreras. Román ascendió en su empresa, convirtiéndose en un líder respetado, con esa capacidad innata para resolver problemas que lo hacía indispensable. Edith, por su parte, se consolidó como diseñadora gráfica, atrayendo clientes de renombre con su creatividad intuitiva, que transformaba ideas abstractas en imágenes vivas. Juntos, formaban un matrimonio sólido, un bastión de equilibrio en el torbellino de la vida adulta. Sus viajes espontáneos eran el bálsamo que fortalecía su vínculo: un fin de semana en la playa, donde el mar susurraba secretos a sus pies descalzos; una escapada a las montañas, donde el aire fresco borraba las fatigas de la semana. En esos momentos, Edith sentía que su amor era invencible, una calma que lo abarcaba todo.
Sin embargo, en el corazón de esa serenidad, comenzaba a abrirse una grieta sutil, casi imperceptible al principio. Tres años de intentos infructuosos por concebir un hijo habían transformado el deseo de maternidad en un anhelo doloroso, un vacío que se expandía como una sombra al atardecer. Mes tras mes, la esperanza se desvanecía en un silencio insoportable, dejando a Edith con una sensación de incompletud que no podía nombrar. En las noches, mientras Román dormía a su lado, ella yacía despierta, acariciando el espacio vacío en su vientre, preguntándose si esa culpa del pasado no era un presagio, un eco de algo que había roto sin saberlo. La rutina seguía siendo feliz, pero ahora llevaba el matiz de lo incompleto, como un cuadro hermoso con un lienzo rasgado en el centro.
Y así, en la calma compartida, Edith comenzaba a intuir que el amor, por muy sereno que pareciera, siempre guardaba tormentas en su interior.
Editado: 04.02.2026