La memoria de Edith siempre regresaba a aquellos años universitarios como quien vuelve a una casa antigua, reconociendo cada grieta en la pared, cada sombra que se alarga en el pasillo. El campus era entonces un mosaico de risas apresuradas, libros abiertos bajo los árboles y conversaciones que se prolongaban hasta que el sol se rendía. Román y Patricia formaban una pareja que parecía tallada en mármol: él, con su calma reflexiva y su manera de escuchar como si cada palabra mereciera un peso propio; ella, con esa determinación luminosa que convertía los exámenes en batallas ganadas de antemano y los sueños en planes meticulosos.
Edith entró en sus vidas casi por accidente. Una tarde de lluvia torrencial, compartieron el refugio de un portal estrecho mientras esperaban que escampara. Patricia le ofreció la mitad de su paraguas sin dudarlo, y Román sonrió con esa sonrisa lenta que parecía reservar solo para momentos inesperados. De allí nacieron las tardes en la cafetería de la facultad, las noches de estudio en la biblioteca donde el silencio se rompía con susurros cómplices, las caminatas por el parque universitario cuando el aire olía a jazmín y a promesas. Eran tres, y sin embargo parecían completos: Patricia aportaba la ambición, Román la estabilidad, Edith la ligereza que hacía que todo pareciera posible.
Pero bajo la superficie de aquella armonía tripartita latían tensiones que nadie nombraba. Edith las percibía en pequeños detalles: la forma en que Patricia apretaba los labios cuando Román y ella compartían una broma privada; la mirada que Román le dirigía a Edith cuando creía que nadie lo observaba, una mirada que duraba un segundo de más y que llevaba consigo algo indefinible, algo que no era aún deseo, pero que ya no era solo amistad. Edith se repetía que eran imaginaciones suyas, que el corazón inventa sombras donde solo hay luz tenue. Sin embargo, aquellas sombras crecían despacio, como musgo en las piedras húmedas.
La ruptura llegó sin anuncio. Una noche de finales de semestre, Patricia anunció con voz serena que necesitaba espacio, que el futuro que había planeado ya no encajaba con el presente que vivía. No hubo reproches, ni lágrimas escandalosas. Solo una conversación larga en el departamento que compartían Román y ella, seguida de una maleta cerrada y una puerta que se cerró con suavidad. Al día siguiente, Patricia se mudó a un apartamento más pequeño cerca del hospital universitario. Román se quedó solo en las habitaciones que aún olían a su perfume, y Edith, sin saber cómo, se convirtió en el refugio al que él acudía para no derrumbarse.
Pasaron meses antes de que los tres volvieran a verse. Fue en una exposición de fotografía en la galería del campus. Patricia llegó con el cabello más corto y una sonrisa que parecía ensayada. Edith y Román estaban juntos, hombro con hombro, mirando una imagen en blanco y negro de un puente roto. Patricia se acercó, los abrazó a ambos con naturalidad, y dijo: «Me alegra verlos bien». Aquel abrazo selló algo nuevo: una amistad reconstruida sobre ruinas que nadie quería remover. Desde entonces, se veían con regularidad. Las cenas se volvieron rituales, las risas regresaron, y el pasado se convirtió en una anécdota que contaban con distancia afectuosa, como si hubiera sucedido en otra vida.
Años después, el día de la boda de Edith y Román, Patricia apareció vestida de azul medianoche, con un ramo de flores silvestres que ella misma había recogido. Cuando la novia caminó hacia el altar, Patricia la miró con ojos limpios, sin rastro de amargura. Durante el brindis, levantó su copa y dijo: «Por el amor que encuentra su camino, aunque a veces tome rutas inesperadas». Todos aplaudieron. Edith sintió un nudo en la garganta, no de tristeza, sino de gratitud mezclada con esa culpa antigua que nunca desaparecía del todo. En ese instante, bajo las luces tenues del salón, creyó que el perdón era real, que el tiempo había sanado lo que el silencio había herido.
Pero la vida, como un río que parece manso hasta que encuentra una roca oculta, seguía su curso. El primer intento serio por tener un hijo llegó en una primavera luminosa, cuando el apartamento aún olía a pintura fresca tras una reforma pequeña. Edith dejó de tomar anticonceptivos con una mezcla de ilusión y temor reverencial. Cada mes esperaba con el corazón en vilo, contando días, interpretando señales en su cuerpo como si fueran mensajes cifrados. El primer retraso los llenó de euforia contenida; compraron una prueba de embarazo que guardaron como un tesoro. Cuando la línea única apareció en la ventana diminuta, el silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.
Román la abrazó por detrás mientras ella miraba el palito blanco sobre la mesada. No dijo nada al principio; solo la sostuvo, su barbilla apoyada en su hombro, respirando al mismo ritmo que ella. «Vamos a intentarlo de nuevo», murmuró al fin. Edith asintió, pero en su interior algo se había agrietado: una duda sutil, casi imperceptible, sobre si sus cuerpos estaban tan sincronizados como sus almas. Aquella noche hicieron el amor con una ternura casi desesperada, como si pudieran convencer al destino con caricias. Al amanecer, mientras el sol entraba por la persiana entreabierta, Román le preparó café y le llevó el desayuno a la cama. Fue un gesto cotidiano, pero en él Edith reconoció el amor en su forma más pura: no en la pasión arrebatada, sino en la constancia silenciosa.
Sin embargo, los meses siguientes trajeron más negativas. Cada ciclo menstrual era una pequeña derrota que disimulaban con sonrisas y planes para el fin de semana. Viajaron a la costa en un impulso, caminaron descalzos por la arena tibia, se besaron bajo la luna como si fueran adolescentes. En esos momentos, la calma volvía a instalarse entre ellos, más frágil pero también más preciosa. Edith se aferraba a esos gestos: la mano de Román en su cintura mientras dormían, el modo en que él le apartaba el cabello de la cara cuando lloraba en silencio, la forma en que seguían riendo juntos aunque el deseo de ser padres empezara a pesar como una presencia invisible en la habitación.
Editado: 04.02.2026