Lo que nunca importó

Capítulo 3: El Silencio que Duele

Tres años.

Tres ciclos de esperanza que se repetían con la puntualidad cruel de un reloj invisible. Tres inviernos en los que Edith contaba los días como quien cuenta monedas escasas, tres primaveras en las que las flores abrían sin que nada floreciera dentro de ella. Al principio, el fracaso había sido solo una pausa, un tropiezo que se disimulaba con optimismo. “El próximo mes”, se decían. “Solo necesitamos un poco más de paciencia”. Pero la paciencia, como el agua que gotea sobre piedra, termina por horadar lo que toca.

Edith ya no contaba los días con ilusión; los contaba con resignación. Cada menstruación era una sentencia muda que se escribía en su cuerpo: todavía no. Se miraba en el espejo del baño mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano, y se preguntaba en qué momento había empezado a odiar su propio reflejo. No era solo la ausencia del hijo lo que dolía; era la forma en que esa ausencia se había instalado entre ellos como un tercer ocupante invisible, ocupando el espacio que antes pertenecía solo a sus risas y a sus silencios compartidos.

Una tarde de octubre, con el cielo gris y pesado como plomo, Edith llamó a Eliana. Se encontraron en la misma cafetería de siempre, esa con las mesas de madera gastada y el aroma persistente a canela y café tostado. Eliana llegó envuelta en un abrigo demasiado grande, el cabello recogido en un moño desordenado, y supo de inmediato que algo grave ocurría. Edith apenas esperó a que les sirvieran los tés antes de romper el dique.

—Ya no puedo más —dijo con voz baja, casi avergonzada—. Cada mes es como si alguien me arrancara un pedazo y me lo devolviera vacío. Siento que hay algo en mí que está… roto. Incompleto.

Eliana le tomó la mano por encima de la mesa. No dijo nada al principio; solo dejó que las palabras cayeran, que se asentaran entre ellas como polvo después de una explosión.

—No estás rota, Edi. Estás cansada. Y el cansancio duele más cuando no se nombra.

Edith bajó la mirada hacia la infusión que humeaba entre sus dedos. El vapor le nublaba la vista.

—Hemos probado de todo. Temperaturas, posturas, suplementos, incluso esas ridículas velas de aromaterapia que compré en una feria. Nada. Y Román… Román sigue siendo el mismo. Me abraza, me dice que todo va a estar bien, pero yo veo en sus ojos que también está asustado. Y eso me asusta más a mí.

Eliana respiró hondo, midiendo las palabras.

—¿Han considerado un especialista en fertilidad?

Edith asintió despacio.

—Hemos hablado de eso. Pero cada vez que lo menciono, siento que estoy admitiendo una derrota. Como si estuviéramos diciendo: “nuestro amor no basta”.

—No es el amor lo que falla —respondió Eliana con suavidad—. A veces es solo biología. Y la biología se puede ayudar.

Hubo un silencio. Luego, Eliana añadió, casi con cautela:

—Conozco a alguien muy buena. Patricia. Se especializó en reproducción asistida hace unos años. Es de las mejores en la ciudad. Y… bueno, la conoces.

El nombre cayó como una piedra en un estanque quieto. Edith sintió que el aire se volvía más denso, más difícil de respirar.

—No —dijo con firmeza, casi con brusquedad—. Con ella jamás iría. No quiero que sepa nada de esto.

Eliana frunció el ceño, pero no insistió de inmediato.

—¿Por qué no? Han sido amigos durante años. Ella no te juzgaría.

—No es juicio lo que temo —murmuró Edith, y su voz se quebró apenas—. Es… compasión. O peor: que sienta lástima. O que mire a Román y recuerde lo que pudo haber sido. No quiero ser la mujer estéril que le recuerda a su ex que él eligió otra cosa.

Eliana no respondió de inmediato. Solo apretó la mano de su amiga un poco más fuerte.

Esa noche, en la penumbra del dormitorio, Edith se acurrucó contra el pecho de Román. Él la envolvió con los brazos como siempre hacía, pero esta vez ella no se relajó del todo. El silencio entre ellos era distinto: más pesado, más cargado de preguntas no formuladas.

—Hoy hablé con Eliana —dijo al fin.

Román le acarició el cabello con lentitud.

—¿Y?

—Sugirió que fuéramos a un especialista. Uno bueno.

Sintió cómo el cuerpo de él se tensaba imperceptiblemente.

—Yo había pensado lo mismo —confesó Román en voz baja—. De hecho… he pensado en Patricia. Es una de las mejores. Confío en ella.

Edith se incorporó sobre un codo. La luz de la lámpara de noche le iluminaba el rostro a medias, dejando sus ojos en sombra.

—Ella es tu ex, Román. No tiene por qué saber de nuestros problemas.

—No es mi ex en ese sentido —respondió él con paciencia—. Es una amiga. Y es profesional. No mezclaría las cosas.

Edith sintió que algo se retorcía dentro de su pecho: una mezcla de celos antiguos, miedo y rabia sorda.

—No quiero su ayuda. No quiero que nos mire y piense que… que fallamos donde ella no falló.

Román la miró fijamente. Por primera vez en mucho tiempo, Edith vio en sus ojos algo parecido al dolor puro.

—No fallamos, Edith. Solo estamos buscando ayuda. Y si no quieres que sea ella, buscaremos a otra persona. Pero no podemos seguir fingiendo que esto no nos está rompiendo por dentro.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos como un hilo tenso. Edith sintió las lágrimas subirle a los ojos, pero las contuvo.

—No estoy fingiendo —susurró—. Solo… tengo miedo.

Román la atrajo de nuevo hacia su pecho. Esta vez ella se dejó abrazar por completo, como si quisiera esconderse dentro de él.

—Yo también tengo miedo —admitió él contra su cabello—. Pero no de no tener hijos. Tengo miedo de perderte a ti en el camino.

Permanecieron así mucho rato, respirando al unísono, mientras el silencio volvía a instalarse. Pero esta vez no era el silencio cómodo de antes; era un silencio que dolía, que pesaba, que exigía ser nombrado.

Sin embargo, en medio de ese dolor compartido, algo ocurrió: se miraron a los ojos y, por un instante, volvieron a ser solo ellos dos contra el mundo. Román le besó la frente con una ternura infinita. Edith le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de él. No resolvieron nada esa noche. No tomaron decisiones. Pero en ese gesto sencillo —la mano apretada, el beso en la frente, el latido sincronizado— encontraron un refugio temporal. Una tregua frágil contra la tormenta que ya se acercaba.Y aun así, mientras se dormía entre sus brazos, Edith no pudo evitar pensar que el silencio, cuando duele, ya no es solo silencio: es el preludio de algo que está a punto de romperse.




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