Lo que nunca importó

Capítulo 4: El Encanto Falso

Edith no recordaba exactamente cómo había llegado al perfil de Pablo Ramírez en Facebook. Fue una de esas noches de insomnio en las que el scroll infinito se convierte en un mecanismo de evasión: un intento desesperado de distraerse del vacío que se abría en su vientre cada vez que el ciclo se cerraba sin novedades. Apareció entre recomendaciones algorítmicas, un anuncio sutil disfrazado de testimonio: una mujer sonriente con un bebé en brazos, y debajo, el nombre del doctor en letras elegantes. “Especialista en fertilidad con más de 15 años de experiencia. Resultados reales, discretos y personalizados”. Los comentarios eran efusivos: “Milagro”, “Gracias a él soy mamá”, “El mejor”. No había reseñas negativas visibles, solo elogios que brillaban como estrellas falsas en la oscuridad de su feed.

Al día siguiente, con el corazón latiéndole en la garganta, Edith le mostró la página a Román mientras desayunaban. Él frunció el ceño al leer el nombre.

—No lo conozco —dijo con cautela—. Y mira, no aparece en ningún directorio médico oficial. ¿Por qué no buscamos referencias reales?

Pero Edith ya había cruzado un umbral invisible. La promesa de “discreción” y “resultados rápidos” era un anzuelo demasiado tentador para alguien que llevaba tres años esperando. “Solo una consulta”, se dijo. “Solo para escuchar otra opinión”.

La clínica de Pablo estaba en un edificio discreto del centro, con fachada moderna pero sin placa visible en la entrada. El recepcionista la hizo pasar directamente, sin esperar turno. Pablo la recibió con una sonrisa amplia, demasiado cálida para un primer encuentro. Era alto, de facciones armónicas, con ojos oscuros que parecían leer más allá de lo que ella decía. Vestía bata blanca impecable, pero debajo asomaba una camisa de diseño que hablaba de vanidad más que de austeridad médica.

—Edith, qué gusto conocerte en persona —dijo, extendiendo la mano con un apretón que duró un segundo de más—. He visto tu mensaje. Entiendo perfectamente por lo que estás pasando. Muchas mujeres como tú llegan aquí agotadas de promesas vacías. Pero yo trabajo de otra forma: cercana, honesta, sin filtros.

La hizo sentarse frente a él, no en una silla de paciente, sino en un sofá cómodo junto a una ventana que daba a un jardín interior. No había escritorio entre ellos; solo una mesita baja con una planta de hojas brillantes. El aire olía a eucalipto y a algo más sutil, casi perfumado.

Mientras Edith relataba su historia —los años de intentos, las pruebas negativas, el silencio que dolía—, Pablo escuchaba con atención absoluta. Asentía, inclinaba la cabeza, la miraba directamente a los ojos. Cuando ella mencionó a Román, él sonrió con comprensión.

—Entiendo que vengas sola hoy. Es común. Muchas parejas se rompen en el proceso, pero tú… tú tienes una fuerza especial. Se nota en cómo hablas de tu deseo de ser madre. Es hermoso. Y legítimo.

Las palabras cayeron como miel tibia sobre una herida abierta. Edith sintió que algo dentro de ella se aflojaba, como si por fin alguien la viera de verdad, no como una mujer fallida, sino como alguien digna de admiración.

Luego vino el examen. Pablo le pidió a Román, que había insistido en acompañarla, que esperara fuera. “Es un procedimiento íntimo, confidencial. Nada que deba preocuparte”. Román dudó, pero accedió con una mirada que Edith evitó. Una vez solos, Pablo se acercó más, su voz bajó a un murmullo profesional pero cargado de intimidad.

—Relájate, Edith. Confía en mí.

El estudio fue rápido, pero sus manos se demoraron en explicaciones innecesarias, en roces que rozaban lo personal. Cuando terminó, se sentó a su lado en el sofá, tan cerca que ella pudo oler su colonia.

—Estás perfectamente —dijo en voz baja, casi como un secreto compartido—. No tengo dudas de eso. El problema no está en ti.

Edith sintió un alivio tan intenso que le nubló la vista. Lágrimas calientes rodaron por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.

Al salir, Pablo los recibió a ambos en la sala de consultas. Su expresión era grave, medida.

—Los resultados preliminares indican que hay un factor masculino aquí. Es probable que Román sea el que presente la dificultad. Pero no se preocupen: hay opciones. Tratamientos avanzados, métodos que yo domino a la perfección.

Román palideció. Edith, en cambio, sintió renacer una esperanza frágil, casi eufórica. Pablo los miró alternadamente, deteniéndose un instante más en ella.

—Necesitamos estudios más profundos. Pero les aseguro: si confían en mí, esto puede resolverse. Discretamente.

Esa noche, en casa, Román no pudo dormir. Mientras Edith se duchaba, él abrió el portátil y buscó el nombre de Pablo Ramírez. Nada en colegios médicos, nada en publicaciones científicas. Solo el mismo perfil de redes sociales y comentarios que ahora le parecían sospechosamente idénticos. Sintió un nudo en el estómago.

Al día siguiente, sin decirle nada a Edith, llamó a Patricia. Hacía meses que no hablaban a solas, pero su voz al otro lado de la línea fue cálida, sin rastro de distancia.

—Román… ¿qué pasa?

Él le contó todo: la consulta, los halagos, la conclusión rápida, la ausencia de certificados. Patricia escuchó en silencio.

—No lo conozco —dijo al fin—. Y si es especialista en fertilidad, debería aparecer en algún registro. Hay listas oficiales. Déjame investigar. Pero Román… ten cuidado. Hay gente que aprovecha la desesperación.

Román colgó con el corazón acelerado. No le contó a Edith esa llamada. No quería ser el que sembrara más dudas, no cuando ella parecía, por primera vez en mucho tiempo, esperanzada. Pero la brecha ya estaba allí: una grieta fina en la confianza que habían construido con tanto cuidado.

Mientras tanto, Edith no podía dejar de pensar en Pablo. No en lo profesional —eso aún era nebuloso—, sino en la forma en que la había mirado, en cómo la había hecho sentir vista, deseable, capaz. Era una atracción peligrosa, no carnal aún, sino emocional: la esperanza que él le ofrecía era un bálsamo tan potente que empezaba a eclipsar la calma que había conocido con Román. Se repetía que era solo gratitud, que era el alivio de no ser “la culpable”. Pero en el fondo sabía que algo había cambiado.




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