Lo que nunca importó

Capítulo 5: El Abismo Abierto

La confrontación llegó como un trueno que se anuncia con nubes bajas durante días, pero que igual sorprende cuando estalla.

Edith esperó hasta la noche. Cenaron en silencio, como tantas veces en los últimos meses, pero esta vez el silencio era distinto: afilado, cargado de palabras que ya no podían contenerse. Román lavaba los platos cuando ella entró a la cocina con el sobre de los resultados en la mano. Lo dejó sobre la mesa con un golpe seco, casi teatral.

—El problema está en ti —dijo. Su voz temblaba, pero no de tristeza, sino de una rabia contenida que había fermentado durante demasiado tiempo—. Pablo lo confirmó. Es infértil. Probablemente nunca podamos tener hijos juntos.

Román se quedó inmóvil, con la esponja goteando agua sobre el fregadero. Cerró el grifo lentamente, como si cada movimiento requiriera una concentración que ya no tenía.

—Eso no puede ser —respondió con calma forzada—. Repitamos los estudios. Pidamos otra opinión. Hay errores todo el tiempo en estas cosas.

Edith soltó una risa amarga, corta, que sonó como un cristal rompiéndose.

—¿Otra opinión? ¿De quién? ¿De Patricia, tal vez? ¿Quieres que tu ex nos diga que eres estéril? Porque yo ya no quiero más opiniones. Quiero un hijo. Y tú… tú no puedes dármelo.

Las palabras salieron como veneno, rápidas, irreversibles. Román se volvió hacia ella. Sus ojos, siempre serenos, ahora estaban vidriosos.

—Edith, por favor. No sabemos si es cierto. Ese hombre… hay algo que no me cuadra. Patricia dijo que no lo conoce, que no aparece en ningún registro. Déjame investigarlo. Déjame demostrarte que esto es un error.

Pero ella ya no escuchaba. Años de frustración, de esperanzas rotas mes tras mes, de silencios que pesaban más que las palabras, se condensaron en una sola noche. El dolor se había transformado en furia, y la furia buscaba un culpable.

Hizo una maleta con movimientos mecánicos. Ropa interior, un par de camisas suyas, el cepillo de dientes. La dejó en la puerta del departamento como quien deja un paquete no deseado.

—Vete —dijo, sin mirarlo—. Quiero un hijo y tú no puedes dármelo. No quiero verte aquí cuando despierte mañana.

Román suplicó. Se arrodilló frente a ella, le tomó las manos, le juró que había un error, que la amaba más que a nada en el mundo, que juntos encontrarían la forma. Pero Edith cerró los ojos y se soltó de su agarre. Cuando abrió la puerta, el pasillo del edificio pareció más largo y frío que nunca.

Román salió sin decir una palabra más. La puerta se cerró detrás de él con un clic definitivo.

Esa misma noche, Pablo llamó.

—El tratamiento tiene que comenzar pronto —dijo con esa voz suave, casi seductora—. Ven mañana. Solo tú. Podemos hablar con calma… de todo.

Edith, sentada en el sofá con las luces apagadas, sintió que el mundo se inclinaba. Estaba destrozada, sola, furiosa consigo misma y con el destino. Y en medio de ese caos, la voz de Pablo era un faro falso, pero un faro al fin.

—Está bien —susurró—. Iré.

Al día siguiente cruzó la línea que había jurado no cruzar nunca.

La consulta privada fue distinta. No había bata blanca, no había camilla. Pablo la recibió en un despacho contiguo, con luz tenue y una botella de vino abierta sobre la mesa. “Para relajarte”, dijo. Habló de opciones avanzadas, de métodos “discretos”, de cómo él podía ayudarla a ser madre. Luego, sin transición, habló de ella: de su belleza, de su fuerza, de cuánto la admiraba desde el primer día. Sus palabras eran halagos envueltos en promesas, y cuando se acercó para secarle una lágrima que ella no sabía que había derramado, Edith no se apartó.

El primer beso llegó como un accidente inevitable. Fue breve, tembloroso, cargado de culpa y de necesidad. Después hubo más: citas en hoteles discretos, mensajes a medianoche, caricias que empezaban como consuelo y terminaban en fiebre. Cada encuentro era un paso más lejos de la calma que había conocido con Román, pero también un bálsamo temporal para el vacío que la devoraba. Pablo le prometía un hijo. Le prometía amor. Le prometía que todo estaría bien. Y en su desesperación, Edith empezó a creerle.

Mientras tanto, Román se instaló temporalmente en casa de un amigo de la universidad, un departamento pequeño y desordenado en las afueras. Dormía en el sofá, con una manta que olía a tabaco viejo. Durante el día trabajaba en piloto automático; por las noches, se quedaba mirando el techo, reconstruyendo cada momento de su vida con Edith como quien intenta armar un rompecabezas al que le faltan piezas esenciales.

Una tarde, incapaz de seguir soportando el silencio, llamó a Patricia. No sabía a quién más recurrir.

Se encontraron en un parque cerca del hospital donde ella trabajaba. El otoño ya había desnudado los árboles, y el viento arrastraba hojas secas como recuerdos olvidados. Patricia llegó con el abrigo abierto, el cabello suelto, y una expresión que mezclaba preocupación y ternura antigua.

Román le contó todo: los resultados falsos, la confrontación, la maleta en la puerta, el vacío que sentía en el pecho como si le hubieran arrancado un órgano. No lloró, pero su voz se quebraba en cada pausa.

Patricia lo escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, le puso una mano en el antebrazo.

—No creo que seas infértil —dijo con firmeza—. He visto suficientes casos como para saber que un diagnóstico así no se da en una sola consulta, y menos con métodos tan poco ortodoxos. Ese Pablo… hay algo muy turbio ahí. Déjame ayudarte a investigarlo. Tengo contactos. Podemos pedir pruebas reales, en laboratorios certificados.

Román asintió, pero no era solo el diagnóstico lo que lo atormentaba.

—La perdí, Patricia. La perdí porque no pude darle lo que más quería.

Patricia lo miró con una tristeza profunda, pero sin lástima.

—No la perdiste por eso. La perdiste porque el dolor la cegó. Y porque alguien aprovechó esa ceguera. Pero el amor no desaparece así, Román. No después de tantos años. Solo se esconde cuando duele demasiado.




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