Lo que nunca importó

Capítulo 6: Torbellino de Mentiras

Los meses se deslizaron como arena entre los dedos, imposible de retener, imposible de detener. Edith vivía en dos tiempos simultáneos y contradictorios: el de la luz pública, donde seguía siendo la diseñadora talentosa, la esposa ausente que respondía correos con eficiencia mecánica; y el de la penumbra, donde Pablo la esperaba en habitaciones de hotel con cortinas pesadas y sábanas que nunca olían a hogar.

Al principio, cada encuentro fue un bálsamo urgente. Pablo la besaba con hambre calculada, le susurraba promesas mientras sus manos recorrían su piel como si trazaran un mapa hacia la maternidad. “Pronto serás madre”, decía contra su cuello. “Yo te daré lo que él no pudo”. Y Edith, desesperada por creer, se entregaba con una mezcla de culpa y avidez que la dejaba temblando después. El placer era real, visceral, pero venía envuelto en un sabor metálico: el de la traición. Cada vez que regresaba al apartamento vacío —porque Román ya no estaba allí—, se miraba en el espejo del baño y no reconocía del todo a la mujer que le devolvía la mirada. Los ojos seguían siendo los mismos, pero había en ellos una sombra nueva, un cansancio que no provenía solo del cuerpo.

Las promesas de Pablo se volvían cada vez más vagas. Los “tratamientos” consistían en inyecciones que él mismo administraba, en análisis que nunca mostraba en papel membretado, en citas que terminaban siempre en la misma cama. Edith empezó a preguntar: “¿Cuándo veremos resultados en un laboratorio real?”, “¿Por qué no hay ecografías?”, “¿Dónde están los informes?”. Él respondía con besos más profundos, con caricias que desviaban la atención, con frases que sonaban a consuelo pero que ya no convencían del todo.

—Ten paciencia, mi amor —decía, y la palabra “amor” empezaba a sonar hueca, como una moneda falsa que rueda por el suelo.

La culpa se instaló en Edith como un huésped permanente. Se despertaba en mitad de la noche con el corazón acelerado, convencida de que Román estaba al otro lado de la puerta, mirándola con esos ojos serenos que ahora imaginaba llenos de reproche. Soñaba con su voz diciendo “Edith, ¿por qué?”, y despertaba empapada en sudor y lágrimas. El placer que encontraba en los brazos de Pablo se volvía conflictivo, casi doloroso: cada orgasmo era una puñalada que se daba a sí misma, un recordatorio de que estaba traicionando no solo a su marido, sino a la versión de sí misma que una vez creyó inquebrantable.

Eliana lo descubrió por accidente.

Una tarde, mientras Edith salía de un hotel con el cabello revuelto y los labios hinchados, Eliana la vio desde la acera opuesta. No dijo nada en ese momento. Esperó dos días y la citó en su casa, con una taza de té que ninguna de las dos tocó.

—Dime que no es lo que pienso —dijo Eliana sin preámbulos.

Edith intentó mentir, pero las lágrimas la delataron antes que las palabras.

Eliana no la juzgó con dureza; solo la abrazó con fuerza mientras Edith sollozaba contra su hombro.

—Esto no te va a dar un hijo, Edi. Te va a destruir. Román te ama. Tú lo amas. Lo que estás haciendo no es buscar una solución; es huir del dolor metiéndote en otro peor.

Edith negó con la cabeza, pero su voz era débil.

—No sé cómo parar. Me siento tan… vacía.

—Entonces detente antes de que el vacío te trague entera —respondió Eliana—. Rompe con él. Vuelve a casa. O al menos date tiempo para respirar sin mentiras.

Edith prometió pensarlo. Pero esa misma noche volvió con Pablo, como si la promesa fuera solo un susurro que el viento se llevaba.

Mientras tanto, en las montañas, Román buscaba aire que no oliera a ausencia.

Había aceptado la invitación de un antiguo compañero de universidad a un retiro de silencio en una cabaña aislada, rodeada de pinos y niebla. No era un retiro espiritual propiamente dicho; era más bien una huida. Llevaba consigo un libro que no leía, una libreta en la que solo escribía fechas y tachones, y el peso constante de un amor que se le escapaba de las manos.

Allí conoció a Clara.

Clara era voluntaria en el centro: alta, de cabello castaño rojizo que le caía en ondas sobre los hombros, con una risa fácil y ojos que parecían haber visto demasiadas tormentas para su edad. Le recordaba a Edith en la forma en que inclinaba la cabeza cuando escuchaba, en el modo en que se mordía el labio inferior cuando pensaba. Pero también era distinta: más directa, menos contenida, con una energía que parecía desafiar al silencio que los rodeaba.

Compartieron caminatas por senderos cubiertos de agujas secas. Hablaron poco al principio. Luego, una noche junto al fuego, Clara le preguntó sin rodeos:

—¿Por qué estás aquí?

Román tardó en responder.

—Porque perdí a mi esposa. Y no sé si fue por mi culpa o porque el destino decidió que no éramos suficientes.

Clara lo miró con una mezcla de compasión y curiosidad.

—¿Y qué harías si pudieras volver atrás?

—No lo sé —admitió él—. A veces pienso que la dejaría ir antes. Otras veces pienso que lucharía más. Y luego me acuerdo de que ya luché… y perdí igual.

Clara se acercó un poco más. El fuego crepitaba entre ellos como un testigo mudo.

—Tal vez no se trata de ganar o perder —dijo—. Tal vez se trata de decidir si todavía quieres intentarlo.

Esa noche, cuando Clara se inclinó para besarlo, Román no se apartó de inmediato. Sintió sus labios suaves, cálidos, diferentes. Por un instante, la tentación fue real: olvidar, empezar de nuevo, dejar que otra mujer llenara el hueco que Edith había dejado. Pero entonces cerró los ojos y vio a Edith: no la Edith furiosa que lo había echado, sino la Edith que se dormía con la mano bajo su mejilla, la que le dejaba notas en la nevera, la que reía con él hasta que le dolía el estómago.

Se apartó con suavidad.

—No puedo —murmuró—. Todavía la amo.

Clara sonrió con tristeza, sin rencor.

—Entonces ve por ella. O déjala ir de verdad. Pero no te quedes a medias. Eso es lo que más duele.




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