Lo que nunca importó

Capítulo 7: La Coincidencia Reveladora

El centro comercial bullía con el rumor habitual de un sábado por la tarde: voces que se entrecruzaban, pasos apresurados sobre el mármol pulido, el eco distante de una fuente artificial. Eliana caminaba distraída, con una bolsa de compras colgando del brazo, cuando la vio. Patricia estaba de pie frente a una vitrina de libros, hojeando un volumen con esa concentración serena que siempre había tenido, como si el mundo entero pudiera esperar a que terminara de leer una página.

Eliana dudó un instante. No se veían desde hacía meses, desde una cena grupal en la que todas las conversaciones habían sido superficiales, cuidadosas. Pero algo en la postura de Patricia —los hombros ligeramente caídos, la forma en que se mordía el interior de la mejilla— la impulsó a acercarse.

—Patricia… ¿eres tú?

Patricia levantó la vista y sonrió con genuina sorpresa.

—Eliana. Qué casualidad.

Se abrazaron con torpeza, como dos personas que comparten historia pero no intimidad reciente. Decidieron tomar un café en la terraza del segundo piso, donde el bullicio se amortiguaba un poco y el sol de octubre entraba tibio a través de los ventanales.

Hablaron de cosas pequeñas al principio: el trabajo, el clima, una película que ambas habían visto. Pero Eliana, que llevaba semanas cargando el secreto de Edith como una piedra en el estómago, no pudo contenerse mucho tiempo. Las palabras salieron solas, casi sin permiso.

—Edith está pasando por un momento muy duro —dijo, bajando la voz—. No puede tener hijos. Lleva años intentándolo. Y… se metió con un tipo que dice ser especialista en fertilidad. Un tal Pablo Ramírez. Está convencida de que él la va a ayudar, pero yo creo que es una locura. Se han vuelto… cercanos. Demasiado.

Patricia dejó la taza sobre la mesa con un movimiento lento, casi calculado. Su rostro no cambió de expresión, pero algo en sus ojos se endureció, como si una cortina de acero hubiera caído detrás de ellos.

—¿Pablo Ramírez? —repitió, con voz neutra pero afilada—. ¿El que tiene una página en redes con testimonios que parecen copiados y pegados?

Eliana asintió, aliviada y asustada al mismo tiempo.

Patricia respiró hondo, miró hacia la multitud abajo como buscando una salida, y luego volvió a fijar la vista en su interlocutora.

—No es un médico. O al menos no uno legítimo. En los círculos de reproducción asistida, su nombre circula desde hace un par de años como advertencia. No aparece en ningún colegio médico, no tiene publicaciones, no tiene historial en hospitales. Lo que sí tiene son denuncias discretas: parejas que pagaron fortunas por “tratamientos milagrosos” que nunca dieron resultados, mujeres que terminaron más heridas emocionalmente que antes. Algunos colegas lo llaman el “cazador de desesperadas”. Usa el dolor ajeno para seducir, para manipular. Y cuando se cansa… desaparece.

Eliana sintió que el café se le revolvía en el estómago.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque una paciente mía llegó hace unos meses con síntomas extraños después de “inyecciones” que él le puso. No eran hormonas; eran placebos caros. La convenció de que estaba en un protocolo experimental. Tuve que reconstruir su historial desde cero. Y no soy la única que lo ha visto venir. Hay quienes dicen que antes operaba en otra ciudad con otro nombre. Siempre el mismo patrón: encanto, promesas, intimidad disfrazada de terapia, y al final… nada.

Eliana se llevó una mano a la boca.

—Edith cree que él le va a dar un hijo. Que es su única esperanza.

Patricia cerró los ojos un segundo, como si el peso de esas palabras la aplastara.

—No es esperanza. Es control. Y si ya cruzaron esa línea… está en peligro. No solo emocional. Hay riesgos físicos con lo que sea que le esté inyectando.

Hubo un silencio largo, roto solo por el rumor lejano de la gente.

—Tengo que decírselo a Román —dijo Patricia al fin—. Él merece saberlo. Y tal vez juntos podamos sacarla de ahí antes de que sea tarde.

Eliana no protestó. Sabía que Patricia tenía razón.

Esa misma noche, Patricia llamó a Román desde su auto, estacionado en el sótano del hospital. La voz le salió baja, casi susurrante, como si temiera que las palabras escaparan y se perdieran en el aire.

—Román, soy yo. Necesito verte. Es urgente. Sobre Edith.

Se encontraron en el mismo parque donde habían hablado meses atrás. La noche era fría; el viento arrastraba hojas secas que crujían bajo sus pies. Patricia le contó todo sin adornos: la conversación con Eliana, lo que sabía de Pablo, los rumores, las advertencias en voz baja que circulaban entre especialistas. Román escuchó en silencio, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, el rostro iluminado a medias por una farola lejana.

Cuando terminó, Román no dijo nada al principio. Solo miró al suelo, como si buscara en las grietas del pavimento una respuesta que no existía.

—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó al fin, con voz ronca—. Podrías haber ido directamente a ella.

—Porque sé que la amas —respondió Patricia sin vacilación—. Y porque, aunque hayamos terminado hace años, nunca dejé de respetar lo que construyeron. Si alguien puede sacarla de ahí sin destruirla más, eres tú. Pero necesitas pruebas. Necesitas hechos. No solo palabras.

Román levantó la vista. Por un instante, sus ojos se encontraron con los de ella, y allí flotó algo antiguo: una complicidad que no había muerto del todo, un eco de lo que pudieron haber sido. Patricia sintió que su pulso se aceleraba, no por deseo, sino por el recuerdo de una ternura que el tiempo no había borrado por completo.

—Vamos a investigarlo juntos —propuso ella—. Tengo contactos en el colegio de médicos, en laboratorios independientes. Podemos rastrear si tiene cédula, si hay denuncias formales, si alguien más ha caído en su red. Pero tienes que prometerme algo.

—¿Qué?

—Que lo hagas por ella. No por mí. No por nosotros. Por Edith.




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