La verdad llegó como un relámpago en una noche sin luna: repentina, cegadora, irreversible.
Edith había empezado a juntar piezas casi sin querer. Un comentario casual de Pablo sobre “resultados preliminares” que nunca se materializaban en papel; una inyección que le provocó fiebre y náuseas durante dos días sin que él pareciera preocupado; un mensaje que vio por accidente en su teléfono mientras él se duchaba: “Otra paciente canceló. ¿Vienes esta noche?”. La sospecha, que había sido un murmullo lejano, se convirtió en rugido.
Decidió confrontarlo en su propio terreno. Llegó al consultorio a una hora en que sabía que estaría solo, sin recepcionista, sin testigos. La puerta estaba entreabierta; el aroma a eucalipto se mezclaba ahora con algo rancio, como perfume viejo sobre piel sudada.
Pablo la recibió con esa sonrisa suya, la que antes le parecía cálida y ahora le resultaba repulsiva.
—Edith, qué sorpresa. Justo pensaba en ti.
Ella no se sentó. Dejó sobre el escritorio una carpeta con los análisis que había mandado hacer en secreto a un laboratorio independiente, usando una muestra que había guardado de las últimas “inyecciones”.
—No hay hormonas aquí —dijo con voz temblorosa pero firme—. Solo solución salina. Placebo. Todo este tiempo me has estado mintiendo.
La sonrisa de Pablo se congeló un instante. Luego se recompuso, inclinó la cabeza como quien corrige a un niño.
—Edith, mi amor… a veces hay que proteger a las pacientes de la crudeza de la ciencia. Tú estabas tan frágil. Necesitabas esperanza. Y yo te la di.
—No me llames amor —escupió ella—. Me manipulaste. Me hiciste creer que Román era el problema para… ¿para qué? ¿Para acostarte conmigo? ¿Para tenerme a tu merced?
Pablo se levantó despacio. La habitación pareció encogerse.
—Te di lo que querías —dijo, bajando la voz hasta un susurro peligroso—. Un hombre que te mirara como si fueras lo único valioso en el mundo. Algo que tu marido dejó de hacer hace tiempo, ¿no? Porque si no, no habrías venido aquí sola tantas noches.
Edith retrocedió un paso. El corazón le latía en la garganta.
—Nunca más —dijo—. Se acabó.
Intentó girarse hacia la puerta, pero Pablo fue más rápido. La tomó del brazo con fuerza, los dedos clavándose en su piel.
—Si te vas ahora, le contaré a todo el mundo lo que pasó entre nosotros. Le diré a Román que viniste rogándome que te diera un hijo. Que llorabas en mi cama porque él no podía. ¿Quieres que tu vida perfecta se convierta en chisme de pasillo? ¿Quieres que tu amiga Eliana, tu familia, todos sepan que fuiste capaz de traicionar así?
Edith sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Pero en lugar de derrumbarse, algo dentro de ella se endureció.
—Hazlo —dijo, mirándolo a los ojos—. Diles lo que quieras. Pero yo ya no voy a cargar con tus mentiras. Suéltame.
Pablo la soltó con un empujón brusco. Ella tropezó, pero no cayó. Salió del consultorio sin mirar atrás, con las lágrimas quemándole las mejillas y el pulso atronador en los oídos.
Corrió hasta el departamento de Eliana. Golpeó la puerta como si la vida le dependiera de ello. Cuando Eliana abrió, Edith se derrumbó en sus brazos sin decir una palabra. Solo lloró: un llanto profundo, animal, que llevaba años acumulándose.
Mientras tanto, en otro extremo de la ciudad, Román había recibido el mensaje de Patricia con las pruebas que habían reunido: correos anónimos de antiguas pacientes, capturas de pantalla de denuncias archivadas, un informe preliminar de un colegio médico que lo describía como “práctico no regulado con antecedentes de conducta cuestionable”. No esperó más.
Encontró a Pablo saliendo de su edificio esa misma noche. La calle estaba oscura, iluminada solo por farolas amarillentas y el resplandor intermitente de un semáforo en intermitencia.
—Pablo Ramírez —dijo Román, plantándose frente a él.
Pablo se detuvo, entrecerró los ojos.
—¿Y tú eres…?
—Román. El esposo de Edith. El que supuestamente es infértil según tus mágicos análisis.
Pablo soltó una risa corta, nerviosa.
—Mira, amigo, no sé qué te habrá dicho ella, pero…
Román dio un paso adelante. No levantó la voz, pero cada palabra pesaba como plomo.
—No soy tu amigo. Y no vine a charlar. Vine a decirte que se acabó. Que si vuelves a acercarte a ella, si le envías un solo mensaje, si respiras cerca de su nombre, te juro que haré que pagues por cada mentira que le dijiste. Tengo copias de todo. Denuncias, mensajes, testimonios. Y no estoy solo. Hay gente que lleva años esperando una excusa para hundirte.
Pablo palideció. Intentó mantener la compostura.
—No tienes pruebas de nada concreto.
—Tengo suficientes para que la policía empiece a investigar. Y para que tu pequeña farsa se termine. Aléjate de mi esposa. Es la última vez que te lo digo con calma.
Por un segundo, pareció que Pablo iba a responder con violencia. Pero algo en la mirada de Román —no furia ciega, sino una determinación fría, absoluta— lo hizo retroceder.
—Está bien —murmuró—. Me voy. Pero dile a ella que ella también quiso esto.
Román no respondió. Solo lo vio alejarse bajo la lluvia fina que empezaba a caer, hasta que la silueta se perdió en la oscuridad.
Días después, una cena grupal organizada por amigos comunes los reunió a todos en un restaurante pequeño del centro. Nadie sabía que Edith y Román no se hablaban desde la noche de la maleta. Nadie, excepto Eliana, que había intentado cancelar pero ya era tarde.
Edith llegó tarde, con ojeras disimuladas con maquillaje y una sonrisa frágil. Román ya estaba allí, sentado al fondo, hablando en voz baja con Patricia. Cuando sus ojos se encontraron a través de la mesa larga, el aire se volvió espeso.
No pudieron evitarlo. En un momento en que los demás se dispersaron hacia el bar o el baño, quedaron solos en la esquina.
—Edith… —empezó Román.
Ella levantó una mano, temblorosa.
Editado: 04.02.2026