Intentaron reconstruir lo que quedaba.
Durante semanas después de aquella cena, se encontraron en lugares neutrales: un café a media mañana, un banco en el parque donde solían pasear los domingos, la terraza del departamento que aún compartían en nombre pero no en presencia. Cada encuentro era un ejercicio de delicadeza extrema. Hablaban en voz baja, como si las palabras pudieran romper lo poco que quedaba intacto. Se tomaban de las manos con cuidado, como si tocarse demasiado fuerte pudiera recordarles la herida que aún sangraba debajo de la costra.
Edith le contó, con voz entrecortada, los detalles que había evitado antes: las promesas vacías de Pablo, el placer culpable que había sentido al creer que alguien la deseaba sin condiciones, la vergüenza que la consumía cada vez que se miraba al espejo. Román escuchaba sin interrumpir, con los ojos fijos en ella, pero también con una distancia nueva en la mirada. No la juzgaba en voz alta, pero el silencio entre sus frases era más pesado que cualquier reproche.
—Te perdono —dijo él una tarde, mientras el sol se ponía detrás de los edificios y teñía todo de un naranja melancólico—. Pero no sé si puedo olvidarlo. No todavía.
Edith asintió. Ella tampoco podía olvidar. Cada vez que lo miraba, veía al hombre que había echado de su casa con una maleta en la puerta, al hombre que había defendido su honor en una calle oscura mientras ella se entregaba a otro. El amor seguía allí, profundo y terco, pero ahora estaba entretejido con desconfianza, con miedo, con preguntas que ninguno sabía cómo responder.
Una noche, después de una cena silenciosa en la que apenas probaron la comida, Edith habló primero.
—Necesitamos tiempo. Separados. No para siempre… solo para respirar.
Román la miró largo rato. Luego asintió despacio.
—Está bien. Pero prométeme que no desaparecerás. Que seguiremos hablando. Que si uno de los dos siente que puede volver, lo dirá sin miedo.
Se abrazaron en la puerta del departamento como si fuera la última vez. Ninguno lloró. Las lágrimas ya se habían agotado en noches anteriores.
Edith compró un boleto a Europa con el dinero que había ahorrado para un tratamiento de fertilidad que nunca llegó. París primero, luego quizás Florencia o Praga. No era un viaje de placer; era una huida hacia sí misma. Quería saber quién era Edith sin el peso de la maternidad frustrada, sin el rol de esposa dolida, sin la sombra de la traición que había cometido.
En París se instaló en un pequeño apartamento del Marais, con ventanas que daban a un patio interior donde crecía un limonero en maceta. Caminaba horas por las calles empedradas, entraba a librerías antiguas, se sentaba en cafés a observar a la gente como si pudiera robarles pedazos de vida. Por las noches escribía en una libreta de tapas de cuero: pensamientos fragmentados, dibujos a lápiz de puentes y farolas, listas de cosas que ya no quería cargar.
Allí conoció a Julien.
Era un pintor de treinta y tantos, con manos manchadas de óleo y una sonrisa fácil que parecía no haber conocido nunca el invierno. Se encontraron en una galería pequeña cerca de Saint-Germain, donde él exponía lienzos llenos de colores violentos y figuras borrosas. Edith se detuvo frente a uno en particular: una mujer de espaldas mirando un mar tormentoso, con el cabello agitado por el viento.
—Es como si estuviera a punto de saltar —dijo Julien a su lado, sin presentarse—. O de volar.
Edith sonrió por primera vez en semanas.
—O de ahogarse.
Se vieron varias veces después. Paseos por el Sena al atardecer, copas de vino en bares escondidos, conversaciones que empezaban en francés y terminaban en risas cuando ella se equivocaba con las conjugaciones. Julien era directo, sin filtros: le dijo que era hermosa, que su tristeza le parecía fascinante, que quería pintarla. Edith se dejó llevar. No fue amor; fue necesidad. Una noche, en su estudio lleno de lienzos a medio terminar y olor a trementina, se besaron con urgencia. Hicieron el amor sobre una sábana salpicada de pintura, con la luz de una lámpara vieja iluminando sus cuerpos como si fueran otro cuadro inacabado.
Al amanecer, mientras Julien dormía, Edith se levantó y miró por la ventana. El Sena seguía fluyendo, indiferente. Sintió placer, sí, y también una liberación extraña. Pero sobre todo sintió vacío. Julien era pasión, era novedad, era escape. No era calma. Y de pronto entendió, con una claridad dolorosa, que la calma que había compartido con Román no era aburrimiento, como había llegado a temer en sus peores momentos. Era hogar.
Mientras tanto, en la ciudad que Edith había dejado, Román profundizaba su amistad con Patricia de una forma que ninguno había previsto.
Se veían con frecuencia: cafés después del trabajo, caminatas por el parque, cenas improvisadas en el departamento de ella. Al principio era solo apoyo mutuo: Patricia lo ayudaba a procesar el duelo, Román le contaba anécdotas de Edith que la hacían reír y suspirar al mismo tiempo. Pero poco a poco las conversaciones se volvieron más íntimas.
Una noche de lluvia, sentados en el sofá con una botella de vino a medio terminar, Patricia habló por fin.
—Nunca te superé del todo —confesó, mirando el vaso en lugar de a él—. Cuando terminamos, me dije que era lo mejor. Que tú habías encontrado a alguien que te hacía más feliz. Y lo creí. Durante años lo creí. Pero verte ahora, tan herido… me duele darme cuenta de que una parte de mí todavía se pregunta qué habría pasado si no hubiera soltado tu mano aquel día.
Román no respondió de inmediato. Sintió que el aire se volvía más denso, más cargado. Patricia levantó la vista, vulnerable como nunca la había visto.
—No te estoy pidiendo nada —aclaró rápidamente—. Solo… necesitaba decirlo. Para que deje de pesar tanto.
Román extendió la mano y le rozó los dedos.
—Gracias por decírmelo. Y gracias por estar aquí. Pero mi corazón sigue en otro lugar. Aunque ahora esté roto, sigue siendo de ella.
Editado: 04.02.2026