Lo que nunca importó

Capítulo 10: Secretos Desenterrados

Edith regresó con el cuerpo más ligero y el alma más pesada. El viaje había sido un espejo implacable: le había mostrado quién era cuando no tenía que ser esposa, ni madre frustrada, ni víctima de sus propias decisiones. Pero también le había recordado, con cada puente cruzado y cada atardecer robado, que su corazón seguía anclado a un hombre que esperaba en la misma ciudad que ella había dejado.

Román la recibió en el aeropuerto con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos. No hubo besos apasionados ni promesas grandiosas. Solo un abrazo breve, casi tímido, y un “bienvenida a casa” que sonó más como pregunta que como afirmación.

Los primeros días fueron de una cortesía dolorosa. Dormían en habitaciones separadas —ella en el sofá cama del estudio, él en la cama que aún olía a su ausencia—. Conversaban en voz baja sobre cosas intrascendentes: el clima en París, el precio del café, un libro que ambos habían leído por separado. Pero debajo de cada frase flotaba la pregunta no formulada: ¿podemos volver a ser nosotros?

Una tarde de domingo, mientras ordenaba la vieja caja de fotografías que su madre le había dejado al morir, Edith encontró la carta. Estaba metida entre dos álbumes amarillentos, escrita con la caligrafía cuidadosa y ligeramente temblorosa de su madre. La abrió con dedos fríos.

Querida Edith,

Si estás leyendo esto es porque ya no estoy para contártelo en persona. Nunca quise que cargaras con mi silencio, pero el tiempo se me acabó antes de encontrar las palabras justas.

Cuando tu padre y yo nos casamos, soñábamos con una casa llena de risas infantiles. Intentamos durante siete años. Mes tras mes, la misma decepción. Los médicos decían que era “inexplicable”. Yo me sentía rota, culpable, insuficiente. Tu padre nunca me lo reprochó, pero yo lo hacía por los dos.

Al final, decidimos adoptar. Tú llegaste a los tres años, con esos ojos enormes y esa forma de mirar como si ya supieras todos los secretos del mundo. Fuiste el milagro que no vino de mi vientre, pero que llenó mi vida de un amor que no necesita explicación biológica.

No te conté esto antes porque temía que pensaras que tu nacimiento fue un “segundo premio”. No lo fue. Fuiste lo primero, lo único, lo esencial.

Si alguna vez sientes que tu cuerpo te traiciona, recuerda: la maternidad no se mide en sangre compartida. Se mide en el espacio que abres en tu corazón para recibir a otro.

Te amo más de lo que las palabras alcanzan.

Mamá

Edith leyó la carta tres veces, sentada en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared. Las lágrimas cayeron sobre el papel, emborronando ligeramente la tinta. Cuando Román entró y la vio allí, se arrodilló a su lado sin preguntar. Ella le tendió la carta con mano temblorosa.

Él la leyó en silencio. Cuando terminó, la abrazó con fuerza, como si quisiera contenerla entera.

—No estás rota —murmuró contra su cabello—. Nunca lo estuviste. Y yo… yo tampoco.

Esa misma semana, Patricia los citó en su consultorio. No como amiga, sino como especialista. La invitación llegó por mensaje, seca y profesional: “Si quieren, puedo hacerles estudios completos. Sin juicios. Sin prisas. Solo hechos”.

Edith dudó. Román no.

Fueron juntos un martes por la mañana. El consultorio de Patricia era luminoso, con paredes blancas y plantas que parecían respirar. No había sofá de terciopelo ni aroma a eucalipto falso; solo una camilla sencilla, un ecógrafo y una silla para acompañantes.

Patricia los recibió con una sonrisa serena, sin rastro de la antigua tensión.

—Primero, los hechos —dijo—. Vamos a repetir todo: espermiograma, análisis hormonales, histerosalpingografía para ti, Edith. Nada de suposiciones. Nada de promesas. Solo respuestas.

Mientras esperaban los resultados, hablaron. No de fertilidad, sino de ellos. De la culpa que Edith aún arrastraba, del miedo de Román a no ser suficiente, de cómo el dolor los había separado y ahora los volvía a unir, más frágiles pero también más honestos.

Una tarde, en la sala de espera mientras Edith se hacía una ecografía, Román se quedó solo con Patricia.

—Hay algo que nunca te conté —dijo él, con la voz baja—. Hace años, cuando Edith y yo empezamos a intentar tener hijos y nada sucedía, vine a verte. No le dije a ella. Tenía miedo de que pensara que dudaba de nosotros. Me hiciste los primeros estudios. Me dijiste que todo estaba bien. Que era cuestión de tiempo.

Patricia asintió despacio.

—Lo recuerdo. Te dije que no había nada patológico. Que a veces solo es cuestión de suerte, de paciencia. Que no eras tú el problema.

Román cerró los ojos un segundo.

—Y sin embargo, Pablo le hizo creer que sí lo era. Que yo era el fallo.

Patricia respiró hondo.

—Sobre Pablo… hay algo más que debes saber. No solo era un estafador. Fue mi pareja. Hace mucho tiempo, antes de la universidad. Terminamos mal. Muy mal. Yo lo dejé porque vi en él lo que ahora veo claro: alguien que necesita controlar, que se alimenta del dolor ajeno. Cuando se enteró de que tú y Edith estaban juntos, y más tarde de que yo seguía en sus vidas como amiga… creo que decidió vengarse. No de mí directamente. Sino a través de lo que más querías.

Román sintió que el aire se le escapaba.

—¿Por eso manipuló los resultados? ¿Por rencor hacia ti?

—Hacia mí, hacia ti, hacia la felicidad que no pudo tener. Pablo nunca soportó que alguien siguiera adelante sin él. Y tú… tú seguiste. Con Edith. Con una vida que él no pudo construir.

Román se quedó en silencio. La revelación no lo enfureció; lo entristeció. Era como si todo el sufrimiento de los últimos meses hubiera sido, en parte, un eco de un rencor antiguo que ninguno de ellos había provocado.

Cuando Edith salió de la consulta, pálida pero serena, Román la tomó de la mano.

—Los resultados preliminares están bien —dijo Patricia—. No hay nada estructural. Ni en ti, Edith, ni en ti, Román. Si quieren seguir intentando, podemos hablar de opciones reales. O de adopción. O de ninguna de las dos cosas. Lo que decidan.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.