Lo que nunca importó

Capítulo 11: La Redención en la Tormenta

La lluvia llegó sin aviso, como suelen llegar las cosas que cambian todo: primero un rumor lejano de truenos, luego gotas gruesas que golpeaban el asfalto con rabia contenida. Edith caminaba sola por la calle que una vez había sido su ruta diaria hacia el departamento, con la mente aún perdida en los pasillos de París y en las grietas que el tiempo había abierto en su matrimonio. Llevaba un paraguas roto que apenas servía de excusa; el viento lo volteaba una y otra vez, como si quisiera recordarle que algunas tormentas no se esquivan.

Resbaló en una baldosa suelta, cubierta de agua y hojas podridas. Cayó de lado, con un golpe seco que le robó el aliento. El dolor fue inmediato en la muñeca y en la rodilla, pero lo que más dolió fue la humillación de estar tendida en la acera, empapada, mientras la gente pasaba de largo con prisa y sin mirar.

Entonces lo vio.

Román apareció de la nada, como si el destino hubiera decidido que ya era suficiente de separaciones. Venía corriendo bajo la lluvia, sin paraguas, con el abrigo abierto y el cabello pegado a la frente. Se arrodilló a su lado sin decir una palabra, la ayudó a sentarse, le revisó la muñeca con dedos cuidadosos pero firmes.

—Edith… ¿estás bien?

Ella lo miró, aturdida, con el agua resbalándole por las mejillas y mezclándose con lágrimas que no sabía que estaban allí.

—No lo sé —susurró.

Román no preguntó más. La levantó con delicadeza, la abrazó contra su pecho para protegerla del viento y la llevó hasta su auto estacionado a dos cuadras. El trayecto fue silencioso, solo interrumpido por el tamborileo furioso de la lluvia contra el parabrisas y el sonido irregular de la respiración de ambos.

En el departamento —el mismo que habían compartido y que ahora parecía un lugar suspendido en el tiempo—, Román la sentó en el sofá, le quitó los zapatos empapados, le envolvió la muñeca con una bolsa de hielo envuelta en una toalla. Se movía con la misma precisión serena de siempre, pero había en sus gestos una ternura nueva, casi reverente, como si temiera que ella se desvaneciera si apretaba demasiado.

Edith lo observaba sin hablar. El torbellino que había sido su vida —la traición, el dolor, la huida— parecía haberse condensado en esa caída bajo la lluvia. Y ahora, en la quietud del departamento, sentía que el ojo del huracán había llegado por fin.

—Gracias —dijo al fin, con voz pequeña.

Román se sentó a su lado, lo bastante cerca para que sus rodillas se rozaran.

—No tienes que agradecerme nada. Nunca.

Se miraron. El silencio entre ellos ya no era pesado; era expectante, como el momento antes de que una tormenta rompa del todo o se disipe.

Esa noche no hicieron planes ni promesas. Solo se quedaron allí, hablando en voz baja. Edith le contó de Julien, no con culpa, sino con honestidad cruda: cómo había sido un refugio temporal, cómo le había mostrado que podía desear a otro, pero que ningún otro había sido capaz de llenar el espacio que él dejaba vacío. Román escuchó sin interrumpir, y cuando ella terminó, solo dijo:

—Yo también sentí la tentación. En las montañas. Con Clara. No pasó nada… pero pudo haber pasado. Y eso me asustó más que cualquier cosa. Porque significaba que podía seguir viviendo sin ti. Y no quiero.

Se besaron entonces, no con la urgencia de antes, sino con la lentitud de quien redescubre un territorio conocido pero herido. Fue un beso que sabía a lluvia, a arrepentimiento, a perdón. Sus cuerpos se encontraron después con la misma delicadeza: caricias que pedían permiso, susurros que sanaban, una intimidad que ya no era solo física, sino un reencuentro de almas que habían caminado caminos separados y volvían a cruzarse.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban en silencio, Edith habló de la adopción.

—No sé si algún día podremos tener un hijo biológico —dijo, mirando su taza de café como si allí estuviera la respuesta—. Pero ya no quiero que eso nos defina. Si decidimos ser padres, que sea porque queremos abrir nuestro hogar a alguien que lo necesite. Como mi madre hizo conmigo.

Román le tomó la mano por encima de la mesa.

—Entonces lo haremos juntos. Sea como sea.

Patricia fue quien cerró ese capítulo con una elegancia que solo ella podía tener.

Los citó en su casa una tarde de sol tímido. Preparó té y galletas, como si fuera una visita cualquiera. Pero cuando se sentaron en el sofá, su voz fue firme y serena.

—Quiero decirles algo —empezó—. Durante mucho tiempo, una parte de mí guardó un sentimiento por Román que nunca terminó de morir. No era amor activo, era… nostalgia. Un “qué habría pasado si”. Pero verlos ahora, después de todo lo que han atravesado… me doy cuenta de que ese sentimiento ya no tiene lugar. Ustedes se pertenecen. Siempre se han pertenecido. Y yo… yo estoy en paz con eso.

Extendió las manos hacia ambos. Edith la tomó primero, luego Román. Fue un gesto simple, casi ceremonial.

—Los bendigo —dijo Patricia con una sonrisa limpia—. Vayan y sean felices. Y si algún día deciden adoptar, o seguir intentando, o simplemente ser dos… cuenten conmigo. Sin condiciones.

Se abrazaron los tres. Fue un abrazo que liberaba, que cerraba puertas sin cerrar corazones.

Un mes después, Román y Edith viajaron a la playa. No fue una luna de miel convencional; fue una segunda oportunidad vestida de arena y sal. Alquilaron una cabaña pequeña frente al mar, con una hamaca en el porche y el rumor constante de las olas como banda sonora. Caminaban descalzos al atardecer, recogían conchas que luego dejaban en la arena, hacían el amor bajo la luz de la luna con la puerta abierta al viento.

No hablaban de hijos. No planeaban. Solo vivían.

Una mañana, Edith despertó con náuseas leves. Al principio pensó que era el movimiento del mar, o quizás algo que habían comido. Pero cuando la prueba de embarazo mostró dos líneas claras, se quedó mirando el palito blanco como si fuera un objeto de otro mundo.




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