Diez años después.
Mateo tiene nueve años y ya corre más rápido que el viento que arrastra las hojas secas por el patio trasero. Llega de la escuela con la mochila colgando de un solo hombro, los cordones desatados y una sonrisa que ilumina la cocina entera. “¡Hoy ganamos el partido!”, grita antes de que la puerta termine de cerrarse. Edith lo recibe con un abrazo que aún huele a café y a crayones, y Román, desde el fregadero donde lava los platos del almuerzo, levanta la vista y sonríe de esa forma lenta que nunca ha perdido: como si cada sonrisa fuera un secreto que guarda solo para ellos.
La casa es la misma, pero distinta. Las paredes del pasillo ahora están llenas de fotos: Mateo en su primer día de escuela, Edith y Román en la playa donde concibieron sin saberlo, Patricia sosteniendo al bebé en el bautizo con una mirada que ya no guarda sombras. Hay un rincón nuevo en la sala: una estantería baja con los libros que Mateo devora a velocidad imposible y, al lado, la caja de madera que Edith guarda como un relicario. Dentro siguen la carta que escribió cuando él nació, la ecografía, el anillo que Román le devolvió en la playa. A veces Mateo pregunta por qué esa caja está siempre cerrada; Edith responde con una media sonrisa: “Porque guarda las cosas que nos enseñaron a querernos mejor”.
Patricia viene los domingos. Ya no es solo madrina; es familia. Trae galletas que hornea con Mateo, le enseña a hacer malabares con naranjas y, cuando los niños no miran, le guiña un ojo a Edith como diciendo: “Lo logramos”. No hay rastro de lo que pudo haber sido. Solo gratitud. El tiempo, que una vez pareció enemigo, ahora es aliado silencioso.
Por las noches, cuando Mateo duerme y la casa se aquieta, Edith y Román se sientan en el porche con una manta compartida y una taza de té que ya no necesita azúcar. Hablan poco. A veces recuerdan: la maleta en la puerta, la lluvia que los juntó de nuevo, la prueba de embarazo que tembló en las manos de ella. No lo hacen con nostalgia dolorosa, sino con la distancia serena de quien ha sobrevivido a un incendio y ahora puede tocar las cenizas sin quemarse.
—¿Crees que algún día Mateo sabrá todo? —pregunta Román una de esas noches, con la mirada perdida en las luces lejanas de la ciudad.
Edith apoya la cabeza en su hombro.
—Le contaremos lo que necesite saber. Que nos equivocamos. Que nos hicimos daño. Que nos perdonamos. Y que, aun así, elegimos quedarnos.
Román le besa la sien.
—Y que valió la pena.
No hay promesas de eternidad. Saben que la vida no las cumple. Habrá días difíciles: discusiones tontas, miedos que regresen disfrazados de nuevos, tal vez otro susto médico, tal vez la adolescencia de Mateo que los pondrá a prueba. Pero ya no les asusta. Han aprendido que el amor no es una línea recta hacia la felicidad perfecta; es un camino que se curva, que se quiebra, que se reconstruye con las manos temblorosas y el corazón más sabio.
La calma que los envuelve ahora no es la misma que tuvieron al principio. Aquella era frágil, luminosa, ignorante. Esta es más oscura en los bordes, más profunda en el centro, marcada por grietas que ya no se ocultan. Y precisamente por eso brilla más: porque sabe lo que cuesta mantenerse en pie.
Mateo duerme arriba, soñando con goles imposibles y amigos que lo esperan mañana. Abajo, Edith y Román se toman de la mano bajo la manta. No dicen nada más. No hace falta.
La tormenta pasó hace mucho.
Pero la calma que quedó después… esa sí que es para siempre.
Editado: 04.02.2026