Vera Rey miró la pantalla del teléfono por tercera vez.
Tenía señal.
Batería suficiente.
Y un número que había marcado tantas veces que podía hacerlo sin mirar.
Solo tenía que presionar el botón.
No lo hizo.
Un ruido al otro lado de la puerta la obligó a levantar la cabeza.
El muchacho también lo escuchó.
Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y las rodillas recogidas. Sostenía la patineta entre ambas manos con tanta fuerza que los nudillos comenzaban a perder el color.
Vera levantó un dedo.
Silencio.
Él asintió.
Otro ruido.
Esta vez más cerca.
Vera apagó la pantalla del teléfono.
Durante años había aprendido que, cuando una situación escapaba de sus manos, existía un procedimiento. Un número. Una frecuencia. Alguien al otro lado dispuesto a responder.
Esa noche tenía todo eso.
Y no podía utilizar nada.
— ¿Van a encontrarnos? —susurró el muchacho.
Vera no respondió.
No porque quisiera tranquilizarlo.
Porque no lo sabía.
Volvió a mirar hacia la puerta.
Su corazón golpeaba con tanta fuerza que por un instante temió que el silencio del lugar pudiera traicionarlos.
Respiró lentamente.
Una vez.
Otra.
No funcionó.
Seguía teniendo miedo.
Y aquello la enfureció un poco, porque el miedo tenía una pésima costumbre: aparecía justo cuando más necesitaba pensar.
El muchacho se movió.
La rueda de la patineta rozó el piso.
Vera reaccionó inmediatamente y puso una mano sobre ella.
Los dos quedaron inmóviles.
Pasaron varios segundos.
Nada.
—Perdón —murmuró él.
Vera retiró despacio la mano.
—No pasa nada.
Pero sí pasaba.
Demasiado.
Miró otra vez el teléfono.
Podía llamar.
La posibilidad seguía allí, absurda, tentadora.
Pedir refuerzos habría sido lo lógico.
Lo correcto.
Lo que cualquier agente habría hecho.
Lo que ella misma habría hecho apenas unos días antes.
Su pulgar quedó suspendido sobre la pantalla.
Una llamada.
Solo una.
Después podría dejar de pensar en cómo sacarlos de allí. Otros llegarían. Gente con más experiencia. Más recursos. Más autoridad.
Respaldo.
Vera cerró los ojos apenas un instante.
No.
Ese era precisamente el problema.
Ya no sabía quién llegaría primero.
Guardó el teléfono.
El muchacho la observó.
— ¿No va a llamar a nadie?
Vera negó lentamente.
—Todavía no.
—Pero usted es policía.
Aquellas cuatro palabras le habrían parecido ridículas en cualquier otro momento.
Esa noche no.
—Precisamente.
Él la miró sin comprender.
Mejor así.
No necesitaba saberlo todo.
Todavía no.
Un sonido seco interrumpió la conversación.
Esta vez no hubo duda.
Alguien había intentado abrir una puerta en algún punto cercano.
El muchacho se incorporó de golpe.
Vera lo sujetó por el brazo antes de que pudiera moverse.
—Despacio.
—Nos encontraron.
—No lo sabemos.
— ¡Claro que lo sabemos!
—Baja la voz.
Él apretó los labios.
Vera pudo sentir el temblor bajo sus dedos.
Lo soltó.
Era apenas un muchacho.
Uno que, dos semanas atrás, probablemente tenía preocupaciones completamente distintas.
Y ahora estaba allí.
Con ella.
Por ella.
La idea le atravesó el estómago.
No.
Aquello podía haber empezado por muchas razones, pero desde el momento en que Vera lo encontró, desde el instante en que pronunció su nombre dentro de una investigación que creyó segura, algo había cambiado.
No podía deshacerlo.
Pero todavía podía decidir qué hacer después.
El ruido volvió a escucharse.
Más próximo.
Vera miró alrededor.
Había otra salida.
La había descartado al entrar porque los dejaba expuestos durante algunos segundos antes de alcanzar el siguiente punto de resguardo.
Unos segundos.
Antes le habían parecido demasiado.
Ahora quizá fueran todo lo que tenían.
—Escúchame —dijo.
El muchacho negó antes de que pudiera continuar.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decirte.
—Por su cara, sé que no me va a gustar.
A Vera casi se le escapó una sonrisa.
Casi.
—Cuando te diga que corras, vas a salir por ahí.
Él siguió la dirección de su mirada.
— ¿Y usted?
—Voy detrás de ti.
— ¿Seguro?
Vera tardó una fracción de segundo más de lo debido en responder.
—Sí.
El muchacho la vio.
Había notado la pausa.
Vera también.
Otro sonido.
Ya no tenían tiempo.
Sacó nuevamente el teléfono y miró la pantalla.
Podía arriesgarse a pedir ayuda.
Podía quedarse y esperar.
O podía abrir aquella puerta y confiar en que los pocos segundos que necesitaban fueran suficientes.
Ninguna opción era buena.
Por primera vez desde que todo aquello había comenzado, Vera entendió que quizá no aparecería una decisión correcta.
Solo una decisión.
Y tendría que tomarla ella.
Guardó el teléfono.
Miró al muchacho.
—Prepárate.
Él acomodó la patineta bajo el brazo.
Vera puso la mano sobre la puerta.
Del otro lado volvió a escucharse un movimiento.
Esta vez demasiado cerca.
Sintió miedo.
Mucho.
Pero abrió.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
🔎 ENTRE PISTAS Y LECTORES
¡Gracias por acompañar a Vera Rey en el inicio de esta historia! ❤️
Hay algo que me gustaría preguntarte antes de continuar… Vera es policía, tiene un teléfono con señal y podría pedir ayuda. Sin embargo, decide no hacerlo.
¿Qué tendría que haber sucedido para que una policía sintiera más miedo de pedir refuerzos que de enfrentar sola el peligro?