Catorce días antes
Natalia Vega llevaba cuarenta y siete minutos esperando cuando Vera Rey pronunció por primera vez el nombre de su marido.
—Adrián Vega.
La mujer levantó la cabeza.
Había permanecido sentada con el bolso sobre las piernas y las manos entrelazadas encima de él. No parecía impaciente. Parecía cansada.
—Sí.
Vera ocupó la silla frente a ella y abrió la carpeta que acababan de entregarle.
—Soy la detective Vera Rey. Voy a hacerle algunas preguntas que probablemente ya le hicieron al recibir la denuncia. Necesito que me las responda otra vez.
Natalia asintió.
—Las veces que sea necesario.
Vera levantó la mirada.
Había escuchado esa frase antes. Casi siempre significaba lo mismo: encuéntrelo.
— ¿Cuándo vio a su esposo por última vez?
—Anteayer por la mañana. Desayunamos juntos. Él salió para trabajar y yo también.
— ¿A qué hora?
—Poco después de las siete.
— ¿Dijo que iría a algún otro lugar?
—No.
— ¿Habían discutido?
Natalia negó.
— ¿Problemas económicos?
—No.
— ¿Problemas en el trabajo?
Una pausa.
Pequeña.
Vera la advirtió.
—No que yo sepa.
— ¿Había notado algún cambio en él durante las últimas semanas?
Esta vez Natalia tardó más.
—Estaba distraído.
— ¿Desde cuándo?
—No sabría decirle. Unas semanas, quizá.
— ¿Preocupado?
—Pensé que era trabajo.
— ¿Se lo preguntó?
—Sí.
— ¿Y qué le dijo?
Natalia soltó el bolso y cruzó las manos.
—Que estaban haciendo cambios en la empresa. Que tenía demasiado encima.
— ¿En qué trabaja su esposo?
—Es jefe del departamento de Sistemas.
Vera anotó.
— ¿Nombre de la empresa?
Natalia se lo dio.
Vera lo escribió debajo del cargo.
— ¿Intentó comunicarse con él?
Por primera vez apareció algo parecido a desesperación en el rostro de Natalia.
—Desde la noche en que no regresó.
— ¿El teléfono?
—Apagado.
— ¿Mensajes?
—Nada.
— ¿Familiares? ¿Amigos?
—Nadie sabe dónde está.
Vera siguió preguntando.
Ropa que faltara.
Medicamentos.
Pasaporte.
Vehículo.
Tarjetas.
Lugares que frecuentaba.
Personas con quienes pudiera haberse reunido.
Natalia respondía con rapidez unas veces y con esfuerzo otras. No había nada extraordinario en aquello. Las personas conocían muy bien ciertas partes de la vida de quienes amaban y sorprendentemente poco otras.
— ¿Hay alguna razón por la que su esposo pudiera querer alejarse unos días?
—No.
La respuesta fue inmediata.
— ¿Alguna razón por la que pudiera querer alejarse de usted?
Natalia sostuvo su mirada.
—No.
Vera dejó el bolígrafo sobre la carpeta.
—Sé que algunas preguntas pueden resultar incómodas.
—No me incomoda la pregunta, detective. Me incomoda no saber dónde está mi marido.
Vera asintió.
Justo.
— ¿Cuánto tiempo llevan casados?
—Diecisiete años.
— ¿Hijos?
—No.
— ¿Es la primera vez que Adrián se ausenta sin avisarle?
—La primera.
Natalia bajó la mirada.
—Adrián puede olvidarse de comprar leche durante tres días aunque se lo recuerde cada mañana. Puede dejar las llaves en cualquier parte. Puede perder una cita con el dentista aunque la tenga anotada.
Vera esperó.
—Pero nunca deja de avisarme dónde está.
Aquello sí lo anotó.
— ¿Por qué esperó hasta hoy para denunciar?
Natalia respiró hondo.
—La primera noche pensé que había ocurrido algo en el trabajo. Después pensé que quizá había tenido un accidente. Llamé a hospitales. A sus compañeros. A nuestros amigos. A todo el mundo que se me ocurrió.
— ¿Y ayer?
—Seguí buscándolo.
— ¿Por qué vino hoy?
Natalia la miró.
—Porque ayer todavía pensaba que Adrián iba a entrar por la puerta y tendría una explicación.
Guardó silencio.
—Hoy ya no.
—Rey.
Vera siguió caminando.
—Rey.
Se detuvo y volteó.
Tomás Leal venía detrás de ella con dos vasos de café.
—Llevas tres meses aquí y todavía haces como que no escuchas cuando te llamo.
—Porque generalmente cuando me llamas quieres que haga algo.
Tomás extendió uno de los vasos.
—Hoy quería darte café.
Vera lo aceptó.
— ¿Qué necesitas?
—Qué desconfiada.
—Experiencia.
Tomás soltó una carcajada.
Le llevaba varios años y bastantes más casos. Desde que Vera había llegado a la unidad, él había adoptado con ella una mezcla de compañero, consejero y vigilante no solicitado que algunas veces le resultaba útil y otras quería aventar por la ventana.
— ¿Qué te dieron?
Vera levantó la carpeta.
—Desaparecido. Cuarenta y tantos. Casado. Buen empleo. Sin antecedentes. Salió a trabajar anteayer y no regresó.
— ¿Problemas con la esposa?
—Dice que no.
—Entonces sí.
Vera le dio un golpe con la carpeta en el brazo.
—Magnífico método de investigación, Leal.
—Veinte años de experiencia.
—Prejuicios con antigüedad, querrás decir.
Tomás sonrió.
—Cuando descubras a la amante, me debes el café de mañana.
— ¿Y si no hay amante?
—Te lo pago yo.
—Trato hecho.
Tomás señaló la carpeta.
— ¿Quieres que le eche un vistazo?
Vera estuvo a punto de entregársela.
Se detuvo.
—Primero quiero verlo yo.
Él levantó ambas manos.
—Como ordene, detective.
La forma exageradamente solemne en que lo dijo consiguió que Vera pusiera los ojos en blanco.
—Vete a trabajar.
—Eso estaba haciendo hasta que vi a una novata caminando por el pasillo con cara de querer resolver su primer caso antes de comer.
—No soy novata.
—Claro que no.
—Tomás.
—Ya me voy.
Se alejó todavía sonriendo.