Lo que quedó de mí

CAPÍTULO 1: Lo que quedó de mí

Conducir llorando debería ser ilegal.

Los limpiaparabrisas apenas daban abasto contra la lluvia torrencial de la carretera, pero el verdadero problema no era la tormenta afuera; era el temblor en mis manos. Apreté el volante hasta que me dolieron los dedos. Tenía los ojos hinchados, la garganta seca y un nudo atorado en el pecho que amenazaba con ahogarme desde hacía tres horas.

En el asiento trasero, el silencio de mis hijos dolía más que cualquier grito.

Miré por el espejo retrovisor. Benja, de cuatro años, dormía acurrucado contra su peluche sucio, con la boca abierta y las mejillas rojas. A su lado, Olivia, con sus siete años y su fragilidad a cuestas, descansaba la cabeza contra el cristal helado. Tomás, de diez, era el único que seguía despierto. Miraba fijamente por la ventana, en penumbras, con los puños metidos en los bolsillos de la chaqueta y la mandíbula apretada.

A su corta edad, Tomás ya había aprendido a poner esa cara de piedra. La misma cara que aparecía cada vez que Santiago empezaba a hablarme con ese tono que convertía cualquier conversación en una humillación.

No miré el teléfono ni una sola vez. Porque ya sabía que no iba a sonar.

Nadie nos venía siguiendo. Nadie iba a llamar para pedirnos que diéramos la vuelta.

Santiago ni siquiera se había molestado en bajar las escaleras del edificio para ayudarnos a subir las tres maletas al baúl. Se había quedado en la puerta del departamento, impecable en su camisa a medida, sosteniendo su taza de café humeante mientras me veía cargar la ropa de los niños bajo la lluvia.

—Si esto es lo que quieres, Eva, no voy a ser yo quien te detenga —había dicho con esa serenidad ejecutiva que siempre me hacía sentir diminuta—. Pero seamos claros: la que está armando este espectáculo eres tú. La que no pudo sostener el matrimonio eres tú. Después no vengas a buscarme cuando la realidad te pase por encima.

Durante años intenté entender en qué momento dejamos de ser nosotros. Qué había hecho mal. Qué me había faltado. Una parte de mí sabía que sus palabras eran una trampa para librarse de nosotros, pero la otra... la otra seguía preguntándose en silencio si él no tendría razón. Si quizás me había vuelto aburrida, si el cansancio me había ganado o si simplemente no había sido suficiente para sostener una familia.

Un letrero de madera carcomido por la humedad apareció de golpe a un costado de la carretera, iluminado por las luces altas: San Ignacio - 2 km.

Al cruzar ese límite, se me cortó la respiración.

Las calles de tierra, los eucaliptos gigantescos a los lados del camino, el olor a hierba mojada... Todo en este pueblo me resultaba conocido y ajeno al mismo tiempo. Hacía muchos años que no ponía un pie aquí. Nada parecía haber cambiado: la plaza, la torre de la iglesia, la veterinaria iluminada en la esquina... Todo seguía en su lugar, salvo yo. Me había ido de la mano de Santiago creyendo que me iba a comer el mundo, para terminar volviendo en un auto viejo, con las tarjetas de crédito bloqueadas y el corazón hecho pedazos.

Doblé en la esquina y estacioné frente a la casa de mis padres. La luz del pórtico estaba encendida, tibia, esperándonos.

Apagué el motor. El silencio dentro del auto nos envolvió a los cuatro.

Apoyé la frente contra el volante y cerré los ojos. El cansancio acumulado cayó sobre mis hombros como una losa de cemento. Sentí el impulso salvaje de quedarme ahí, congelada, esperando que alguien viniera a despertarme de esta pesadilla.

—¿Mamá? —escuché la voz pequeña de Benja desde atrás, rasposa por el sueño.

Me limpié las lágrimas rápidamente con la manga del abrigo y me forcé a sonreír frente al espejo.

—Ya llegamos, mi amor —dije, intentando que la voz no me temblara—. Llegamos a la casa de los abuelos.

—No quiero estar aquí —murmuró Tomás sin mirarme, con la voz llena de enojo—. Esta no es nuestra casa.

—Es lo que hay, Tomás —respondí con firmeza, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos—. Por ahora, es lo que hay.

Estaba a punto de abrir la puerta para bajar cuando un par de faros potentes iluminaron el habitáculo desde atrás. Una camioneta alta, llena de barro en los laterales, frenó a un costado de mi auto.

El motor diésel tronó un par de segundos antes de apagarse.

La puerta del conductor se abrió y un hombre bajó bajo la tormenta. Llevaba una chaqueta de trabajo impermeable y una linterna en la mano. Caminó con pasos largos y decididos hacia mi ventana, protegiéndose la cara del agua.

El corazón se me disparó en el pecho antes de que pudiera entender por qué. Conocía esa forma de caminar. Conocía esa espalda ancha y la postura erguida de alguien acostumbrado al trabajo duro.

El hombre se inclinó sobre mi ventana y tocó suavemente el cristal con los nudillos.

Cuando la luz de la linterna iluminó su cara por un segundo, me quedé sin aire.

Tenía la barba de varios días, los ojos oscuros empapados por la lluvia y las líneas de la boca marcadas por el tiempo, pero no había duda.

Era Daniel.

Daniel se quedó inmóvil a través del cristal mojado. Me miró a los ojos en medio de la penumbra, como si tampoco pudiera creer que yo estuviera ahí.




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