Sebastián manejaba su auto, ensimismado en sus pensamientos. No podía entender cómo Amanda había sido capaz de dejarlo por Enrique.
Había manejado hasta la otra punta de la ciudad —casi cuatro horas de viaje— solo para asistir al cumpleaños de la hermana de Amanda, y aun así terminó viendo cómo ella se marchaba con otro.
Así, sin más.
La decepción le ardía en el pecho.
Vaya fiasco”, pensó con amargura.
Enrique… ni siquiera era lo que uno esperaría en una pareja. Era un muchacho que le gustaba las fiestas más que el trabajo y las chicas eran su debilidad no sabía respetarlas era el típico chico malo que algunas chicas admiran lo.unico era que su familia tenía dinero .Pero bueno, quizás el amor hacía milagros Aunque ni él mismo se lo creía.
Todo era culpa de su madre, recordó. Siempre le había inculcado ser “bueno con las mujeres”. Trata a una mujer como te gustaría que traten a tu hermana o a tu madre.
Qué ingenuo había sido al creer en eso.
Apretó el volante con fuerza.
De ahora en más sería distinto.
Ya no iba a dejarse llevar así.
Ni siquiera escuchó a sus amigos, que le habían advertido que no se ilusionara tanto con Amanda.
Pero él era terco.
¿Cómo no iba a serlo si ella le había parecido perfecta? Tan linda, tan atenta… incluso habían llegado a tener intimidad una vez, lo suficiente para que él creyera que había algo más.
Bastó con que ella notara que no tenía una gran solvencia económica para que todo cambiara.
Ahí entendió que no había sido más que una ilusión.