El día era hermoso. Soleado. Parecía brillar con todo su esplendor .Tal vez eso era un buen augurio.Si definitivamente era un buen augurio
Camila miraba por la ventanilla del auto en silencio, dejando que el aire nuevo le golpeara la cara. Quizás había sido verdad: había logrado salir. Estaba lejos. Muy lejos de Marcos.
¿Qué probabilidades había de que la encontrara yendo a la otra punta de la provincia ?eso le daba esperanza ;había perdido a su bebe ese dolor nadie podría sacarlo pero al menos había huido de esa maldita casa
Aún jugaba con muñecas cuando su padre la dejó allí. Su madre había muerto hacía un año, y él no quería hacerse cargo de ella. No había parientes cercanos, así que cuando un amigo de su padre se ofreció como tutor, no le pareció tan mala idea. Era la oportunidad perfecta para irse y hacer su vida, como siempre había querido.
En definitiva, su padre había sido tan monstruo como Marcos -pensaba Camila mientras miraba por la ventanilla del auto.
Ahora volvía a un destino incierto, otra vez. Pero su instinto le decía que, esta vez, estaría con buenas personas. Ojalá no se equivocara.
Echó una mirada a Delia, que hablaba con Sebastián, quien manejaba.
Ella parecía una buena mujer, de cálida y ojos dulces.
Y Marcos... no!!!.Sebastián.
No sabía qué pensar de él. Desconfiaba. Era hombre, y eso ya le generaba desconfianza. Pero... había algo. Él parecía asonrisamable. Había estado muy pendiente de ella: iba todos los días a verla, le llevaba artículos personales, cosas que en su vida había usado.hasta le dio un teléfono para que se comunicara con ellos , lo que él no sabía que ella no sabia usarlo nunca había tenido uno.
El auto se detuvo luego de un poco más de cuatro horas de viaje , frente a una casa hermosa estilo chalet con sus tejas rojas , tenía un hermoso jardín al costado derecho y un gran árbol de naranja al izquierdo un limonero un poco más atrás entre medio una mesa con sus sillas haciendo juego.
Camila se despabilo al sentir que el auto se detenía. Miró la casa y luego a sus benefactores.
Camila se despabilo al sentir que el auto se detenía. Miró la casa y luego a sus benefactores.
—Bueno, llegamos al fin. Fue un viaje largo... no quiero hacerlo más —dijo Sebastián, estirándose.
—Ay, no, por favor... al menos dormitė un rato —respondió Delia, antes de girarse hacia Camila-. ¿Estás bien, querida?
—Sí... sí -contestó ella con timidez—Es una casa hermosa casa hermosa.
—Sí, lo es -dijo Delia con una sonrisa—Ahora bajemos, que Melita debe estar ansiosa.
—¿Melita?
—Sí, ¿no te dije? Es mi hija perruna. Es todo un personaje... te hace enojar tanto como amarla
—Ah, esa es una cargosa. No sé cómo la aguantás —agregó Sebastián, mientras abría la puerta del auto para que ellas bajaran.
El interior era hermoso. Una alfombra elegante cubría el piso, acompañada por un juego de sillones aún más bonito, con una mesita a juego de estilo colonial. Había jarrones con arreglos florales hechos por Delia, con flores de su propio jardín, que llenaban el ambiente de color y calidez
—Pasá, pasá... no tengas vergüenza. Esta va a ser tu casa mientras vos lo decidas. Para mí vas a ser una gran compañía... —dijo Delia con una sonrisa suave—Paso mucho tiempo sola desde que mi hija se fue a Canadá con su esposo, y este ingrato casi no viene a verme.
—Uhhh... ya empezás con lo tuyo —la interrumpió Sebastián con tono cansado—Sabés que trabajo.
Camila avanzó despacio, casi con cuidado, como si temiera romper algo con solo estar ahí. Sus ojos recorrían cada rincón: la alfombra suave bajo sus pies, los sillones prolijos, los detalles en madera, los colores cálidos. Todo le resultaba ajeno... y, al mismo tiempo, extrañamente acogedor.No estaba acostumbrada a lugares así.
Se detuvo un momento junto a la mesa, observando los arreglos florales. Acercó la mano con duda y rozó apenas uno de los pétalos, como comprobando que fueran reales. El aroma era suave, fresco. Bajó la mirada.
—Son... muy lindas —murmuró, sin saber bien si hablaba con Delia o consigo misma.
Delia la observaba en silencio, con una expresión que mezclaba ternura y algo más profundo, casi maternal
—Todo esto es tuyo también ahora —dijo con suavidad-. Quiero que te sientas cómoda, ¿sí?
Camila asintió levemente, aunque una parte de ella todavía no lograba relajarse del todo. Su cuerpo seguía en alerta, como si en cualquier momento algo pudiera romper esa calma.
En ese instante, un sonido de uñas contra el piso interrumpió el silencio. Algo pequeño y peludo apareció desde el fondo de la casa y corrió directo hacia ellas. ladrando sin parar
—¡Melita! —exclamó Delia, agachándose.
La perrita saltaba inquieta, moviendo la cola con energía, olfateando todo a su paso hasta llegar a Camila. Se detuvo frente a ella, ladeó la cabeza y la observó unos segundos antes de acercarse un poco más y ladrarle reclamando atención .Camila dudó. Bajó la mano lentamente.
Melita la olfateó... y, como si hubiera tomado una decisión, le apoyó el hocico con confianza.
Camila dejó escapar un aire suave, casi imperceptible, y por primera vez en mucho tiempo, algo en su expresión se aflojó
—Creo que le caíste bien -dijo Sebastián desde atrás, apoyado contra la pared.
Camila no respondió. Pero, mientras acariciaba con cuidado el lomo de la perrita, sintió algo distinto.Algo nuevo. Una especie de confort
Y, aunque no quería admitirlo todavía, algo dentro de ella empezaba a creer que, tal vez...ese lugar podía ser distinto.
Más tarde, luego de preparar el almuerzo, le asignaron una habitación.Era bellísima. Incluso tenía un baño propio. Camila nunca había imaginado estar en un lugar así. Todo combinaba: tonos rosa pastel y beige, una armonía suave que hablaba de un gusto exquisito en la decoración
—¿Te gusta? —preguntó Delia, observándola con atención.