Lo que sobrevivió en mi

Capítulo 11- Casualidades de la vida

Delia y Camila estaban sentadas en un restaurante, terminando de almorzar y haciendo tiempo para que Sebastián pasara a buscarlas.

En ese momento, una muchacha se acercó a la mesa. Camila la miró entre asombrada y asustada; no podía creer que ella estuviera allí.

—Hola, Camila… ¿sos vos? No lo puedo creer. Qué casualidad, no esperaba encontrarte, y menos acá. ¡Qué emoción! ¿Cómo estás?

—Ho… hola… —titubeó Cami, sin salir de su asombro. Era una chica que vivía cerca de la casa de Marcos, y su miedo empezó a crecer.

Delia, que observaba la escena, se percató de que algo no estaba bien.

—Yo… no sé qué decir… —respondió Camila, nerviosa.

—Ay, hola, ¿qué tal? Permiso… —dijo la joven mientras se sentaba—. Hola, señora, soy Mirian. Disculpe la interrupción, es que estaba preocupada por esta chica y encontrarla acá, bien… y tan cambiada… —la miró con una sonrisa—. ¿Y tu bebé? ¿Ya nació?—pregunto buscando con la mirada

Camila no pudo contestar. De pronto se sintió acorralada; el miedo a que Marcos apareciera en cualquier momento la invadió, y comenzó a mirar hacia todos lados.

—Tranquila —dijo Mirian, bajando la voz—. Marcos está preso, y por un buen tiempo no creo que salga ese desgraciado. Yo también pude salir de ese infierno. Carlos se fue con otra mujer, y ahí vi mi oportunidad… Somos libres, Cami.

Delia, con delicadeza, intervino:

—Las dejo charlar tranquilas. Cami, cualquier cosa estoy en la otra mesa… ¿o preferís que me quede?

Camila la miró con los ojos llenos de lágrimas, todavía asustada.

—Prefiero que te quedes… ¿podés?le extendió la mano

—Claro, cómo no —respondió Delia, tomando su mano.

Las chicas hablaron un buen rato. Ahí Delia empezó a entender un poco más de lo que había vivido Camila: cómo ella y Mirian habían intentado escapar juntas del pueblo en una ocasión, pero todo había salido mal. Ambas habían sido golpeadas brutalmente, y Camila, además, había quedado embarazada aquella vez.

Mirian contó lo justo, sin entrar en detalles, respetando el dolor de Cami. También lamentó la pérdida de su bebé, pero evitó profundizar demasiado para no hacerla sufrir más.

Las dos se abrazaron y lloraron en silencio solo ellas sabían entenderse en ese dolor

Delia las observaba, conmovida, sin poder creer que, en estos tiempos, todavía existieran historias así… y que nadie hubiera estado ahí para ayudarlas.

Más tarde, ya en el auto de Sebastián, Camila estaba muy callada. Él había creído que sería un viaje bullicioso, lleno de comentarios sobre las compras y risas compartidas… pero fue todo lo contrario.

El silencio se volvió pesado.

Al llegar a la casa, Camila pidió permiso y se fue directamente a acostar, sin decir mucho más.

Sebastián la siguió con la mirada, preocupado, y luego miró a su madre. Delia le hizo una seña, indicándole que esperara, que después le contaría.

Y así fue.

Ya en el living, Delia le relató con detalle todo lo ocurrido: el encuentro con la vecina de Camila y lo que había logrado saber sobre su pasado.

Sebastián no podía creerlo. Qué extrañas eran a veces las vueltas de la vida… quién diría que, justo ese día y en ese lugar, Cami se encontraría con alguien que conocía tanto de su historia.Se pasó una mano por el rostro, en silencio, procesando todo.

Esa noche, decidió quedarse a dormir en su antigua habitación. No le gustaba la idea de que Camila estuviera sola después de algo así.

y su intuición no estaba errada

Más tarde, esa noche, Camila dormía inquieta.

En sus sueños corría desesperada, agitada, con su bebé en brazos. El pequeño —o la pequeña— lloraba sin parar; su llanto era fuerte, angustioso, desgarrador.

Ella intentaba correr más rápido, pero no podía. El miedo la paralizaba.

Los escenarios cambiaban constantemente: primero un bosque que reconoció, cerca de donde vivía; luego una ruta larga y oscura; después, un barranco bajo la lluvia, lleno de barro y piedras. Todo era confuso, hostil.

Respiraba con dificultad, con el corazón desbocado. Solo había un pensamiento en su mente: salvar a su bebé.

Hasta que, de pronto…

—¡Cami… Cami!

Sebastián entró al escuchar su llanto.

Camila abrió los ojos sobresaltada, desorientada. Al verlo, no dudó: se incorporó y lo abrazó con fuerza, como si en ese gesto encontrara un refugio.

—Shh… tranquila… ya pasó —dijo él, envolviéndola con cuidado—. Estás a salvo.

Ella temblaba.

—Era… era tan real… —susurró, aferrándose a su camisa—. No podía… no podía correr…perdón lo siento

—Ya está, Cami… fue solo un sueño —respondió Sebastián, con voz suave—. Estoy acá.

Se quedó unos segundos más abrazándola, hasta que sintió que su respiración comenzaba a calmarse.

—Vení —le dijo con dulzura—, vamos a la cocina.

Sin soltarla del todo, la ayudó a levantarse y la llevó con cuidado a la cosina. La sentó en una silla y, en silencio, le preparó un vaso de leche caliente.

—Tomá… esto te va a hacer bien —le acercó la taza.

Camila la sostuvo entre sus manos, todavía algo temblorosa. Sintiendo en susanos la tibieza de la taza

Sebastián negó con la cabeza, apoyándose suavemente en la mesa frente a ella.

—No tenés que pedir perdón. Para eso estoy.

—¿Para eso estás…?

Él dudó apenas un segundo, como si ni él mismo entendiera del todo lo que sentía tratando de asimilar sentimientos nuevos

—Sí… —dijo finalmente—. Para cuando me necesites y quieras , voy a estar para vos - le confirmo con toda seguridad

El silencio que siguió no fue incómodo.sino más bien. Cada uno analizó sus sentimientos

Sebastián la observó en silencio… y por primera vez se detuvo realmente en sus ojos. Marrones, profundos, con un brillo especial incluso después del llanto.

No entendía por qué… pero esos ojos empezaban a quedarse en su mente más de lo que esperaba.Y, sin darse cuenta, algo en él también empezaba a cambiar.




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