Una tarde de sábado la casa estaba en silencio. Delia había salido,
y por un rato todo pareció quedar suspendido, como si el tiempo hubiera decidido darles un respiro.
-¿Vemos algo? -propuso Sebastián.
Camila asintió, aunque una pequeña duda cruzó por su expresión y no llegó a decirla en voz alta.
Se sentaron en el sillón, esta vez un poco más cerca que otras veces. La distancia, aunque mínima, se sentía distinta.
-Dicen que esta es linda... Past Lives -comentó él.
-Bueno... -respondió ella en voz baja.
La película empezó, y durante los primeros minutos Camila intentó concentrarse. Sin embargo, las escenas, las miradas, los silencios, le despertaban algo difícil de nombrar. No era tristeza exactamente, ni tampoco miedo. Era una mezcla extraña, una sensación que se instalaba en el pecho y no la dejaba del todo en paz.
Sus manos descansaban sobre el sillón, quietas, hasta que notó la cercanía de la de Sebastián. El impulso fue apartarse, casi automático, como tantas otras veces. Pero está vez no lo hizo. Se quedó ahí. Respiró hondo, apenas perceptible.
Sebastián giró levemente la cabeza.
-¿Te gusta?
Camila lo miró.
-Sí... -nerviosa
El silencio volvió a instalarse, pero ya no era incómodo. Era denso, cargado de algo que ninguno de los dos se animaba a nombrar.
Sebastián se inclinó apenas, con cuidado, como si le estuviera dando tiempo a ella para decidir.
Y en ese instante, Camila sintió el pasado rozarla. No fue un recuerdo claro, sino una sensación: fría, vacía, lejana. Cerró los ojos un segundo.
Y eligió quedarse.
Cuando el beso llegó, fue distinto a todo lo que había conocido. No hubo apuro ni presión, solo una cercanía suave, cuidada. Su corazón empezó a latir con fuerza, desordenado, y algo en su pecho se aflojó, como si por primera vez en mucho tiempo no tuviera que defenderse de nada.
Sebastián también lo sintió. La forma en que ella no se alejaba, la manera en que respondía, aunque con cierta cautela, le dejó claro que ese momento no era casual, que algo nuevo estaba empezando a abrirse entre los dos.
Cuando se separaron, el silencio volvió, pero ya no era el mismo.
Camila abrió los ojos despacio. Por un instante no supo qué hacer ni a dónde mirar. Sus manos seguían quietas, como si cualquier movimiento pudiera romper algo de lo que acababa de suceder.
Sebastián tampoco habló. Se quedó ahí, cerca, sin invadir.
Camila bajó la mirada apenas.
-Perdón... -murmuró casi sin voz.
-No -respondió él con suavidad-. No pidas perdón.
Ella levantó los ojos, dudando. Había nervios, sí, pero no era ese impulso de salir corriendo
Al frente, la película seguía pasando, completamente ignorada.
Se quedaron así, en ese espacio nuevo, sin saber bien qué hacer con lo que acababa de pasar... pero sin querer deshacerlo tampoco.
De pronto, Camila se levantó.
-Yo... voy a ir a descansar un rato -dijo, evitando mirarlo demasiado.
No esperó respuesta. Caminó rápido hacia su habitación y cerró la puerta con suavidad, como si necesitara aislarse de todo, incluso de ese momento.tratando de contener esa emoción que nacia
Sebastián se quedó en el sillón, inmóvil. Se pasó una mano por el rostro y dejó escapar el aire lentamente. No había salido mal... pero tampoco sabía bien qué había sido.
Después de unos minutos se levantó, apagó el televisor y miró hacia el pasillo. La puerta de Camila seguía cerrada. Dudó un instante, pero no fue.
-Mejor le doy espacio... -murmuró para sí.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, decidió no quedarse.
Tomó las llaves y salió en silencio.
Su departamento lo recibió con una calma distinta, fría, mas vacía de lo que recordaba. Dejó las cosas sobre la mesa y se quedó unos segundos sin hacer nada. No tenía sueño.
Así que, casi por impulso, volvió a salir.
Un bar.
Un lugar conocido.
Pero esa noche, ni siquiera eso se sentía igual.
El bar estaba tranquilo, con música suave de fondo.
Sebastián se apoyó en la barra, distraído, con la mente en otro lado.
-No lo puedo creer...
Cerró los ojos un segundo.
-Ya sabía que eras vos...
-Y bueno, papá -dijo Leandro, apareciendo a su lado-. Si desaparecés del mapa,
-No desaparecí.
-Ah, no -ironizó-. ¿Y cómo se llama lo tuyo? ¿Retiro espiritual?
Sebastián soltó un suspiro corto.
-Estoy laburando mucho.
Leandro largó una carcajada.
-Sí, claro... "laburando". Mirá cómo te brillan los ojitos... -le dijo queriendo tomarle el rostro divertido
Sebastián lo miró, serio.
-No empieces.
-¿Qué? ¿Ya no puedo decir nada? -siguió-. Encima que no te vemos más...
Se acercó un poco más, bajando la voz como si contara un secreto.
-Dicen que hay una razón bastante linda para que te quedes tanto en el centro...
Sebastián se tensó.
-No sé de qué hablás.
-Dale, Sebas... -insistió Leandro, golpeando la barra con los dedos-. La recepcionista nueva.
Silencio.
-La que no quisiste presentarnos -agregó-. Bastante egoísta lo tuyo, ¿no?
Sebastián giró la cabeza despacio.
-No hables así.
El tono fue más duro esta vez.
Leandro lo miró, sorprendido... pero lejos de frenar, sonrió.
-Apa... mirá cómo saltó.
-Te dije que no hables así.
-¿Qué pasa? -siguió, provocándolo-. ¿Qué tan especial es?
Sebastián apretó la mandíbula.
-No es para vos.
La frase salió sola.
Y quedó flotando entre los dos.
Leandro se quedó en silencio un segundo... y después soltó una risa corta.
-Ah, bueno...
Lo miraba con una sonrisa ladeada, claramente disfrutando el momento.
-No es para vos... -repitió, saboreando las palabras-. Mirá cómo te salió eso, eh.
Sebastián apoyó los codos en la barra, incómodo.
-Ya está, Lean.
-No, pará... -siguió, escucharlo-. Ahora me interesa más.