Lo que sobrevivió en mi

Capítulo 14 - Amanda

La noche estaba más fresca de lo que recordaba cuando Sebastián salió del bar.
No miró atrás.
Caminó un par de cuadras sin apuro, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de pensamientos que no lograba ordenar. La conversación con Iván, la aparición inesperada de Amanda, y sobre todo sus propias palabras, le daban vueltas una y otra vez. No había sido consciente de lo que decía hasta escucharse a sí mismo, y ahora le resultaba imposible ignorarlo.

Cuando llegó a su departamento, se detuvo un instante frente a la puerta. Sacó las llaves, pero tardó en usarlas
Sabía lo que iba a encontrar del otro lado: el mismo silencio de siempre, la misma quietud que antes le resultaba cómoda y que ahora, sin entender del todo por qué, le pesaba. Finalmente entró, dejó las llaves sobre la mesa y avanzó apenas unos pasos.
Todo estaba en su lugar, exactamente igual. Y sin embargo, algo había cambiado.

Se quedó de pie en medio del living, recorriendo el espacio con la mirada, como si buscara una razón para quedarse. Pero no la encontró.
En cambio, lo que apareció fue otra cosa: la imagen de Camila, su voz baja, la forma en que lo había mirado esa tarde, ese instante suspendido en el sillón que todavía parecía latirle en el pecho.

Se pasó una mano por el cabello, incómodo consigo mismo.

-¿Qué estás haciendo...? -murmuró, sin esperar respuesta.

No había una explicación clara, pero sí una sensación que ya no podía negar. Permaneció allí unos minutos más, intentando convencerse de que ese era su lugar, de que todo seguía igual.
Pero no era así. Esa noche, al menos, no lo sentía propio.

Tomó las llaves nuevamente y salió.

Cuando llegó a la casa de Delia, el silencio lo recibió de otra manera. No era vacío, sino calmo. Familiar.
Entró despacio, casi con cuidado, como si no quisiera alterar nada.
Las luces estaban bajas y todo parecía en orden.

Se detuvo en el living y, casi sin querer, su mirada fue hacia el pasillo. La puerta de la habitación de Camila estaba cerrada. Sintió el impulso de acercarse, de tocar, de decir algo

que ni siquiera tenía del todo claro. Pero no lo hizo. Se quedó donde estaba, sosteniendo esa duda unos segundos más, hasta que finalmente la dejó pasar.

Se sentó en el sillón, el mismo de la tarde, y apoyó los codos en las rodillas, quedándose en silencio.

Todo había cambiado en muy poco tiempo.

Y aunque no supiera bien qué iba a pasar a partir de ahora, había algo que ya no podía discutir consigo mismo: esa noche, no quería estar en ningún otro lugar.

Las semanas pasaron casi sin que nadie se diera cuenta.

En el centro, los días empezaron a tomar un ritmo distinto. Camila ya no dudaba antes de atender, su voz sonaba más firme y sus movimientos más seguros. Había encontrado su lugar, poco a poco, sin apuro, pero con constancia.

Y en medio de esa rutina, algo más también había ido creciendo.

Con Sebastián ya no eran solo intercambios de trabajo o comentarios al pasar. Compartían momentos: un café rápido entre turnos, alguna charla al final del día, miradas que se sostenían un poco más de lo necesario. El beso no se había repetido, como si ambos, sin decirlo, hubieran decidido respetar ese espacio frágil que recién comenzaba a formarse.

Pero estaban más cerca.

Mucho más.

Esa mañana, el centro estaba particularmente tranquilo. Camila ordenaba algunas fichas en recepción mientras Sebastián hablaba con uno de los médicos en el pasillo.
La luz entraba suave por los ventanales, y por un instante todo parecía en calma.

Hasta que la puerta de entrada se abrió.

El sonido hizo que Camila levantara la vista.

Y entonces la vio.

Amanda.

Estaba igual... y distinta al mismo tiempo. Más seria, quizás. O más decidida. Sus ojos recorrieron el lugar hasta detenerse en Sebastián.

Camila sintió algo extraño en el pecho, una incomodidad leve, difícil de explicar, pero no dijo nada. Solo observó.

Sebastián también la vio.

El gesto le cambió apenas, lo suficiente como para que Camila lo notara.

-¿Podemos hablar? -dijo Amanda, acercándose.

No fue una pregunta cargada de dramatismo. Fue directa. Clara.

Sebastián dudó un segundo, pero asintió.

-Sí... vamos un momento afuera.

Camila bajó la mirada hacia los papeles, aunque ya no estaba leyendo nada.

Desde la puerta, alcanzó a ver cómo se detenían en la vereda.

Amanda respiró hondo antes de hablar.

-Me voy -dijo, sin rodeos-. a Estados Unidos.

Sebastián la miró, sorprendido, pero en silencio.

-Necesito empezar de nuevo -continuó ella-. Cambiar todo... dejar atrás muchas cosas.

Hubo una pausa breve.

-Y antes de irme... necesitaba saber algo.

Sebastián ya intuía la pregunta, pero no la interrumpió.

Amanda lo sostuvo con la mirada.

-Si todavía hay alguna posibilidad con vos.

El silencio que siguió fue corto, pero suficiente.

Sebastián negó suavemente.

-No, Amanda.

No hubo dureza en su voz, pero sí una claridad que no dejaba espacio a dudas.

Ella bajó la mirada apenas, como si hubiera esperado otra respuesta... o como si, en el fondo, ya la conociera.

-Entiendo... -murmuró.

Sebastián la observó con cierta calma, sin enojo, sin reproche.

-Te deseo que te vaya bien -agregó-. De verdad.

Amanda asintió, con una sonrisa tenue que no terminaba de sostenerse.

-Gracias... -respondió-. Y... me alegro por vos.

Sebastián frunció levemente el ceño.

-¿Por mí?

Amanda miró hacia la entrada del centro, donde, a través del vidrio, se distinguía la figura de Camila.

-Sí... -dijo suavemente-. Me hablaron de ella y además de nota

Sebastián no respondió, pero tampoco desvió la mirada.

Amanda tomó aire, como cerrando una etapa.

-Bueno... ahora sí.

Dio un paso atrás.

-Chau, Sebas.




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