Esa noche, la casa estaba en silencio.
No era un silencio incómodo, sino uno cargado, expectante, como si algo estuviera a punto de romperse o transformarse.
Delia terminaba de servir la cena cuando notó que Camila no estaba como siempre. Había algo en su forma de moverse, en la manera en que evitaba sostener la mirada demasiado tiempo.
Sebastián también lo percibió, aunque no dijo nada. Se limitó a observarla, en silencio.
Se sentaron a la mesa.
Camila jugó unos segundos con el tenedor, acomodándose, girando entre sus dedos, como si en ese gesto buscará el valor que le faltaba.
Delia fue la primera en hablar.
-¿Pasa algo, mi amor?
Camila levantó la vista. Sus ojos estaban serenos... pero firmes.
Respiró hondo.
-Sí... tengo que decirles algo.
El aire parecía detenerse.
Sebastián dejó el vaso sobre la mesa sin hacer ruido. No apartó la mirada de ella.
-Estuve pensando mucho estos días... -empezó Camila-. Mucho.
Hizo una pequeña pausa, apenas un segundo, pero suficiente.
-Y tomé una decisión.
Delia sintió un nudo en el pecho sin saber por qué.
-¿Qué decisión?
Camila la miró directamente.
-Quiero irme a vivir sola.
El impacto fue inmediato.
Delia se quedó quieta. No dijo nada al principio, pero sus ojos cambiaron, como si algo adentro se hubiera tensado de golpe.
-¿Irte...? -repitió, casi en un susurro-. ¿Por qué?
No era reproche. Era doloroso.
Camila lo sintió.
-No es por algo malo... -dijo enseguida, con suavidad-. Es todo lo contrario.
Delia negó apenas con la cabeza, tratando de entender.
-Pero... estás bien acá... -murmuró-. Estamos bien...
La palabra estamos quedó suspendida en el aire, cargada de todo lo que no hacía falta explicar.
Sebastián seguía en silencio, pero su mirada iba de una a otra, intentando ordenar lo que estaba pasando.
-Justamente por eso -continuó Camila-. Porque estoy bien... porque pude volver a estar bien acá... es que siento que tengo que dar el siguiente paso.
Sus manos se entrelazaron sobre la mesa.
-Ustedes me sostuvieron cuando no podía... cuando no sabía ni quién era... y eso no lo voy a olvidar nunca.
Delia bajó la mirada. Sus ojos se humedecieron.
-Pero ahora necesito probarme sola... -agregó Camila-. Equivocarme, resolver, levantarme... por mí.
El silencio se hizo más profundo.
Sebastián finalmente habló.
-¿Y esto... ¿desde cuándo lo venís pensando?
Su tono no era duro, pero sí confundido. Como si hubiera algo que no terminaba de encajar.
Camila lo miró.
-Hace un tiempo... pero recién ahora me siento capaz.
Él asintió apenas, sin terminar de procesarlo.
-Es raro... -admitió-. Porque... todo esto... -hizo un gesto leve con la mano, abarcando la casa, la mesa, ellos- parecía que recién empezaba a acomodarse.
Camila sostuvo su mirada.
-No se está rompiendo... Sebas.
Su voz fue suave, pero segura.
-Está creciendo.
Delia dejó escapar una pequeña respiración temblorosa.
-Pero duele igual... -dijo, casi sin querer.
Camila se levantó despacio y rodeó la mesa. Se acercó a ella y tomó sus manos.
-Lo sé... -murmuró-. A mí también.
Delia la miró, y en esa mirada había algo muy claro: no quería que se fuera.
Pero también entendía.
-Sos como una hija... -dijo finalmente, con la voz quebrada-. No es tan fácil.
Camila apretó sus manos con suavidad.
-Y vos sos como una madre para mí.
El silencio que siguió fue lleno. Doloroso...
Sebastián los observaba, con el pecho apretado. No era enojo lo que sentía. Era otra cosa. Una mezcla de dolor , pérdida... y algo que todavía no terminaba de nombrar.
-¿Ya tenés algo visto? -preguntó, más tranquilo.
Camila asintió.
-Sí... hay una casita... a unas cuadras de acá.
Delia levantó la vista de golpe.
-¿Cerca?
-Sí -sonrió apenas Camila-. No me voy lejos.
Ese pequeño detalle alivió algo en el ambiente.
No todo... pero lo suficiente.
Sebastián dejó escapar el aire lentamente.
-Bueno... -dijo al final-. Entonces no hay mucho que discutir.
Camila lo miró, sorprendida.
-Hay que ayudarte a que salga bien.
Delia asintió despacio, todavía conmovida.
-Sí... -agregó-. Eso es lo que importa.
Camila sonrió, esta vez con más calidez.
No era un final.era un paso necesario
Y aunque doliera... los tres lo sabían.La noche había avanzado en silencio.
Después de la cena, cada uno se había dispersado, como intentando acomodar lo que todavía quedaba resonando en el aire. Delia se había quedado en la cocina más tiempo del necesario, y la casa, poco a poco, fue quedando en calma.
Camila salió al jardín.
El aire fresco le rozó el rostro y agradeció ese pequeño alivio. Caminó despacio hasta detenerse cerca de las rosas que Delia cuidaba con tanta dedicación. Se abrazó a sí misma, no por frío, sino por todo lo que todavía le latía adentro.
-Cami...
La voz de Sebastián la hizo girar.
Se acercó despacio, pero esta vez no se detuvo tan lejos. Había algo distinto en su forma de mirarla, menos contenido, más decidido.
-¿Puedo hablar con vos?
-Sí...
Sebastián respiró hondo, como si esta vez no quisiera dejar nada a medias.
-Esto de hoy... ¿Es por mi culpa?
-No, Sebas -respondió ella enseguida-. No es por vos.
Él sostuvo su mirada, pero no desvió el tema.
-Entonces escúchame... porque yo sí tengo que decir algo.
Camila se quedó quieta.
Sebastián pasó una mano por su nuca, nervioso, algo poco habitual en él.
-No soy bueno para esto... -admitió-. Pero tampoco quiero seguir haciéndome el que no pasa nada.
El silencio se volvió más atento.
-Lo que está pasando entre nosotros... me importa -continuó-. Más de lo que pensé que me iba a importar.