Lo que sobrevivió en mi

Capítulo 16-Lo propio

Unos días después, Camila se encontró parada frente a la casita con una sensación difícil de explicar, como si algo dentro suyo dudara y avanzara al mismo tiempo. No era una casa grande ni especialmente llamativa, pero tenía una calma que la envolvió apenas la miró, una especie de promesa silenciosa que no supo nombrar, aunque le resultó suficiente para quedarse unos segundos más de lo necesario observando la puerta y la ventana con cortinas claras que se movían suavemente con el aire de la tarde.

Sebastián, a su lado, siguió su mirada antes de hablar.

-¿Es esta?

Camila asintió, todavía con esa mezcla de nervios y expectativa latiéndole en el pecho. Entraron juntos, y el interior confirmó lo que desde afuera apenas se insinuaba: era un espacio sencillo, pero cálido, con lo justo para empezar. Mientras recorría el living pequeño, la cocina integrada y finalmente la habitación del fondo, Camila no solo miraba, sino que imaginaba; se veía ahí, moviéndose, habitando ese silencio distinto, intentando hacerlo propio.

Sebastián la observaba sin apurarla, entendiendo que ese momento no necesitaba demasiadas palabras.

-¿Te gusta? -preguntó finalmente.

Camila giró hacia él, y en sus ojos se notaba la verdad sin filtros.

-Sí... me gusta. Me da miedo, pero... también ganas.

Sebastián sonrió apenas, con una certeza tranquila.

-Entonces es por ahí.

Y en esa simple frase, algo terminó de acomodarse dentro de ella.

La mudanza llegó sin demasiada ceremonia, como suelen llegar los cambios importantes. Eran pocas cosas, algunas cajas, ropa, objetos que apenas alcanzaban para llenar el espacio, y muchas otras que Delia insistió en agregar, como si cada una fuera una forma de seguir estando.

Le costaba disimularlo. En cada indicación, en cada "esto te va a servir", había algo más profundo, algo que no terminaba de decirse pero que se sentía en el aire. Camila la abrazó varias veces, con una ternura que mezclaba gratitud y cuidado.

-No me voy lejos...

Delia asintió, aunque sus ojos dijeran otra cosa.

Sebastián, por su parte, ayudó en silencio, moviéndose con naturalidad entre las cajas, evitando hacer de ese momento algo más pesado de lo que ya era. Sin embargo, cada tanto, sus miradas con Camila se encontraban, y en esos cruces breves había algo que sostenía, algo que acompañaba sin necesidad de palabras.

Cuando todo estuvo finalmente en su lugar, la casa quedó en una quietud nueva, casi expectante. Delia fue la primera en despedirse, y al abrazarla lo hizo con una fuerza que no necesitaba explicación.

-Cualquier cosa venís, ¿sí?- le dijo lagrimeando

Camila asintió, apretándola con la misma intensidad.

Sebastián se quedó un poco más, como si no terminara de decidirse a irse.

-¿Vas a estar bien?

Camila sostuvo su mirada y respondió que sí, aunque en el fondo sabía que no era una certeza completa, sino más bien un deseo. Él lo percibió, pero no insistió.

-Igual... sabés que estoy.

Ella asintió de nuevo, y en ese intercambio quedó dicho mucho más de lo que las palabras alcanzaban.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, el silencio cambió de forma. Ya no era el de la casa de Delia, lleno de presencias conocidas, sino uno más amplio, más propio, pero también más exigente. Camila se quedó unos segundos quieta en el medio del living, como si necesitara ubicarse en ese nuevo lugar que ahora le pertenecía por completo.

Hizo algunas cosas simples, acomodó lo indispensable, preparó algo para comer sin demasiado entusiasmo y dejó una luz tenue encendida, como si no quisiera enfrentarse de golpe a la oscuridad total. Intentó convencerse de que esa incomodidad era parte del proceso, algo esperable, algo que iba a pasar.

Cuando finalmente se acostó, el cansancio pareció ayudar al principio. Cerró los ojos y por un momento creyó que iba a poder dormir sin problemas. Pero la noche, en ese espacio todavía desconocido, tenía otra profundidad.

No fue un recuerdo claro lo que volvió, sino una sensación. Algo frío, distante, difícil de ubicar pero imposible de ignorar. Su cuerpo se tensó casi sin aviso, y la respiración empezó a volverse irregular, como si una parte de ella reconociera ese territorio antes que su propia conciencia.

No había imágenes definidas, pero sí emociones que regresaban con fuerza: desprotección, soledad, una angustia que parecía no tener forma pero sí peso. Intentó moverse, cambiar de posición, aferrarse a algo concreto, pero el miedo se adelantó.

Abrió los ojos de golpe.

Tardó unos segundos en entender dónde estaba. La habitación era distinta, las sombras no eran las de siempre, y ese detalle, en lugar de tranquilizarla, la descolocó aún más. Se incorporó lentamente, abrazándose, tratando de regular la respiración que todavía no encontraba ritmo.

Se repitió en voz baja que ya había pasado, que estaba bien, que no era lo mismo... pero su cuerpo todavía no terminaba de creerle.

Se levantó y caminó hasta el living, encendiendo la luz casi por reflejo. La claridad le devolvió algo de control, algo tangible a lo que aferrarse. Respiró hondo varias veces, dejándose caer después en el sillón, con las piernas recogidas, como buscando una forma de contención que no dependiera de nadie más.

No estaba retrocediendo, lo sabía. Pero tampoco era simple.

Apoyó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos apenas, no para dormir, sino para sostenerse en ese momento sin huir. Y en medio de ese silencio nuevo, entendió que crecer también implicaba atravesar estas noches, aprender a quedarse incluso cuando todo dentro suyo le pedía lo contrario.

La segunda noche no llegó con aviso, pero tampoco la tomó por sorpresa.

Había pasado el día intentando convencerse de que lo anterior había sido solo el impacto del cambio, una reacción lógica a la soledad nueva, al silencio distinto de una casa que todavía no sentía propia. En el centro se mostró tranquila, incluso logró sonreír en algunos momentos, y cuando volvió, el atardecer le pareció más amable que el del día anterior.




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