La tarde caía lentamente sobre la casa mientras el sol teñía el jardín de tonos anaranjados.
Camila observaba en silencio desde la ventana de la cocina, sosteniendo una taza de café ya tibio entre las manos.
Afuera, Sebastián corría detrás de los niños por el césped mientras las carcajadas llenaban el aire.
-¡No, no! ¡El dragón viene por ustedes! -gritaba él exagerando la voz.
-¡Papá no vale correr tan rápido! -protestó el más pequeño entre risas.
Delia, sentada en una reposera, se reía tanto que apenas podía respirar mientras intentaba ayudar a sus nietos.
-¡Sebastián, dejá de hacer trampa!
-¡Mamá, estoy educándolos para sobrevivir! -respondió él dramáticamente.
Camila sonrió apenas.
Los observó correr bajo las luces cálidas del atardecer y sintió algo extraño en el pecho.
Paz.
Una paz que durante años creyó imposible.
Su mirada se quedó fija en Sebastián cuando él levantó a la nena de 6 años en brazos mientras el pequeño se tres se abrazaba a una de sus piernas. Él seguía teniendo esa sonrisa cálida ... solo que ahora había algunas líneas más maduras alrededor de sus ojos.
Y aun así, seguía mirándola exactamente igual.
Como si ella fuera su mundo.
Camila apoyó suavemente una mano sobre el vidrio de la ventana.
A veces todavía le costaba entender cómo había llegado hasta ahí.
Hubo un tiempo en el que estaba convencida de que no sobreviviría.
todavía había noches donde despertaba sobresaltada creyendo escuchar la voz de Marcos.
Aún existían cicatrices que nadie veía.
A veces el simple sonido de un portazo bastaba para devolverla años atrás.
A aquella casilla oscura
A aquellas paredes que conocían sus gritos.
A las manos de Marcos sujetándole el rostro mientras le repetía que no valía nada y otras cosas mas
Él se había encargado de destruir cada parte de ella lentamente: los golpes, los insultos, el miedo constante, las noches de terror... todo había dejado marcas invisibles que creyó eternas.
le había hecho creer que no valía nada.
Que nadie podría amarla.
Que jamás tendría una vida normal.
Y, sin embargo... ahí estaba.
Viva.
No solo viva.
Feliz.
Tenía una familia.
Un hogar lleno de risas.
Dos hijos corriendo por el jardín.
Una suegra que se convirtió en la madre que no tuvo.
Y un hombre que jamás intentó salvarla obligándola a sanar... sino acompañándola mientras aprendía a hacerlo.
Sebastián nunca le pidió que dejara de tener miedo.
Solo le enseñó, día tras día, que ya no tenía que enfrentarlo sola.
Camila sintió los ojos humedecerse.
Entonces Sebastián levantó la vista y la encontró mirando desde la ventana.
Le sonrió de inmediato.
Esa sonrisa tranquila. Segura. Suya.
Y aunque habían pasado años, todavía conseguía el mismo efecto en ella.
Sebas hizo una seña con la mano.
-¡Amor! ¡Vení que tu hijo me está haciendo trampa!
-¡Porque vos empezaste! -gritó el nene indignado.
Camila soltó una risa entre lágrimas.
Y en ese instante entendió algo.
Marcos no había logrado destruirla.
Porque, incluso en sus peores momentos, una pequeña parte dentro de ella siguió resistiendo.
Esperando sobreviviendo ,Tal vez para llegar exactamente hasta ahí.
hasta esa casa,esa familia y hasta Sebastián.
lo que sobrevivió en ella fue precisamente aquello que Marcos no pudo destruir su capacidad de amar
Fin