Sábado
Primero de marzo. Dos de la tarde. Trece horas.
Me gustaba sentarme en las colinas y mirar las montañas. También podía verlas desde las ventanas del edificio abandonado. Ya no es lo mismo que antes y, muy seguramente, nunca lo será después de mañana. Quizá la palabra ventanas para referirme a agujeros rectangulares sin ventanales ni marcos es un poco grande. A lo lejos podía apreciar un nevado en el norte cuando las nubes estaban despejadas y el cielo era claro, cuando el día era lluvioso y todo era gris y frío apenas se notaban las colinas, las montañas desaparecían a la distancia y el nevado también, aunque igualmente era agradable estar ahí.
Esos momentos me ayudaron por mucho tiempo a dejar de pensar en mis pesadillas, pero no fue para siempre. El olor a colillas de cigarrillo, sabanas y ropa de indigente, así como el olor a humedad, desaparecían y se purificaban cuando sacaba la nariz por la ventana… el agujero rectangular, y respiraba la pureza de las colinas o la neblina y la lluvia rebotando en la tierra. Solo en esa parte del pueblo me daba igual si hacía frio o calor. Soy consciente de que nos están investigando a Pablo y a mí, pero dentro de poco eso ya no va a ser importante.
Esa sensación de que algo —o alguien— me está observando ya no cesa cuando estoy despierta, a pesar de que ya no hay lobos ni hombres con máscaras ni muñecas de porcelana con vestidos, estoy viviendo dentro de mi propia realidad onírica, como si estuviera rodeada de esos animales, hombres y muñecas todo el tiempo. Era fácil para mi dejar de pensar en eso durante la jornada en el trabajo —cuando tenía— o con la búsqueda de uno cuando estaba desempleada como en este momento… aunque eso ya no importa. Ya nada me distrae de esos pensamientos y estoy decidida a acabar con el problema de raíz… la iglesia, y después me encargo de mi otro problema.
Pese a que esas cosas lograron distraerme de todo lo que me atormentaba en mis pesadillas, —montañas, colinas, edificio, Pablo… Laura— los lobos avanzaron y dejé de sentirme tranquila en las colinas, en el edificio y en cualquier lugar, porque puedo quedarme dormida en cualquier momento y eso me pone en peligro porque los lobos pasan a ser reales, incluso si no están aquí y no puedo verlos, puedo sentirlos y ser consciente de su presencia. Pablo me dijo que no hay lobos salvajes —como los que describí— en Sudamérica, ni siquiera en Centroamérica. Quizá tiene razón, pero sé que él no me entiende como lo hace Laura. Estoy segura de que ella también es consciente de los lobos y es probable que incluso sepa quienes son.
Estoy boca arriba tirada en la cama, sin hacer nada y con la ropa sucia de calle con la que voy a mi inexistente trabajo. Miro al techo anhelando ver el césped, las colinas cercanas, las montañas lejanas, pero, en su lugar, solo observo un techo blanco con destellos de humedad verdosa en algunas esquinas, es como si pintara de blanco las paredes y el techo del edificio abandonado, pero sin la posibilidad de ver las montañas. Preferiría estar allá.
Mi madre cree que estoy descansando de ese trabajo ficticio como se supone que me corresponde dos días aleatorios cada semana. Esta semana elegí que descansé el jueves que pasó y hoy. De esa forma, se supone que mañana voy a trabajar con normalidad. Obviamente no será así, ni siquiera voy a amanecer aquí porque estaremos en el edificio antes de las tres de la madrugada. A menos que mamá se levante antes de las 8 a. m —la hora a la que debo salir cada día—, no debería notar nada raro en mi ausencia.
En plena tarde, por alguna maldita razón, me siento cansada. Trato de recordar cosas para no quedarme dormida porque se supone que a las cuatro de la tarde debo estar con la psicóloga como todos los sábados desde el ocho de febrero. Solo fui aquella vez, no volví a esa terapia nunca más porque una pregunta de la doctora me incomodó demasiado. Mamá no sabe eso.
—…entonces, necesito que me contestes esta pregunta… ¿quién eres tú?
Sin respuesta. Solo silencio y frustración. ¿Por qué encontré tan ridícula la pregunta y al mismo tiempo no pude responder por más que intenté? Soy Elizabeth… que respuesta más estúpida habría sido esa. Recuerdo que Pablo respondió exactamente eso cuando le hice la pregunta para corroborar como lo habría tomado él si hubiese sido el paciente.
—¿Quién eres tú?
—Soy Pablo
Mi falso trabajo debería chocar la mayoría de los sábados con las citas a terapia a las que no voy. Ya ni siquiera recuerdo que mentira le dije a mamá para justificar ese vacío argumental en mi vida. Ella trabaja demasiadas horas, quizá se le olvidó ese detalle, quizá cree que, como buena adulta responsable, busqué una solución pidiendo permiso en el trabajo o cambiando a última hora las citas con la psicóloga, —como si fuera posible hacer tal cosa— o quizá cree que ya no necesito ayuda con lo que sea que me pase. Es la una de la tarde y recuerdo que los sábados trabaja medio turno desde temprano, debería estar aquí a las dos pasadas.
Dejé de pensar en ese posible hueco argumental en mi falsa rutina porque recordé que en unas horas ya nada de eso va a ser relevante. Desde el ocho de febrero hasta ahora ha pasado bastante tiempo —tres semanas— y mamá nunca volvió a hablar del tema, debería estar tranquila y hacerme la idea de que se le olvidó o simplemente no le importa y eso es una ventaja para mí. La pregunta de la doctora es lo único que me sigue atormentando sobre esa situación, pero me aferro a la idea de que todo va a estar bien mientras sepa quién es Laura, aun si no estoy del todo segura de quien es Pablo… o de quien soy yo.
Es sábado primero de marzo, lo sé porque lo escribí; estoy escribiendo todo el tiempo mientras estoy cuerda y tengo la capacidad de escribir y recordar. Escribo todo en mi diario y, a su vez, lo guardo en mi memoria… mi diario es parte de mi memoria. Tuve que hacer las cosas así después del bloqueo con la terapeuta. No sé quién soy, pero sé muy bien lo que pasó.