Lo Volvería a Intentar

Tres

Martes

Once de febrero. Dos de la tarde. Tres semanas.

Comía sushi en el piso de restaurantes del centro comercial Faviri, descansaba de haber caminado gran parte del maldito pueblo buscando trabajo. Es el centro comercial más grande y moderno del territorio, hay otros dos o tres en el sur que son más pequeños y algo viejos. El Faviri es algo modesto para los parámetros de las ciudades principales, pero, en contraste con el tamaño y aspecto del pueblo, se siente enorme. Con unos ocho kilómetros de extensión urbana de norte a sur y unos seis de este a oeste, Francisco de Asís —llamado así en honor al santo pijo que fundó la fraternidad cuyo fin es predicar la humildad y la pobreza— se deja ver entre una amplia sierra con hermosas colinas hacia dentro de las colosales elevaciones.

Mi experiencia fue horrible en todos los trabajos que tuve. Como nunca podía estar del todo tranquila, me puse a pensar en los peores momentos de mis últimos empleos. Los jefes se tomaban todo muy mal siempre y se expresaban de la peor manera, como si fuese difícil decir las cosas con buena actitud. El último trabajo que tuve fue una verdadera mierda, —fue dos días atrás, ese domingo trabajé por última vez y después de hacerme la estúpida el lunes volví a emprender mi búsqueda de empleo— pagaban muy mal y el horario era extraño, afectó demasiado mi sueño y mi percepción del tiempo.

La comunicación era horrible y nos trataban mal a las empleadas, —todas éramos mujeres jóvenes— los clientes eran morbosos y asquerosos, tanto ebrios como sobrios, y a los dueños no les importaba un carajo, después de la primera queja sobre ese tema nos quedó claro cuál era nuestro lugar ahí.

Era un restaurante y bar de mala muerte al que no quise volver luego de ver un rostro conocido de la iglesia. Como prácticamente nos pagaban por día, gracias a la precariedad del lugar y al hecho de que abrían de martes a domingo y los días importantes eran los fines de semana, pude renunciar con facilidad esa misma noche. Fue tan impactante para mi ver a ese hombre que quise hablar con la psicóloga sobre ello, pero en el fondo sabía que lo más probable es que no volvería a esa terapia.

Mientras comía sushi con pocas ganas, pensando que valía la pena gastar lo poco que tenía de mis trabajos pasados en algo que me gustara como único consuelo, recordé cuando estaba limpiando el mostrador del bar mientras miraba a aquel tipo, era de baja estatura y algo gordo, tenía el cabello muy oscuro y corto, creo que el corte era estilo militar, demasiado en la parte superior y casi nada en los laterales y atrás, se lo peinaba hacia un lado, creo que el derecho, probablemente usaba gel o alguna crema porque se veía brilloso y chupado.

También su actitud, caminado y mirada tenían ese “toque militar”, para mí eso viene siendo una mezcla entre complejos de todo tipo con un toque de lo peor de la masculinidad; un rostro serio con las cejas ligeramente fruncidas hacia abajo, brazos como los de una araña, en una postura más ancha de lo que realmente son y un caminar firme con el pecho inflado… todo es o en una vestimenta de niño con excelentes calificaciones o repartidor de folletos religiosos; anteojos cuadrados y grandes, suéter oscuro, camisa blanca, pantalón de tela y unos zapatos de charol cuadrados.

Su vestimenta y caminar llamaron mi atención porque no parecía la clase de señor que frecuenta un bar como ese, había una dualidad llamativa en el contraste de su aspecto y vestimenta y ninguna de las dos me parecía típica del tipo de hombre con el que estaba acostumbrada a lidiar, ya fuera intentando coquetearme o vendiéndole bebidas alcohólicas a él —ellos— y a sus acompañantes ridículamente jóvenes. Los desagradables romances que presencié fueron todos legales, —o eso pensé porque en la entrada del lugar había un trabajador exigiendo documentación para verificar la edad— aunque no por eso menos asquerosos. Luego recordé que los hombres pueden llegar a ser muy impredecibles y extraños. ¿Qué más daba como se vestía? Lo vi en la iglesia —o eso creí— y luego lo vi en el bar.

Terminé de comer la bandeja más pequeña y barata de sushi que ofrecía el menú mientras pensaba en lo raro que fue mirar a aquel hombre aquella noche en el bar. Estaba insegura sobre si era el mismo de la iglesia. El rostro, estatura, el corte de pelo y, aunque no la misma ropa, si el mismo estilo de vestimenta, recordé sus ojos clavándose en los míos por segunda vez y, entonces, Pablo se acercó a mi mesa con una bandeja con una hamburguesa de otro restaurante y me dijo:

—¿Puedo sentarme?

—Ah… disculpa, ¿te conozco? —dije saliendo de mi trance.

—Te me haces muy conocida, creo que fuimos al mismo colegio.

—No te reconozco, la verdad, lo siento.

Pablo puso su estúpida bandeja en mi mesa y miré a ambos lados con desconfianza. Él estaba solo, pero comenzaba a incomodarme. No la colocó suavemente como una persona normal, la puso a poco más de diez centímetros de la mesa y la dejó caer como si intentara ser dramático. Parece poca altura, sí, pero para una maldita bandeja cayendo sobre una mesa en un centro comercial un martes por la tarde en el que hay muy poca gente, es bastante ruidoso.

No tenía un tono de voz grosero, pero si una expresión muy seria. Me percaté de que nadie a nuestro alrededor se inmutó por el ruido de la bandeja que fue muy incómodo para mí, aparentemente no para él. Quizá el sonido ambiente del centro comercial hacía imposible que se notara, quizá a nadie le importaba una mierda. Mi primera impresión de él fue bizarra y fuera de lugar, pero algo en él llamó demasiado mi curiosidad.

El cabello de Pablo era rarísimo para ser un tipo de veintitantos de nuestra época. Parecía una versión moderna del peinado de los Beatles en los sesenta. Normal que no sintiera vergüenza. Tenía un pantalón jean negro y unas mini botas de charol que parecían tacones, un blazer azul oscuro que daba un aspecto medio formal, pero sin camisa ni corbata, en su lugar, llevaba una especie de suéter de cuello de tortuga rojo cereza que era muy delgado. Me impresionó lo llamativo y estúpido que se veía. A pesar de todo, muy en el fondo tenía un aspecto ligeramente cool.




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