Pablo tenía razón, estuvimos juntos en el colegio un par de años, pero nunca tuvimos más relación que la de compañeros de aula. La forma en la que me dio la mano al presentarnos fue extraña, me intentó saludar como lo haría con un hombre al principio, pero luego giro su muñeca noventa grados e hizo un gesto en el que elevó ligeramente mi mano, como si la fuera a besar, pero sin besarla. Jamás me habían saludado de esa manera, era como si yo fuese un anciano o un jefe de la mafia italiana de los cincuenta. Hizo aquel movimiento justo cuando pensé que no podía ser más ridículo o absurdo.
Caminamos hacia el norte, el centro comercial está más de ese hemisferio del pueblo y en la parte occidental, a unos dos kilómetros más allá culmina la zona urbana de Francisco de Asís e inicia una sierra con colinas que da a una gran ciudad al norte y que está algo lejos de aquí; se llama Ciudad Sucre. Del lado derecho del pueblo hay una carretera algo estrecha, está en el extremo oriental. Por ahí se llega más fácil tanto a Ciudad Sucre en el norte como a Lupercalia en el sur y los vehículos entran y salen de ahí todo el tiempo. Es posible llegar tanto al norte como al sur caminando, pero es estúpidamente complejo; las montañas son colosales. El pueblo no es tan grande y basta con apenas cinco años de vida para memorizar cada detalle, lo sé porque conozco muy bien el territorio ya que aquí vivo desde que tengo memoria.
A mí me gustaba estar ahí, en el norte —y un poco al oeste— porque estaba lejos de esas carreteras principales, de paso cerca de calles y callejones poco transitados por vehículos y, además, me hacía sentir separada de la urbe… lejos de los lobos. Pablo pensó que no lo iba a reconocer y no se equivocó, al principio no lo hice, pero como habría sido una coincidencia demasiado grande que fuera muy parecido a un chico que estuvo conmigo en el mismo colegio, le dije:
—Para empezar, no hay decenas de colegios en este pueblito, así que no creo que seas casualmente parecido a alguien más, sería demasiada coincidencia, tan improbable como que la bola de la ruleta de casino caiga en el color verde, —Pablo me hizo un gesto de confusión— y, por último, has cambiado bastante, fueron unos dos, tres, cuatro años… algo así. Creo que tenías el pelo muy corto, es fácil no reconocerte de primeras.
—Fueron tres años, sí. Tenía un asqueroso corte militar. Mi padre me obligaba a tenerlo así, aunque yo lo detestaba.
—No recuerdo tantos detalles, pero si, tenías el pelo corto. Además, perdiste un año, ¿cierto?
—Así es, perdí el penúltimo año del bachiller, creo que fui el único en repetir ese año. Yo me gradué hace un año, a los diecinueve, así que asumo que tú te graduaste hace dos.
—Si, es correcto, tenía dieciocho cuando me gradué en dos mil veintitrés, el mismo año en que sucedió lo del veintiséis de junio allá en… —le dije medio emocionada como si tuviera sentido hablarle de eso, luego caí en cuenta de que no fue un comentario útil.
—Veintiséis de junio… —dijo en voz baja como haciendo memoria— No puede ser, ¿te refieres a…?
—Si, justamente a eso que estás pensando, mejor olvídate de eso, te graduaste hace un año —dije en voz alta y muy rápido, intentando evadir el tema sobre Amanda y el veintiséis de junio —Yo siempre llego a la iglesia desde el andén de uno de los laterales, por cierto.
—Te he visto llegar de frente, desde el parque en el otro lado de la calle, justo frente a la iglesia —insistió tercamente.
—No voy a negar que, según tus propias palabras, si he merodeado por curiosidad en esa zona y visto la iglesia desde afuera como una espía, pero creo que me estás confundiendo con otra persona si crees que llegaba desde el parque.
—Está bien, honestamente, eso es bastante probable. Realmente podría ser otra persona, —miró hacia arriba como pensando en alguien— pero eso no quita que estoy seguro de haberte visto a ti.
—Bueno, sí, lo he hecho —le confesé y me sentí extraña, como si no hubiese sido buena idea confesarlo.
Hubo un breve silencio algo incomodo, aunque no demasiado. Seguimos caminando hacia el norte, esperábamos los semáforos con los pequeños peatones que cambiaban de rojo a verde y cruzábamos casi al mismo tiempo, como dos hermanos gemelos; estábamos conectados. Después de unas cuadras sin mediar palabra Pablo sacó otro tema a flote y me preguntó:
—¿Y qué hay de tu vida?, ¿a qué te dedicas desde que acabaste el colegio? —se rompió el silencio de golpe.
—¿A qué me dedico desde que acabé el colegio? Que gran pregunta, me dedico a hacerme la estúpida.
—¿Disculpa? —Pablo se detuvo de golpe y me miró con curiosidad frunciendo el ceño.
Desde que me gradué del bachillerato a los dieciocho años me dedico a hacerme la estúpida y a fracasar en la vida. Intenté entrar en la universidad pública y no resultó. Solo era posible intentarlo dos veces por año, pero cada vez que se fallaba, tu historial quedaba con una especie de mancha y eso te restaba posibilidades. En pocas palabras, era una porquería sin sentido que me quitó las ganas de seguir intentando después del tercer intento. No volvería a intentar entrar a la universidad.
No hay una sola universidad en este estúpido pueblucho, esos intentos fueron para instituciones en la capital, en el norte en Ciudad Sucre y en el sur en Lupercalia. Aquí hay apenas un par de institutos superiores con pregrados, pero son privados y yo no podía financiarme aquello porque, sin darme cuenta en qué, terminé endeudada y pagando cosas con dificultad de mis ahorros y trabajos temporales.
Le dije a Pablo que desde mi graduación me dedicaba a hacerme la estúpida porque, según yo, estaba hablando conmigo misma, entonces me sucedió por segunda vez.
—Ah… ¿que a qué me dedico desde que acabé el colegio? Creo que… gran pregunta, yo… a hacerme la estúpida, supongo —dejé salir una risa nerviosa y seguí caminando.
Pablo se quedó de pie un rato. Escuché sus pasos luego de unos segundos. Soné nerviosa y tímida, creí haber respondido aquello antes pero aparentemente no fue así. Aquella fue la segunda vez que me ocurrió eso, la primera vez fue con la psicóloga, ocurrió la primera y última cita que tuvimos, ella me preguntó «¿quién eres tú?» y, según yo, no respondí nada, me quedé completamente en blanco. Aunque así lo percibí, ella reaccionó como si hubiera dicho algo poco comprensible pero relacionado con el tema. Pablo hizo algo similar.