Pablo miraba hacia el frente temblando, lo noté distraído y nunca respondió a mi pésame. Ni siquiera sabía si su madre estaba muerta, desaparecida o simplemente lo abandonó, quizá el pésame lo incomodó o lo hizo pensar en cosas. No fue mi intención hacerlo sentir mal, tampoco me atreví a preguntarle el porqué del silencio repentino ni qué pasó con su madre exactamente. La situación se volvió a tornar incómoda y recordé que estaba con un completo extraño de mi edad con el que tuve apenas una relación de compañeros de aula hace años en una colina desde una parte en la que no se veía el pueblo.
Me asustaba la idea de intentar indagar más en sus asuntos o preguntar bruscamente sobre la iglesia después de una información tan personal y sensible como la que acababa de darme, después de todo yo no sabía la clase de persona que era él ni cómo funcionaba su personalidad extraña y cambiante, así que intenté ganarme su confianza a través de la empatía. Parece brusco si lo miras desde lejos, pero es más apropiado de lo que aparenta el decirle a alguien que te sucedió algo similar a la desgracia que acaba de contarte, después de un pésame, claro, es una forma cruda o amena, según como se aborde, de decir «te entiendo, sé lo que se siente», por eso le dije:
—Mi padre murió hace años, yo era pequeña, pero era lo suficiente grande para tener memoria y recordarlo. Fue horrible.
Pablo giró la cabeza con brusquedad y dejó de mover la pierna. Miré su pierna con atención y luego hicimos contacto visual otra vez, abrió un poco los ojos, se le veía intrigado de verdad, sin dejar salir ni siquiera un pésame me preguntó:
—¿Qué le pasó?
—Era policía… según tengo entendido era uno de los buenos —dije con una risita burlona— Un día simplemente le dispararon, nunca supimos por qué… —mi voz empezó a cortarse y Pablo se dio cuenta de ello— yo tenía trece cuando esto pasó. Desde entonces todo es una mierda en mi casa.
—¿Por qué alguien mataría a un policía?
—Estaba de civil cuando ocurrió, fue en el sur del pueblo y estaba con otras personas. Creo que murió alguien más y otros salieron heridos, fue básicamente una balacera, pero ellos no tuvieron tiempo de reaccionar. No eran compañeros de la policía, eran amigos de los que nunca me contó y no sé si mi mamá sabía de ellos.
—¿Tu madre no te explicó?
—No, desde entonces no me habla mucho, en general no hablamos mucho. Siento que me odia por lo eso, a veces creo que me culpa de todo.
—¿Por qué algo así sería culpa tuya?, no entiendo, no tiene sentido.
—No tengo ni idea. Solo sé que me encantaría saber la verdad, pero hace rato me di por vencida con ese tema. Pudo estar metido en cosas turbias o ilegales o hacer enojar a la gente equivocada, no lo sé, —mi voz volvió a cortarse, sin darme cuenta, ya había comenzado a abrirme a Pablo— en este momento de mi vida prefiero poder interpretar esas pesadillas que no me dejan en paz, así como la pregunta de la psicóloga.
Hubo una pausa, era lógico que él esperaba que yo especificara a que carajos me refería con esas pesadillas o con esa pregunta, no estaba segura si ya había tocado alguno de esos temas… probablemente no.
—¿Qué pesadillas? —finalmente rompió el silencio.
—Nada, son unas pesadillas de mierda, muy ridículas y sin sentido, típicos sueños bizarros que no significan nada, es solo que me pasa muy seguido… y a veces sueño con papá, —le dije para evitar hablar de los auténticos sueños. Aquello era mentira, jamás había soñado con mi padre— entonces me deprimo.
Mi objetivo era causar empatía con el típico “sé lo que sientes, yo me siento igual”. Se me salió de las manos y creo que, aunque no lo haya demostrado con exageración, acabé por romperme junto a él. Nunca soñaba con papá y tampoco me deprimía pensar en él, me frustraba y enojaba, que es algo muy distinto. No lo extrañaba, pero tampoco me daba igual, solo quería saber qué le había pasado y por qué no lograba encontrar ninguna respuesta.
Hace mucho tiempo no hablaba con nadie. Llevaba conteniendo dentro de mí demasiados pensamientos sobre mamá y papá, eran tantos que me ahogaban y paralizaban como si por pequeños periodos de tiempo muriera por dentro asfixiada en un mar de palabras que nunca salieron. La expresión facial de Pablo cambió considerablemente. Ya no estaba tan serio, lo noté más relajado y yo también me relajé un poco, supongo que estuvo bien dejar salir lo que sentía, fue una sensación ligeramente mejor que simplemente dejarlo fluir en el diario.
—Lo siento —dijo Pablo con un tono ameno y agudo— Puedo contarte todo lo relacionado con la iglesia, si de verdad quieres saberlo.
Recuerdo que sonreí cuando Pablo dijo eso, fue extraño por la manera tan brusca y bizarra en la que terminé conociendo a un tipo con el que compartí salón de clases y con el que nunca hablé antes. Fue ahí donde todo dejó de ser raro e incómodo por un momento y pasé a sentirme segura con Pablo. Antes de que comenzara a hablar, ambos nos percatamos de que el cielo denotaba una considerable lluvia, el viento se puso demasiado frio y ya se sentía el caer de las primeras diminutas gotas.
—Ven, vamos al edificio —dijo Pablo poniéndose de pie.
—No sé si es buena idea, hay gente muy rara ahí a veces —me puse de pie y miré la edificación en obra negra con desconfianza.
Estábamos en la parte occidental del norte del pueblo, un poco más allá de la mitad de esa mitad, entre las colinas y antes de llegar a las montañas, se ubica el edificio abandonado, es un bloque de ocho pisos con un aspecto haber tenido el propósito de ser de departamentos o incluso de modestas oficinas, como una especie de empresa o bloque de viviendas de tamaño mediano, esto último hacía poco sentido tomando en cuenta que está en medio de la nada a varios metros de la parte urbana del pueblo, ¿por qué alguien construiría unas viviendas allí?, quizá era parte de un plan para expandir el pueblo hacia esa zona en medio de las colinas, no tenía ni idea en ese entonces y tampoco lo sé ahora.