Entramos desde lo que parecía una especie de parqueadero, había columnas en varias partes de esa primera planta, algunas estaban completas y llegaban hasta el techo, otras estaban a medias con las varillas de hierro sobresaliendo del cemento deforme y medio destrozado. Desde donde entramos había un gran espacio del tamaño de la puerta de un garaje, quizá un poco más grande. Al fondo estaba cerrado con paredes, pero tanto a los lados como atrás había agujeros y espacios para ventanas, por los de los laterales quizá no cabía una persona, eran demasiado pequeños, quizá pensados para ventilación, los de fondo si eran lo suficiente grandes para escapar. No había ni una sola gota de pintura en toda la obra, todo era gris y en algunas partes incluso algo ennegrecido o verdoso por lo descuidado que estaba, así como por la hostilidad del clima tan cambiante del pueblo.
En casi todas las paredes y columnas había grafitis, todos eran horrendos y simplones y con pintura negra de mala calidad o con espráis que soltaban líneas muy delgadas. Eran pequeñas frases o símbolos con poco sentido y muy mal hechos, nada creado por artistas con el fin de dibujar algo lindo o practicar una habilidad, pura basura sin tacto que solo empeoraba el aspecto del lugar. Entre símbolos, frases y letras llamaba mi atención una hache y una ese… «H.S», era igual de absurdo que todo lo demás, pero resaltaba un poco por ser lo único que estaba escrito con pintura roja en lugar de negra.
Además de las pequeñas montañas de piedras, escombros y tierra, había basura por todas partes: latas de cerveza y botellas alcohol, fundas de dulces y otros snacks y colillas de cigarrillo, así como [?] y condones que, a juzgar por lo que se notaba dentro de ellos y regado a su alrededor, muy probablemente no habían sido sacados de su envoltorio para ser tirados completamente nuevos.
Era muy probable que los adictos o vándalos que frecuentaban el lugar fueran los responsables del aspecto del sitio, no solo de la suciedad y restos de su consumo, también de los daños de algunas paredes, ventanales o columnas que, más que solamente incompletos, parecían directamente atacados por martillos o piedras. Se veía peor de lo que debería verse un edificio en obra negra. Desde el supuesto parqueadero había unas gradas para subir, Pablo miró alrededor con curiosidad como si fuese la primera vez que estaba ahí. Al percatarse de que yo lo estaba observando mientras dirigía su mirada hacia todas partes, se hizo el loco y me dijo:
—Mejor subamos, aquí llega muy fuerte el viento y un poco de lluvia —caminó hasta las gradas y comenzó a subir.
Fui tras él pensando en la extraña forma en que miró a su alrededor. Estaba segura de que el lugar no había empeorado demasiado desde la última vez que estuve allí tras la experiencia con el adicto y el vagabundo, aquello había sucedido apenas unas semanas atrás, —dos semanas… finales de enero— creo que fue a finales de enero. Me dio mucha curiosidad y pensé que estaba en la obligación de preguntarle.
Subimos y en el segundo piso la cosa mejoraba un poco, también se veían paredes rayadas y cosas por todo el piso, pero era menos escandaloso. Allí también miró con curiosidad a todas partes, casi parecía maravillado, como un niño en un museo [?].
Yo iba detrás de él muy atenta a su mirada y él no se dio cuenta. Llegamos al tercero y ahí se detuvo, a partir de ese piso ya prácticamente no existía rastro de consumidores ni cosas del estilo, sin grafitis ni rayones, ni una colilla de tabaco o lata de cerveza en el suelo, pero el aspecto de obra negra era incluso peor.
Supongo que era lógico, los adictos y borrachos preferían no subir y lidiar con escaleras que, entre más arriba, generaban más desconfianza por su aspecto deteriorado y posiblemente inseguro. Nadie quería bajar ocho pisos borracho o drogado habiendo suficiente espacio en las primeras dos plantas. Entre más subías más oscuro se veía, y más a altas horas de la tarde en días lluviosos como ese.
Los pisos superiores tenían pocos huecos y espacios para ventanas y, obviamente, no tenían puertas ni grandes espacios como el primero. Yo también me detuve porque era consciente de que estaba en el tercer piso, en el cuarto fue donde ocurrió el incidente y antes de dejar a Pablo seguir avanzando para subir al cuarto piso le dije:
—Es la primera vez que vienes aquí.
—Eh… ah, no, no, ¿cómo crees? —contestó nervioso, apoyó una mano en el agujero rectangular en forma de ventana que había cerca de las escaleras.
—No fue una pregunta, fue una afirmación… es la primera vez que vienes aquí —le dije dejando salir una pequeña sonrisa burlona.
Pablo me miró con una expresión extraña, estaba concentrado mirando a su alrededor, pero en ese momento clavó sus ojos en los míos. Sonrió y agachó la cabeza, caminó despacio hacia mí y mi pulso cardiaco aumentó del miedo.
—Por supuesto que no es la primera vez que vengo, vine por última vez hace como un año, aún estaba en el colegio en ese entonces… —dijo muy cerca de mí, pero en ningún momento se detuvo, caminaba despacio y, mirándome fijamente a los ojos, se dio la vuelta al pasar a mi lado, yo le seguí con la mirada, también me giré y él caminó de espaldas hacia otra de las ventanas— Tenía diecinueve años, estaba en el último año, probablemente tú te estabas graduando o buscando empleo. Yo solía venir a desestresarme, fumaba un cigarro y pensaba en cosas.
Por alguna razón no le creí una mierda. Tenía que ser una casualidad demasiado grande que yo frecuentara ese maldito lugar durante ese periodo de tiempo y jamás me hubiese topado con Pablo. Tuviese trabajo o no pasaba mucho tiempo en la colina más cercana al edificio o en edificio en sí. Estaba totalmente segura de que me acordaría de haberlo visto si hubiese pasado. Las casualidades existen, si soy totalmente honesta eso pudo haber pasado, pero no me dio la gana de creer tal cosa. Él dijo que fumaba así que le pregunté… no, más bien afirmé, quería estar segura de que decía la verdad o, al menos, de que tenía algo de sentido que nunca nos hubiéramos visto de frente allí, entonces le dije: