Estoy en el pueblo, no puedo determinar la hora, pero son altas horas de la noche. No parece que vaya a amanecer pronto, no hay ni un alma alrededor y todo se siente bastante realista. Como siempre, las luces de los postes no funcionan y la luz de la luna es débil, tan tenue que a duras penas puedo asimilarla mirando hacia el frente, miro arriba y es borrosa y blanca, se siente lejana, pequeña e irreal, su debilidad dificulta mi visión y hace más aterrador el caminar por las calles de esta extraña versión de Francisco de Asís. Cualquier cosa podría manifestarse y asustarme en cualquier momento y, por costumbre, estoy atenta a la posibilidad de que caninos grandes e intimidantes caminen a mi alrededor. Intercambio miradas rápidas — que se sienten como a cámara lenta— entre el piso oscuro y el cielo apenas iluminado.
Camino por la acera y luego en la calle. No se escucha el más mínimo ruido, ni siquiera el de mis pasos. Estoy vestida con ropa negra, —como siempre en todas mis pesadillas— todo es borroso y difícil de percibir bien. Tengo unos vaqueros negros que combinan con el abrigo, noto unos destellos blancos en el saco por lo que intuyo que es mi abrigo favorito; uno ancho y grueso que tiene unas letras en medio, me hace sentir muy cómoda y es cálido, no siento frio a pesar de la hora.
En un rato ya no estoy del todo sola, figuras masculinas más altas que yo caminan a mi alrededor algo lejos. Mis pulsaciones se aceleran a medida que el ruido comienza a hacerse presente. Camino a través de un callejón algo estrecho que no reconozco muy bien, todo es demasiado oscuro detrás de mí. Observo algunas casas del callejón y percibo luces encendidas, pero no hay ruido desde adentro. La presencia de personas en la calle termina por completo con la sensación de soledad y vacío.
Salgo del callejón estrecho y estoy en una calle ancha principal; la reconozco perfectamente, a diferencia del callejón del que salí. Justo en medio de cuatro calles que hacen parte de un cuadrado de avenidas hay un parque, está pegado a la plaza principal que se ubica en el centro del pueblo. Lo reconozco todo muy bien, aunque noto el entorno ligeramente distinto. Alrededor hay postes de luz encendidos, alumbran con focos amarillos muy tenues que se dejan ver borrosos al mezclarse con la neblina; es la primera vez que algo ilumina más allá de la propia luna. En medio del parque hay una estatua con una cabra negra de pie en dos patas. En frente del monumento está la iglesia.
Es una edificación gótica bastante pequeña para tener ese tipo de arquitectura, pero, en contraste con el tamaño de la plaza, se siente enorme e intimidante, sobre todo por lo mucho que se extiende hacia arriba. Es más alta que ancha, en metros cuadrados no parece la gran cosa, pero sus dos grandes torres laterales parecen edificios de una gran ciudad, dejando en el centro una especie de torre principal alineada con la puerta y que tiene más o menos la mitad del tamaño de las torres. Se ven ridículamente grandes para ser realista, aunque la auténtica iglesia si es de gran tamaño, estoy totalmente convencida de que no se acerca a lo que hay frente a mis ojos.
Creo que la verdadera iglesia es de color blanco, es bastante vieja así que tiene zonas en las que parece grisácea y un poco negra por la suciedad, pero aquí es totalmente oscura. No diría que eso es color negro, parece más un morado muy fuerte y oscuro, las ventanas y la puerta son rojas, aunque también se ven sucias y oscuras. No recuerdo el color exacto de las puetas y ventanas de la verdadera, pero algo me dice que lo que está allí no es del todo certero.
Frente a mí está la iglesia, yo estoy en el lado derecho de la cabra negra en dos patas que se supone es un monumento... ella está a mi lado izquierdo. Cruzo hasta el parque —o aparecí ahí de repente— y me quedo paralizada de miedo cuando esas figuras masculinas caminan muy cerca de mí y giro muy despacio de un lado a otro para mirarlos. Van ligeramente encorvados y caminan casi a rastras, como si estuvieran muy cansados o cargando algo pesado en la espalda. Llevan puestos trajes negros sin corbata, la camisa, pantalón y blazer tienen el mismo tono oscuro, parece el outfit masculino para ir a un funeral.
Estoy totalmente segura de que son todos hombres, no hay una sola figura femenina entre ellos. Llevan puestas máscaras de lobos, todas diferentes. Algunas son grises, otras blancas, marrones o negras. A pesar de que es demasiado obvio que son mascaras me siento totalmente aterrada, como cuando son lobos salvajes normales… incluso más. No es la primera vez que miro el monumento de la cabra negra en donde hay una estatua de un prócer de la independencia que no recuerdo muy bien quien es, —Antonio Nariño— sin embargo, es la primera vez que me hace sentir protegida. La cabra no solo no me asusta, generalmente es como si fuese una especie de guardián que solo hace presencia y no representa nada, pero ahora que las criaturas que me asustan son humanos y no animales salvajes, me siento segura junto a ella.
Con los hombros tensos y altos, casi a la altura de mis orejas, miro al suelo intentando apartar la mirada de quienes caminan cerca de mí y me percato de las muñecas. Son las mismas de siempre, están tiradas en el piso, sucias y dañadas. A algunas les falta un ojo, a otras ambos. Tienen vestidos y cabellos de diferentes colores, algunas son blancas, otras morenas y otras negras. Sus peinados son igual de diversos que sus tonos de piel, pero también tienen deformaciones o daños. No hay una sola que no esté deteriorada o destruida, es como si hubieran jugado con ellas durante décadas.
Me percato de una en particular y veo que una de sus coletas es más larga que la otra, como si le hubieran cortado una con tijeras. Están por todo el suelo y entonces los hombres con máscaras de lobo empiezan a mirarme, pero sin detenerse. Continúan caminando estúpidamente lento, hago contacto visual con esas máscaras y tras los agujeros de los ojos percibo una oscuridad incomoda, como si hubiese cuencas vacías allí. Pese al aparente vacío de unos agujeros sin ojos, se sienten vivos y reales, humanos y masculinos.