Sábado.
1 de marzo. 2 p. m. Trece horas.
Me gustaba sentarme en las colinas y mirar las montañas. También podía verlas desde las ventanas del edificio abandonado. Ya no es lo mismo que antes y, muy seguramente, nunca lo será después de mañana. Quizá la palabra ventanas para referirme a agujeros rectangulares sin ventanales ni marcos es un poco grande. A lo lejos podía apreciar un nevado en el norte cuando las nubes estaban despejadas y el cielo era claro, cuando el día era lluvioso —como estos últimos meses— y todo estaba gris y frío la mayor parte del tiempo, apenas se notaban las colinas, las montañas desaparecían a la distancia y el nevado también, aunque igualmente era agradable estar ahí.
Esos momentos me ayudaron por mucho tiempo a dejar de pensar en mis pesadillas, pero no fue para siempre. El olor a colillas de cigarrillo, sábanas y ropa de indigente, así como el de la humedad, desaparecían y se purificaban cuando sacaba la nariz por la ventana… el agujero rectangular, y respiraba la pureza de las colinas, la neblina y la lluvia rebotando en la tierra. El hedor extraño de las últimas dos semanas muy probablemente venía desde afuera y era movido por el viento a través de los pisos de la obra negra, estoy segura de que es un animal muerto muy cerca de ahí que está moviendo algunas moscas grandes y bichos extraños alrededor del lugar. A pesar de todo, solo en esa parte del pueblo me daba igual si hacía frio o calor.
Soy consciente de que nos están investigando a Pablo y a mí y que en dos días tendremos que ir a rendir cuentas, pero dentro de poco eso ya no va a ser importante. Él me dijo que no asistirá a esa cita y yo tampoco iré. Hoy más que nunca no puedo confiar ciegamente en Pablo por un montón de razones, sin embargo, su ayuda en mi último acto de desahogo es fundamental porque no creo ser capaz de hacerlo sola.
Esa sensación de que algo —o alguien— me está observando ya no cesa cuando estoy despierta. A pesar de que ya no hay lobos ni hombres con máscaras ni muñecas de porcelana con vestidos, estoy viviendo dentro de mi propia realidad onírica, como si estuviera rodeada de esos animales, hombres y muñecas todo el tiempo. Era fácil para mí dejar de pensar en eso durante la jornada en el trabajo —cuando tenía trabajo— o con la búsqueda de uno cuando estaba desempleada como en este momento, aunque eso también es algo que ya no importa. Ya nada me distrae de esos pensamientos y estoy decidida a acabar con el problema de raíz, la auténtica raíz de todo; la iglesia… y después me encargaré de mi otro problema porque es mi turno de jugar.
Pese a que esas cosas lograron distraerme de todo lo que me atormentaba en mis pesadillas, —montañas, colinas, edificio, Pablo… Laura— los lobos avanzaron y dejé de sentirme tranquila en las colinas, en el edificio y en cada lugar, porque puedo quedarme dormida en cualquier momento y eso me pone en peligro. Los lobos pasan a ser reales, incluso si no están aquí y no puedo verlos, puedo sentirlos y ser consciente de su presencia. Pablo me dijo que no hay lobos salvajes —como los que describí— en Sudamérica, ni siquiera en Centroamérica, dijo que están más lejos de lo que me imagino. Quizá tiene razón, pero sé que él no entiende el asunto como lo hace Laura. Estoy segura de que ella también es consciente de los lobos y es probable que incluso sepa quiénes son, igual que él, pero no de la misma manera ni por los mismos motivos.
Estoy boca arriba tirada en la cama, sin hacer nada y con la ropa sucia de calle con la que voy a mi inexistente trabajo, es decir, a mis travesías. Miro al techo anhelando ver el césped, las colinas cercanas y las montañas lejanas, pero, en su lugar, solo observo un techo blanco con destellos de humedad verdosa en algunas esquinas. Es como si pintara de blanco las paredes y el techo del edificio abandonado, pero sin la posibilidad de ver las montañas y sentir el viento en mi cara purificando todo lo malo. Preferiría estar allá.
Mi madre cree que estoy descansando de ese trabajo ficticio como se supone que me corresponde dos días aleatorios cada semana. Esta semana elegí que descansé el jueves que pasó, un día extraño que se mezcló con otros dos, casi como si nunca hubiera existido, y hoy sábado primero de marzo. De esa forma, se supone que mañana voy a trabajar con normalidad. Obviamente no será así, ni siquiera voy a amanecer aquí porque estaremos en el edificio antes de las tres de la madrugada. A menos que mamá no se vaya a las 8:30 a. m., la hora a la que acostumbra a salir, no debería notar nada raro en mi ausencia porque se supone que yo entro a las 10 a. m.
De todas maneras, hace días que no hablamos, la poca paz que tuvimos por una pequeña época, —que ahora siento como un breve instante— se quebró por completo con la visita de la policía tras aquella tragedia. Ya no es necesario darle detalles de todas mis mentiras. En realidad, gran parte de lo que envuelve la narrativa de mi vida es una mentira que me digo a mí misma y no a los demás.
En plena tarde, por alguna maldita razón, me siento cansada. Trato de recordar cosas para no quedarme dormida porque se supone que a las 4 p. m. debo estar con la psicóloga como todos los sábados desde el 8 de febrero. Solo fui aquella vez, no volví a esa terapia nunca más porque una pregunta de la doctora me incomodó demasiado y tiró abajo mi intento de construir una pequeña mentira sobre mi vida durante la sesión. Mamá no sabe que nunca volví ni mucho menos el porqué.
—…entonces, necesito que me contestes esta pregunta… ¿quién eres tú? —preguntó la doctora. Esa maldita pregunta me atormentaba cada vez que mi memoria me traicionaba para molestarme con ella.
No hubo respuesta. Solo silencio y frustración. ¿Por qué encontré tan ridícula la pregunta y al mismo tiempo no pude responder por más que intenté? Soy Elizabeth… que respuesta más estúpida habría sido esa. Recuerdo que Pablo respondió exactamente eso cuando le hice la pregunta para corroborar cómo lo habría tomado él si hubiese sido el paciente.
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Editado: 20.04.2026