Lo Volvería a Intentar (editado)

Dos

Domingo.

2 de marzo. 12 a. m. Tres horas.

«Mi nombre es Elizabeth, pero mis amigos me dicen Eliza. Tengo veinte años y —[?]— solo tengo dos amigos: ellos son Pablo y Laura… creo que estoy enamorada de Laura»

Escribí aquello porque tenía demasiado sueño, fue el 14 de febrero si no me equivoco, se supone que esta es la primera página. Realmente lo escribí después de redactar mis encuentros con Pablo y Laura, ellos ni siquiera se habían visto las caras hasta ese entonces. Como separé el cuaderno en la mitad para no mezclar lo que escribí antes de conocer a Pablo, tenía hojas de sobra para poner esa tontería detrás de la que era la primera página de la segunda mitad. Esa especie de presentación está en la mitad de la hoja, justo arriba hay una frase escrita con lápiz en lugar de lapicero que dice «Puedo recordarlo todo», pero, irónicamente, no recuerdo haber escrito eso. Tampoco recuerdo haber escrito cuatro cálculos matemáticos que hay en esa misma hoja en diferentes ubicaciones.

No sé exactamente cuál había sido mi objetivo al escribir esa presentación, la esa frase y las operaciones matemáticas en ese momento, tampoco lo entiendo ahora. Poner mi nombre como si me dirigiera a alguien, hablar de dos personas que acababa de conocer como si fuesen mis amigos, estar enamorada de Laura… Leer todo eso me hizo sentir muy estúpida. Sin embargo, fueron las tres semanas más intensas de mi vida porque encontré en el fuego la herramienta perfecta para iluminar mis pesadillas y salir de ese agujero de terror y confusión en el que me metieron.

Noto que algunas páginas están sueltas, una casi se me sale de su lugar y consigo agarrarla, es como si estuviera separada del todo, pero no lo está. Entonces me percato de que algunas están sueltas y otras a medio arrancar. No sé si intenté arrancar paginas o si lo hice para luego volverlas a dejar. ¿Con qué objetivo haría algo así? No tengo ni la menor idea, pero asumo que se trata de algo sin importancia, como un arrebato de ansiedad violenta como los que me daban de niña y que se fueron tras una breve temporada de medicación en la adolescencia. Todo eso es parte de un pasado inexistente, pero como el diario parecía verse afectado de maneras extrañas por el tiempo se me ocurrió que lo mejor es dejarlo pasar.

La única iglesia que ilumina es la que arde; dijo un anarquista ruso muy conocido. Lo que haya antes de esas páginas ya no me importa, debe haber una razón lógica por la que las olvidé; no son relevantes para mi vida o simplemente ardieron en llamas hace mucho tiempo. Me acordé de esa frase porque estoy mezclando cosas del diario con lo que sucederá dentro de unas horas… iglesia, llamas, iluminación. Entonces, aquella se convirtió en la primera página, exceptuando la frase con lápiz y las operaciones, la recuerdo muy bien. También recuerdo la última: «Esta es mi verdad, mi versión de los hechos».

Recuerdo el día en que conocí a Pablo hace unas semanas. Estoy sentada en mi oscura habitación con poco más que la luz de la luna entrando por la ventana para iluminar mi cuaderno y opacando la luz de la lámpara, intentando hacer memoria, entonces, suena un golpecito en el vidrio. A pesar de lo leve que se escucha me produce demasiado miedo, mi corazón empieza a latir con violencia y cierro el diario. Miro con cuidado a través de la cortina y no puedo creer lo que están viendo mis ojos… es Laura, de pie en la acera frente a mi casa. Nunca le dije en dónde vivo y es la primera vez que viene aquí, a pesar de ello siento más emoción que miedo.

Me acerco a la ventana dejando el diario en el piso y ella me hace señas. Tiene su casco en la mano, pero no alcanzo a ver la moto por ninguna parte. Me hace más señas, la noto nerviosa y agitada, nunca la había visto así. Tiene una chaqueta de cuero, una blusa de color rojo brillante y unos pantalones jean oscuros, lleva unas botas de estilo militar negras con plataformas gruesas y el cabello suelto. Laura es increíblemente preciosa, pero, a pesar de que me alegra mucho verla y su presencia me da seguridad y emoción, no entiendo qué carajos hace aquí a esta hora o si quiera cómo llegó.

—¿Qué pasa? —susurro desde la ventana sabiendo que no puede escucharme, abro la boca con exageración y pronuncio cada sílaba muy despacio con la esperanza de que lea mis labios.

—¡Sal!

Me da la impresión de que me dice que salga, sus labios se mueven como si fuera una palabra muy corta, monosílaba y relacionada con el verbo salir… según mi lógica. Me hace señas con el brazo izquierdo, en la mano derecha sostiene el casco. Le hago un gesto con la palma de la mano abierta para que me espere y cierro completamente la cortina, la luz blanca desaparece de golpe y me quedo totalmente a oscuras.

Alumbro con el celular y abro el closet, agarro mi saco favorito; un abrigo negro con letras blancas que siempre uso para salir de noche porque es cómodo y cálido. Con el saco en la mano abro un cajón justo abajo en donde guardo los pantalones para sacar mis vaqueros negros, entonces, con el cajón abierto, recuerdo que llevo ropa que no está impecable pero que es útil para salir, ni siquiera me quité los zapatos para la descomunal siesta que tuve porque no tenía pensado dormirme. Cierro el cajón y vuelvo a colgar el abrigo oscuro en su lugar para salir tal como me quedé dormida.

Aquello me dejó tan desorientada que me costó unos segundos incorporarme. Sin apagar la linterna, reviso los mensajes y lo último que nos escribimos Pablo y yo fue:

» En el tercer piso a las 3:00 am. Ya sabes qué día. No te olvides de llevar la manguera.

» Perfecto. Nos vemos el domingo.

Me quedo pensando un rato y no recuerdo absolutamente nada de ninguna maldita manguera. Hay otro mensaje que no he abierto, es un grupo con el nombre «Los del Sur» y lo ignoro pensando que es un grupo viejo de algún trabajo que tuve, o de algún curso de estudio cuando intentaba ingresar a la universidad. Quizá olvidé salir del grupo o alguien se confundió y volvió a meterme. Vuelvo a ver el mensaje de Pablo y mi diario se cruza por mi visión periférica en el piso así que le doy una leve patada para lanzarlo bajo la cama. Alcanzo a ver que una página casi se sale por completo, mi diario no está bien, no sé por qué hay páginas salidas o arrancadas, pero eso no es importante ahora.




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