Lo Volvería a Intentar (editado)

Ocho

Estoy en el pueblo, no puedo determinar la hora, pero son altas horas de la noche, quizá de madrugada. No parece que vaya a amanecer pronto, no hay ni un alma alrededor y todo se siente bastante realista. Como siempre, las luces de los postes no funcionan y la luz de la luna es débil, tan tenue que a duras penas puedo asimilarla mirando hacia el frente, miro arriba y es borrosa y blanca, se siente lejana, pequeña e irreal, su debilidad dificulta mi visión y hace más aterrador el caminar por las calles de esta extraña versión de Francisco de Asís. Cualquier cosa podría manifestarse y asustarme en cualquier momento y, por costumbre, estoy atenta a la posibilidad de que cánidos grandes e intimidantes caminen a mi alrededor. Intercambio miradas rápidas — que se sienten como a cámara lenta— entre el piso oscuro y el cielo apenas iluminado.

Camino por la acera y luego en la calle. No se escucha el más mínimo ruido, ni siquiera el de mis pasos. Estoy vestida con ropa negra, —como siempre, como en todas mis pesadillas— todo es borroso y difícil de percibir bien. Tengo unos vaqueros negros que combinan con el abrigo, noto unos destellos blancos en el saco por lo que intuyo que es mi abrigo favorito; uno ancho y grueso que tiene unas letras en medio, me hace sentir muy cómoda y es cálido, no siento frio a pesar de la hora. Toco las letras del abrigo para sentirme real y la textura es extraña, no es precisa en contraste con la vida real, pero si lo suficiente realista para entender lo que está tratando de hacer mi cerebro.

En un rato ya no estoy del todo sola, figuras masculinas más altas que yo caminan a mi alrededor algo lejos. Mis pulsaciones se aceleran a medida que el ruido comienza a hacerse presente. Camino a través de un callejón algo estrecho que no reconozco muy bien, todo es demasiado oscuro detrás de mí. Observo algunas casas del callejón y percibo luces encendidas, pero no hay ruido desde adentro. La presencia de personas en la calle termina por completo con la sensación de soledad y vacío y no veo una sola criatura en cuatro patas… algo está totalmente fuera de lugar y puedo presentirlo, parece una pesadilla del montón, pero algo me dice que será diferente.

Salgo del callejón estrecho y estoy en una calle ancha principal; la reconozco perfectamente, a diferencia del callejón del que salí. Justo en medio de cuatro calles que hacen parte de un cuadrado de avenidas hay un parque, está pegado a la plaza principal que se ubica en el centro del pueblo. Lo reconozco todo muy bien, aunque noto el entorno ligeramente distinto. Alrededor hay postes de luz encendidos, alumbran con focos amarillos muy tenues que se dejan ver borrosos al mezclarse con la neblina; es la primera vez que algo ilumina más allá de la propia luna. En medio del parque hay una estatua con una cabra negra de pie en dos patas. En frente del monumento está la iglesia, la cabra la mira fijamente y el templo, así mismo, observa a la cabra. Lo apunto con cuidado: «el templo y la cabra se miran mutuamente»

Es una edificación gótica bastante pequeña para tener ese tipo de arquitectura, pero, en contraste con el tamaño de la plaza y el pueblo, se siente enorme e intimidante, sobre todo por lo mucho que se extiende hacia arriba. Es más alta que ancha, en metros cuadrados no parece la gran cosa, pero sus dos grandes torres laterales parecen edificios de una gran ciudad, dejando en el centro una especie de torre principal alineada con la puerta y que tiene más o menos la mitad del tamaño de las torres, quizá un poco menos que eso. Se ven ridículamente grandes para ser realista, aunque la auténtica iglesia si es de gran tamaño, estoy totalmente convencida de que no se acerca a lo que hay frente a mis ojos.

Creo que la verdadera iglesia es de color blanco, es bastante vieja así que tiene zonas en las que parece grisácea y un poco negra por la suciedad, pero aquí es totalmente oscura. No diría que eso es color negro, parece más un morado muy fuerte y oscuro, las ventanas y la puerta son rojas, aunque también se ven sucias y oscuras. No recuerdo el color exacto de las puetas y ventanas de la verdadera, pero algo me dice que lo que está allí no es del todo certero. La arquitectura está bien, la posición de puertas y ventanas, así como las torres y sus detalles son bastante realistas, pero creo que el tamaño es colosal, los colores están totalmente alterados y siento que la iglesia se mueve como si hubiese un sismo constante que mi cuerpo es incapaz de percibir. Después de un breve instante mirando el ligero, casi imperceptible balancear de las torres, más que movimiento sísmico parece una respiración, como si el templo estuviera vivo.

Frente a mí está la iglesia, yo estoy en el lado derecho de la cabra negra en dos patas que, se supone, es un monumento... ella está a mi lado izquierdo. Cruzo hasta el parque —o aparecí ahí de repente— y me quedo paralizada de miedo cuando esas figuras masculinas caminan muy cerca de mí y giro muy despacio de un lado a otro para mirarlos. Van un poco encorvados y caminan casi a rastras, como si estuvieran muy cansados o cargando algo pesado en la espalda. Llevan puestos trajes negros sin corbata, la camisa, pantalón y blazer tienen el mismo tono oscuro, parece el outfit masculino para ir a un funeral, o una vestimenta formal después de haber pasado por una gran fiesta en la que hubo excesos de todo tipo. Algunas camisas estaban desabotonadas, abotonadas a medias o incluso con botones puestos en los agujeros incorrectos, viéndose, entonces, deformes o asimétricas.

Estoy totalmente segura de que son todos hombres, no hay una sola figura femenina entre ellos. Llevan puestas máscaras de lobos, todas diferentes. Algunas son grises, otras blancas, marrones o negras. A pesar de que es demasiado obvio que son máscaras me siento totalmente aterrada, como cuando son lobos salvajes normales… incluso más. No es la primera vez que miro el monumento de la cabra negra en donde hay una estatua de un prócer de la independencia que no recuerdo muy bien quién es, —Antonio Nariño— sin embargo, es la primera vez que me hace sentir protegida. La cabra no solo no me asusta, generalmente es como si fuese una especie de guardián que solo hace presencia y no representa nada, pero ahora que las criaturas que me intimidan son humanos y no animales salvajes, me siento segura junto a ella.




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