Lo Volvería a Intentar (editado)

Nueve

Miércoles.

12 de febrero. 8 a. m. Tres semanas

Recuerdo el día en que —por primera y última vez— soñé con hombres con máscaras de lobo en lugar de lobos reales. Escribí un montón de mierda al respecto con emoción como si la pesadilla hubiera provocado cosas positivas en mí… no fue así, obviamente. La emoción vino del hecho de que llevaba demasiado tiempo teniendo la misma pesadilla. Quizá no era exactamente lo mismo siempre, pero todo giraba en torno a una serie de patrones similares que hacían que, por muchas ligeras diferencias que existieran, todo se sintiera monótono. Aquello me frustraba demasiado, mi vida ya era bastante monótona para tener que soportar otra monotonía en el mundo onírico que encima era aterradora. Repetitiva, aterradora, como la vida misma. Lobos salvajes reales y hombres con máscaras de lobos tienen más semejanzas y diferencias de las que me gustaría observar en este momento.

Lo escribí con euforia y emoción porque no podía permitir olvidar ningún detalle importante. Siempre olvidaba cosas en mis pesadillas, trataba de convencerme de que no eran importantes, pero en el fondo me carcomía la curiosidad. De esa escritura feroz vino la excitación, no me emocionó la pesadilla en el buen sentido, pero escribir siempre me llenaba de sentimientos de todo tipo: desde paz, tranquilidad y sosiego, hasta adrenalina, frustración y furia. Desde hacía unos años, sin embargo, todo apuntaba más a lo negativo, describir esa peculiar pesadilla que contrastaba con las demás me hizo sentir viva, escribí todo con violencia y el corazón a mil por minuto.

Revisé mis brazos y los pequeños puntos rosas empezaban a aparecer, sabía perfectamente lo que estaba pasando. Mi problema en la piel estaba directamente relacionado con el calor, el sol, el estrés, la agitación, el enojo, los nervios y más estrés… pero, sobre todo, el estrés, eso según el medico que me revisó varios meses atrás.

A medida que reflexionaba y pensaba más en esa pesadilla, se iba tornando más turbia y curiosa al mismo tiempo. Pensé en detalles que no escribí en mi diario pero que me molestaron demasiado en forma de pensamientos intrusivos. Iban vestidos ligeramente como Pablo. ¿Tenía mi encuentro con él alguna relación? Estaba sentada en el comedor de la sala de estar. Recuerdo que el café se enfrió porque puse mi mano en él para sentirlo y el detalle se hizo presente en mi cabeza. Lo serví hirviendo, recién hecho, me quedé pensando sin moverme de ahí con la mirada fija hacia ningún lugar en la mesa.

Todo el tiempo estaba haciendo tonterías con detalles pequeños y absurdos para sentirme real. Tocar esto, tocar aquello, mirarme por un rato en el espejo y acariciar mi rostro… mirar la hora exacta y ser consciente de ella, aunque luego solo recordase números cerrados o redondos —como cualquier ser humano—, como si los minutos fueran moscas volando a toda velocidad imposibles de retener o percibir con detalle. El café está frío, está caliente, soy consciente de lo que me rodea, como las colinas, las casas, la gente, las montañas, a veces todo se siente irreal, pero yo sigo aquí… despierta.

Mamá caminó cerca de la sala y me saludó.

—Buenos días, hija —dijo caminando con prisa de un lado a otro, apenas la sentí.

—Buen día —respondí.

Estaba recién bañada, probablemente desayunó antes que yo. Tenía el bolso colgado en el brazo desde el momento en que la percibí. No entendí en ese momento de donde vino el impulso, pero, por alguna razón, sentí una necesidad invasiva e insoportable de mentirle a mamá. Quizá fue su actitud al saludarme, la noté ligeramente feliz o emocionada, tal vez las cosas iban bien en el trabajo o, por cualquier otra razón, estaba contenta y animada. Siempre que me quedaba sin trabajo me presionaba mucho para conseguir otro, ella tenía la suerte de estar en un trabajo bastante decente para un pueblo como este, por eso tenía la esperanza de que yo consiguiera algo medianamente bueno, al menos de forma temporal, para migrar a la capital u otra ciudad grande como Ciudad Sucre, Lupercalia o la ciudad colindante.

Mamá trabaja en una gran empresa de imprenta —La Cabra Real— muy diversa que imprime desde libros de ficción, textos académicos y escolares, hasta periódicos y revistas. Fue puesta en el territorio a principio de los dos mil, era pequeña en ese entonces y fue expandiéndose poco a poco hasta alcanzar un buen tamaño. Sus dueños, si no me equivoco, son del suroccidente de Lupercalia, allí hay un par de sedes, incluyendo la principal y, hasta el momento, también abarcan otras grandes ciudades del país. La sede de Francisco de Asís es modesta y no tan grande como la de las ciudades, pero sigue siendo parte de una gran compañía que mueve muchísimo dinero.

—¿Vas a salir temprano a buscar trabajo? —me preguntó sin mirarme a los ojos mientras se movía con prisa de un lado a otro.

—No… voy a una entrevista de trabajo, de hecho —sentí el alivio de dejar salir un impulso, de esos que, en el fondo, sabes muy bien que no te benefician en nada.

Se frenó de golpe y me miró con sorpresa. Tenía el bolso colgado, las llaves de la casa en una mano y una funda plástica en la otra. Miré la funda intentando distinguir qué había, parecía un recipiente de aluminio de tamaño mediano, los recuerdo muy bien porque yo los llegué a utilizar muchas veces para llevar mi almuerzo al trabajo.

—¿De verdad? Fue rápido, me alegro por ti, siempre te ha sido muy fácil conseguir entrevistas, ¿te das cuenta?

Siempre se me hizo fácil conseguir entrevistas, me di cuenta de eso. Una señorita muy atractiva —según Laura— empezando sus veintes no es para menos, soy el tipo de mujer joven muy contratada y requerida en muchos trabajos de mierda con poca o ninguna posibilidad de ascender o tener un progreso laboral serio. También me contrataban con facilidad en ese tipo de empleo, pero duraba poco por muchos motivos. Ni una sola vez fui despedida, pero entre castigos absurdos, pagos de mierda y el pésimo ambiente, creía que solo una persona muriendo de hambre podría soportar algo así, aunque yo por mi parte, ni en un momento de inanición lo haría.




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