Lo Volvería a Intentar (editado)

Diez

Lo peor que podía pasar es que preguntara demasiado sobre el restaurante exacto y su ubicación en el edificio y que fuera a visitarme un sábado o domingo sin ningún motivo lógico. Había tenido tantos trabajos que poco a poco empezó a interesarse menos por los detalles, llegó un punto en el que solo le importaba saber cuánto ganaba para determinar cuánto consideraba justo recibir de mí cada mes. Traté de tranquilizarme y me hice a la idea de que daba igual, lo más probable era que dentro de poco nada de eso fuese a importar.

—Además, el Faviri no queda tan lejos, solo está al otro lado del pueblo.

—Así es, solo está al otro lado del pueblo. Podría ir a pie si quisiera —expresé con un tono muy serio.

—No exageres, hija, mejor toma el bus. —dijo riendo— Bueno, todavía no es seguro que te lo den, pero es muy probable, yo sé que te lo van a dar, no te preocupes.

Miré a mamá y me sorprendió su risa y su actitud. Hacía tiempo que no la veía así, mucho menos conmigo. No pude disimular la expresión de asombro y fue como si lo hubiera notado y le hubiese parecido tan extraño como a mí. Bajó la mirada y retomó la actitud de siempre, como si fuera una obligación moral en ella ser seria conmigo. Yo estaba convencida de que mi madre me estaba aplicando alguna especie de castigo extraño, algo similar a la ley del hielo, pero con la gran diferencia de que sí me hablaba. Como si yo hubiese hecho algo malo. Hasta ese momento, al menos, estaba segura de que nunca hice nada que mereciera su enojo… ahora no lo estoy tanto.

—En fin, —dijo levantándose despacio, parecía que, repentinamente, ya no tenía prisa— me tengo que ir. Nos vemos en la noche y que tengas mucha suerte, ojalá te den el trabajo.

—Adiós ma, que te vaya bien —respondí sin dejar de mirar el lugar en el que se sentó a hablarme y sonreírme mientras me miraba a los ojos unos segundos atrás, lugar que ahora era una silla vacía.

Escuché la puerta cerrarse y traté de entender por qué le dije esa mentira. Sentía con todas mis fuerzas que mi madre me odiaba y eso me partía tanto como no saber por qué le hicieron eso a papa. No saber las cosas me quemaba por dentro, no poder expresarlas también. Mi diario se convirtió en mi único amigo y aliado, el único con quien no me sentía en una constante ruleta, en un eterno juego.

Entonces mi cabeza volvió a la pesadilla. Era miércoles, no podía ver a Pablo hasta el jueves. Tenía ganas y al mismo tiempo algo de miedo porque, aunque nos despedimos de buena manera y todo concluyó relativamente bien, mi confianza hacia él no era del 100%, posiblemente ni siquiera del 60%. Creo que confiaba en él en un 50%, que es lo mismo que un medio en términos de confianza; una entre dos posibilidades… como la ruleta. Pablo se convirtió en la ruleta rusa de mi vida, una posibilidad entre dos: el arma dispara o no dispara, la bala sale o el martillo golpea al vacío, muero o sobrevivo… no hay nada más en medio, es solo una cuestión binaria.

Aproveché mi falsa entrevista para salir a dar un largo paseo y repasar muchas cosas en torno a lo onírico y mi ruleta rusa con traje y sin corbata. Salí de la casa a las nueve pasadas y caminé hasta la plaza del pueblo. Pude haber tomado un bus para ahorrarme unos quince o veinte minutos, el tiempo depende del tráfico, así como de la velocidad del transporte que, a su vez, depende de si el chofer va con tiempo normal, demasiado temprano o demasiado tarde para el cumplimiento de su horario y ruta. En otras palabras; todo depende de múltiples factores.

Pensé que por la hora que era los buses iban a estar algo llenos y la gente en espacios pequeños y cerrados me provocaba ansiedad, así mismo, la ansiedad y el estrés eran la causa de esas manchas rosas y picazón en la piel —urticaria—. Caminé despacio aprovechando que era una temporada considerablemente fría, había algo de sol muy temprano en las mañanas, pero no ardía, no se sentía demasiado fuerte y no le daba tiempo de producir tanto calor. El sol y el calor también me generaban ansiedad y, por ende, la maldita urticaria.

Llevaba puesto un saco con capucha y de un solo bolsillo en medio a través del que podía tocar una mano con la otra. Constantemente estaba revisándome los brazos bajando y subiendo la manga. Un año atrás, a los diecinueve, experimenté una especie de brote alérgico que en realidad no era ninguna alergia. Mi abdomen, pecho, brazos y, en menor medida, muslos y piernas, se llenaron de puntos rosas que sobresalían de la piel como un tipo de sarpullido. Recuerdo muy bien la conversación con el médico, pensé en aquello mientras caminaba hacia la plaza.

—Parece urticaria… ¿viniste caminando?... ¿dónde vives? —preguntó el doctor, un hombre de entre sesenta y setenta años.

—Vivo en la parte suroriental, aunque no tan al sur. Vine en bus, la parada queda a unas tres cuadras de aquí —era un día muy caluroso, la clínica estaba en el extremo suroccidente del pueblo, algo cerca de una zona de entretenimiento para adultos.

Afortunadamente el calor fue suficiente para que se manifestaran y así no parecer que estaba inventando las cosas. La última vez que me hice revisar no estaban presentes así que tuve que describírselas al médico, como no encontró nada dijo que no veía nada y que, por lo tanto, no tenía absolutamente nada. Me hizo cambiar de jabón y usar sombrero y paraguas para el sol, así como bloqueador y guantes como métodos de prevención. Sentí que me trató como si estuviese loca e inventando las manchas de la piel.

—Entonces, ¿te salen únicamente con la exposición al sol? —preguntó el doctor.

—No, de hecho, siempre uso paraguas cuando hace sol, aquí lo tengo, —le mostré el paraguas plegado— no es necesario que el sol me pegue directamente, mientras haya calor, el simple hecho de caminar por un tiempo considerable hace que salgan, afortunadamente ahora está haciendo bastante calor para que se manifiesten y pueda verlas, así no parece que las estoy inventando —dije riendo con nervios, no sé por qué lo hice.




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