Pasé todo el camino hasta el centro del pueblo pensando en las manchas, en las citas médicas y la cita con la psicóloga. El dermatólogo me recomendó ir a terapia para tratar el estrés. Pensé en Pablo y en lo sola que me sentía sin él a pesar de llevarle conociendo dos días que, en realidad, era uno solo. Mientras yo llegaba a la plaza del pueblo él debía estar en Lupercalia o Ciudad Sucre… no, definitivamente estaba en Lupercalia, recuerdo que mencionó que tenía que hacer algo en el sur, aunque no recuerdo si dijo específicamente el nombre de la ciudad. El detalle que más se adhirió a mi memoria fue el del par de adictos que eran parte de la comunidad religiosa y estaban siendo buscados para recibir ayuda: un tipo y una mujer.
Llegué al parque de la plaza y miré la iglesia con atención. Por un instante olvidé por qué estaba ahí, incluso olvidé cómo llegué. Fui caminando por los que —supuestamente— eran los caminos más cortos. Los buses toman caminos más largos porque, obviamente, tienen una ruta lógica para abarcar pasajeros en zonas más céntricas y específicas. Los caminos de mi atajo son estrechos, más barriales y complejos, a veces raros y estrechos, pero acortan mucho el camino. Intenté hacer memoria, pero fue inútil, simplemente no recordé con exactitud por dónde llegué.
Solía caminar en piloto automático y reaccionar de golpe cuando llegaba a mi destino. Cuando trabajaba no observaba las calles con atención en la ventana del bus, pero sabía dónde bajarme, como si la costumbre o la memoria muscular me hicieran reaccionar en el momento idóneo. Cuando iba a pie sobrevivía por gracia del espíritu santo —y por mi subconsciente— a semáforos y calles, con los ojos abiertos, pero sin saber qué estaba pasando. Era como vivir en un plano distinto de la realidad. Asumí que, como siempre, logré llegar poniendo mi cerebro a funcionar por su propia cuenta a través de la memoria muscular y el subconsciente. Por eso estoy aquí, porque soñé con este lugar y necesito recordar los detalles, pude recordar eso como lo único importante después de calmarme.
La iglesia es de color blanco, es un poco vieja y en algunas partes se ve ligeramente oscura, pero es blanca. Recordé que en las pesadillas era una especie de morado oscuro con partes negras. Según mi intuición, así era en todas las pesadillas, no solo en la de los hombres con máscaras. Me fijé en las puertas y ventanas y eran de una especie de madera muy gruesa y algo vieja, como marrón oscuro o simplemente el color natural de la madera, pero envejecido, en el exterior todas tenían rejas de metal negro claro protegiéndolas.
Era miércoles en la mañana así que las puertas estaban cerradas. La puerta de rejas delante de la puerta de madera le añade una capa de seguridad algo excesiva, en mi opinión, pareciendo más la entrada de una especie de cárcel medieval que de un templo religioso. Los barrotes son gruesos y le dan mal aspecto, a pesar de su color y de lo normales que son ese tipo de puertas, siento que la iglesia frente a mí es el doble de siniestra que la de puertas y ventanas rojas y sin rejas. Es cierto, en mis pesadillas las puertas y ventanas no tienen rejas, eso le da un toque menos carcelario o de centro de tortura al edificio, pero, al mismo tiempo, le da un aspecto más irreal, infernal, como si fuese un pequeño castillo de un reino oscuro.
Sabía muy bien donde estaba parada… La iglesia de las ovejas del santo pastor de nuestro pueblo y lo que sea estaba frente a mí, por lo tanto, yo me encontraba en la plaza central del pueblo, en la parte del parque. Miré a mi lado derecho con nervios y caí que en cuenta que, a diferencia de como estaba en la pesadilla, me encontraba en el otro lado de la estatua que indica la mitad del parque, la observé con atención, es una estatua tamaño realista —es decir, no muy alta— de Antonio Nariño; un político y militar neogranadino que no llegaba al metro setenta de estatura. Justo ahí estaba la estatua de la cabra oscura. Era negra, alta y bastante ancha, tenía un par de cuernos gruesos que iban hacia atrás y estaba en dos patas. No soy experta en cabras, no tengo idea del nombre exacto de su especie o subespecie, pero la recuerdo muy bien porque a veces la veía muy atenta y otras veces evitaba observarla.
Me puse en su lado derecho, ahora él estaba a mi izquierda, me sentí exactamente igual que en la pesadilla en relación con la ubicación, pero no se sentía igual por lo demás. Recordaba a la iglesia más pequeña y llegué a pensar que mi pesadilla la hacía grande por algún motivo, quizá se camuflaba con la oscuridad de la noche y era cosa de percepción. La verdad es que la iglesia real es tan grande como la de mis sueños, no suelo ir al centro del pueblo muy seguido así que la memoria me traicionó con ese asunto. Además, la estatua de Nariño no me hacía sentir absolutamente nada, no representaba un bien ni un mal, una entidad peligrosa o protectora, representaba el más absoluto vació. Si estaba allí o no, no había ninguna diferencia.
Todavía era temprano, aún tenía camino por delante —hacia el oeste— para llegar al centro comercial. En realidad, no tenía nada que hacer ahí, pero quemar tiempo no me haría daño. Los miércoles en el Faviri son casi tan vacíos y silenciosos como los martes, quizá un poquito menos. Después de un rato caminando alrededor de la plaza central decidí subirme a un bus para el resto del trayecto sin importarme lo lleno que pudiera estar.
Llegué al centro comercial y subí hasta el cuarto piso, esta vez comí arroz chino para almorzar. Almorzar… era ridículamente temprano para almorzar y, para ser honesta, olvidé qué hora era. Me acordé de Pablo; él podía convertirse en mi monotonía ahora. Un día atrás estaba exactamente en el mismo lugar comiendo algo del lejano oriente. Lo que en este hemisferio llamamos «arroz chino» si tiene una base originaria de China, pero es también la simplificación de una variedad de platos de ese país mezclados en un mismo concepto y con un nombre sencillo. En los Estados Unidos hicieron lo contrario con la ruleta francesa, no la simplificaron ni hicieron más sencilla, la hicieron más compleja con el objetivo de joder más al jugador y beneficiar a la casa con una diferencia de prácticamente el doble de posibilidades de verte afectado por el famoso evento disruptivo.
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Editado: 20.04.2026