Lo Volvería a Intentar (editado)

Doce

Jueves

13 de febrero. 8 a. m. Tres semanas

Me gustaba sentarme en las colinas y mirar hacia el norte, pero merodear por el pueblo no era una buena opción para mí porque, aunque Francisco de Asís no es necesariamente muy pequeño, existía la posibilidad de que, por cualquier motivo, me encontrase por ahí con mi madre o alguien que nos conociera. «Pueblo chico, infierno grande», dice la gente. Después de la epidemia de droga que azotó las grandes metrópolis muchos decían que Lupercalia y Ciudad Sucre se convirtieron en el infierno de esta nación, la epidemia no llegó a este maldito pueblo, tampoco la droga azul, pero su violencia traspasó los límites del concepto de gran ciudad. Francisco de Asís es un lugar tan patético que es la definición de pueblo chico, infierno chico. Los infiernos vecinos traen a él lo peor que tienen sin traer también lo mejor.

Realmente ese día podía salir y hacer lo que me diera la gana, pero mi falso relato comenzaba desde ese momento… Me llamaron, me hicieron un par de últimas preguntas y me dijeron que asistiera el siguiente día para comenzar con todo el trámite y bla, bla, bla. El viernes comenzaba mi performance y no podía correr riesgos, cualquier drama o excusa que le diera a mi madre acabaría por romper la poca y frágil tranquilidad que había en el hogar y que, en cualquier momento, podía convertirse en la monótona guerra de desgaste que vivíamos desde hacía años por motivos desconocidos para mí.

Aquel trece de febrero fue el día en que comenzó el relato de mi trabajo ficticio en un restaurante del centro comercial, no se supone que trabajase ese día, pero la historia de un relato falso se comenzó a forjar a partir de esa fecha. Recuerdo el día en que conocí a Laura porque fue ese mismo día… y también porque fue el día en que conocí a la mujer más hermosa que jamás vi. Era temprano y yo estaba decidida a seguir con mi vida y con mi mentira porque era lo único que me quedaba en la vida. Debía salir para encontrarme con Pablo mientras mi madre creía que andaba buscando trabajo o merodeando por ahí a la espera de una llamada, o quizá no pensaba en mí porque su trabajo no le permitía tal cosa. Doce horas seguidas obedeciendo ordenes, ¿quién tiene tiempo para pensar en algo? Ni siquiera yo cuando trabajaba podía pensar en nada y no trabajaba tantas horas seguidas como ella.

Lo único que tenía en la vida antes de Pablo —además de un montón de dudas y preguntas sin respuestas— eran estúpidas pesadillas de lobos y muñecas. Los sueños podían ser siniestros y causarme terror, taquicardia y urticaria por estrés, pero seguía siendo algo que me frustraba más allá de lo onírico, no entendía por qué sucedía y aquello elevaba mi enojo con la vida. Haber conocido a Pablo justo un día antes de que tuviese por primera vez una pesadilla considerablemente diferente debía ser algo que empeorara mi estado de ánimo o me volviera completamente loca, pero aquello no sucedió; la pesadilla de los hombres con máscaras en lugar de verdaderos lobos justo después de conocerlo a él, provocaron que quisiera tenerlo más cerca que nunca.

Dicen que hay que tener a los enemigos más cerca que a los amigos, otra frase de filosofía barata que —quizá— funciona en el mundo político y empresarial cuando los líderes o empresarios mantienen ciertas relaciones de interés con fines estratégicos. ¿Por qué querría tener cerca al enemigo sin ser política o empresaria? Esa era la cuestión; no soy política ni empresaria, soy una mujer joven en sus veintes intentando sobrevivir en un pueblo de mierda como si decenas de lobos me miraran a la distancia sin atacarme directamente, pero violentándome psicológicamente en el mundo onírico y el real.

Mi idea —mi estúpida idea— era tener a Pablo cerca como si fuese un lobo más del montón. En mis pesadillas nunca me atacaban, solo me observaban y, a veces, ni siquiera eso. Claro que eran aterradores, tanto ellos como los hombres. Vi a Pablo como un lobo salvaje porque son animales impredecibles para la percepción humana. En cualquier momento podía atacarme… o no, o simplemente acabaría llevándome a donde necesitaba llegar: la iglesia. Él trabajaba ahí y era parte de la comunidad junto con su padre por lo que mi analogía tenía tanto sentido que era incluso siniestro.

Recordé al hombre con la máscara de lobo que se puso junto a mí y me tocó el hombro dándole un final a esa pesadilla. Creo que su máscara era blanca, quizá gris, no lo recuerdo. Lo importante es que no me hizo daño, podría decir incluso que me ayudó poniendo fin a ese horrendo sueño… ese era Pablo, a mi lado derecho, al otro lado de la cabra negra, justo al frente del gran templo oscuro que respira y se mueve como si fuera una criatura con vida.

Esa vez no quería toparme con mamá para evitar sentirme incómoda. Traté de no hacer demasiado ruido y salir de casa con solo una taza de café en el estómago, pero fue en vano. Intenté tomármela en la cocina de pie y salir cuanto antes sabiendo que ella se alistaba para llegar al sur del pueblo antes de las 9 a. m., pero no es que se percatara de mi presencia por casualidad, sino que fue hasta la cocina buscándome para hablarme.

—¿Ya te vas? —preguntó tras de mí a menos de medio metro de distancia.

—Ah, ¡Dios! —expresé después de un pequeño salto de sorpresa y susto a la vez— Si, ya me voy.

—Perdóname, no quería asustarte.

—No, está bien ma, no pasa nada.

—¿Por qué no comes algo?

—Ya comí algo, estoy despierta desde las seis de la mañana… es por nervios y… ya sabes, la llamada y eso.

No estaba despierta desde las seis de la mañana, no recuerdo a qué hora exactamente recobré la consciencia, pero estoy segura de que no fue tan temprano.

—No deberías tener nervios, hija, si no te llaman ellos ya te llamarán en otro lado. ¿Vas a seguir buscando?

—Si, voy a aprovechar el día para dejar un par de hojas más, pero también voy a andar por ahí y de paso a jugar a la ruleta con un amigo un rato.




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