Una mujer muy alta —para el promedio femenino, al menos— de 1.75m aproximadamente, parecía esperar a alguien apoyando sus muslos en el asiento trasero de la moto en esa postura en la que no se está ni totalmente sentada ni totalmente de pie. La motocicleta era de tipo pistera, no soy experta en motos, pero era muy parecida a las que se usan en carreras profesionales, había visto algún video corto de aquello en internet. El color era casi totalmente negro con algunas líneas y detalles rojos en algunas partes, así como dos letras erres mayúsculas cerca de la parte delantera.
Ella llevaba puesta una chaqueta de cuero roja, una blusa que, a pesar de no ser escotada, permitía resaltar con claridad el tamaño de sus senos, ni muy grandes ni muy pequeños, —eran perfectos— también tenía unos pantalones de cuero negros y unas botas de charol que parecían una mezcla entre una bota militar y un tacón, pero con el tacón no muy alto y bastante grueso. No saber nada de motos me hizo impresionar del hecho de que pudiera manejarse semejante vehículo con ese tipo de calzado, pero qué sabía yo, además de nada.
Su cabello era corto, de los lados pasaba de las orejas, en la parte de atrás era un poco más largo que a los costados y adelante era una especie de flequillo, pero un poco por debajo de las cejas, más largo que el flequillo convencional. Además, era bastante rubio, me atrevo a decir que demasiado, no había visto un pelo tan jodidamente amarillo en mi vida, era tan amarillo que casi parecía blanco… o quizá era blanco. Era demasiado probable que fuese teñido, creo que nunca llegué a hacerle una pregunta de ese estilo sobre su cabello, tampoco sobre su color de piel. Ella tenía los rasgos típicos de una persona caucásica pero su piel era de un tono moreno claro al que yo llamaba «color canela, pero un poco naranja», era un tono bellísimo —al menos en ella— pero al mismo tiempo extraño; no parecía natural porque no lo era. Por eso no es un color bonito en todos los que lo portan, es artificial y, al percatarte bien de los detalles, te das cuenta fácilmente de que es una persona blanca bronceada de formas probablemente muy costosas.
Laura me recordó al estereotipo de la persona old money promedio de culturas occidentales como la europea y la estadounidense. Justo después de chorrear la baba en mis adentros por lo guapa que era se me vino a la mente ese tipo de gente y pensé que no tenía ningún sentido que alguien así estuviera en un pueblo como Francisco de Asís. Alguien con esas características sociales y económicas podía venir perfectamente de Ciudad Sucre, no porque todo el mundo allí fuera rico ni mucho menos, pero existe gente de estrato muy alto en esa ciudad. También podía venir de Lupercalia, aunque ahí la cosa es un poco más compleja.
Esa mujer claramente no era de aquí, era una foránea demasiado llamativa. Caminé despacio hacia ella, Laura miraba suavemente de un lado a otro como buscando a alguien, sin nervios, sin prisa, sin miedo, relajada, tranquila y con los brazos cruzados, como esperando a un amigo, una amiga, su pareja, una cita que conoció en una aplicación móvil, o simplemente analizando el lugar como si fuese una extranjera del primer mundo haciendo turismo de pobreza, el famosísimo —e infame— slum tourism en un pueblo que, curiosamente, no es lo suficiente marginal y precario para esa clase de turismo pero tampoco lo suficiente bonito, interesante o profundo para el turismo de otra índole. Pablo me dijo que, para la gente religiosa de metrópolis como la capital, Lupercalia o Ciudad Sucre, este pueblo tiene una especie de misticismo extraño, incluso medio fetichista, en su opinión. Sobre ese asunto, yo no estaba de acuerdo con él en ese entonces, ahora lo estoy bastante.
Francisco de Asís era tan inútil para cualquier tipo de turismo no relacionado con la fraudulencia fiscal, —según lo poco que se sabía— y algunas marchas religiosas de citadinos que yo nunca había visto pero que Pablo me mencionó varias veces. Yo ni siquiera estaba segura si ella era una mujer del exterior. Al acercarme noté otro detalle que no me dejó indiferente, vi el logo de la motocicleta y estaba casi segura de que lo reconocía, lo había visto en carros y no tenía el conocimiento de que aquella marca también fabricaba motos, estaba casi completamente segura, pero quería estarlo aún más.
Me acerqué hasta el punto de quedar a menos de diez metros de ella, estaba parqueada cerca del andén que hace parta de la plaza, el casco descansaba sobre el tanque de la moto, como había uno solo pensé que no estaba viajando acompañada y al acercarme lo suficiente me di cuenta de que mi intuición era cierta; el logo de la moto era el de [?]. No es necesario saber en profundidad de vehículos, ni de autos ni de motos, para intuir que esa marca no es para nada barata. Entonces, mientras miraba fijamente el logo redondo de la empresa alemana con asombro, Laura notó mi presencia e hicimos contacto visual.
No pasaron ni dos segundos después de que nuestras miradas se cruzaron cuando ella cambió su postura relajada para dirigirse hacia mí, no caminó en un ritmo violento ni acelerado, pero tampoco en el de alguien que se dirige en dirección a una persona extraña. Descruzó los brazos y avanzó dejando su casco allí como si no le importara. El pueblo no es lo suficiente peligroso para preocuparse siendo un local y mucho menos en la plaza a plena luz del día, pero no sé si un foráneo con esa moto y esa pinta tan —extravagante— llamativa corra con la misma suerte que un habitante del lugar.
Me di la vuelta y miré mi teléfono con el objetivo de desbloquearlo, escribirle a Pablo y hacerme la estúpida para fingir que no estuve parada enfrente de una extraña como una rarita mirona sin ningún sentido. Caminé a paso ligeramente rápido y noté el sonido de unas botas de tacón grueso detrás de mí, siguiéndome. No quise mirar atrás porque la idea de que Laura estaba tras de mí intentando alcanzarme me produjo miedo. Caminé tanto que pasé de la plaza al parque —ambos conceptos estaban unidos por el asfalto, separados por una frontera invisible— y me vi a las espaldas de la estatua de Nariño, entonces, me di la vuelta.
#573 en Thriller
#1344 en Novela contemporánea
crimen drama misterio, thriller drama psicológico suspenso, postmoderna
Editado: 20.04.2026