El ruido de la moto de Laura desapareció junto con ella, junto con su rastro, fue un estruendo poderoso, brusco y, sobre todo, muy costoso, un ruido que grita dinero a los cuatro vientos. Había guardado el celular en el bolsillo del pantalón y lo saqué de golpe asustada y nerviosa como si un impulso irracional me lo hubiera exigido; era la tensión acumulada en ese extraño momento en el que conocí a una extraña mujer. Pablo no me había escrito aún, pensé que tendría un montón de mensajes suyos sin leer, pero no había ni uno solo, lo último que le dije fue:
» Si estoy libre… por cierto.
Entonces Pablo respondió:
» Vale, entonces en el tercer piso a las 3 de la tarde, ¿te parece?
» Perfecto, a las…
Tres de la tarde, apenas era la una. Dos horas. Traté de hacer cálculos y llegué a la vaga conclusión de que pasaron casi cinco horas desde que salí. A pesar de que caminé desde mi casa hasta la iglesia —la plaza… el parque— y hablé un rato con Laura, me pareció que era demasiado tiempo para ser real. Comencé a caminar hacia el norte, pasé junto al gran templo semi gótico, con sus dos grandes torres en los laterales y la principal en medio. Me acordé de la pesadilla con los hombres lobo que eran, en realidad, hombres comunes y corrientes con máscaras. Aquella fue la ocasión en la que vi la versión más grande de la iglesia, en mis pesadillas siempre era enorme, pero en la realidad, al observarla bien, me daba cuenta de que era un poco más pequeña.
Al cruzar unas calles más al norte de la iglesia volví a sacar el teléfono para escribirle a Pablo. Faltaban casi dos horas y no iba a tardar tanto en llegar, quizá media hora como mucho, no quería esperarlo mucho tiempo sentada en la colina acorralada con mis pensamientos en ese momento porque no era un buen momento para ello, mi mente no estaba despejada, estaba en un montón de cosas, entre ellas, el hecho de que al día siguiente empezaría una inexistente vida laboral. Le escribí algo como:
» Estoy de camino, un poco más arriba de la plaza. Si puedes ir ya sería mejor.
No tardo nada en responder, como si hubiese estado a la espera de mi mensaje, debió agarrar el celular al instante de sonar la notificación y respondió:
» OK, estoy en la iglesia, voy a salir ya y te alcanzo.
Caminé con un poco más de tranquilidad sabiendo que no iba a tener que esperarlo mucho tiempo. Laura se metió de golpe en mis pensamientos como si se hubiera atravesado en mi camino con su gran moto —me habría encantado que eso sucediera— pero no fue así, simplemente pensé en ella porque ahora tenía el contacto de dos completos desconocidos que se atravesaron bruscamente en mi vida por razones imposibles de asimilar.
No creo en el destino, si algo así fuera real habría una especie de dios como un autor de sucesos arreglando las cosas todo el tiempo y siendo responsable de todo lo —bueno y malo— que ocurre en el mundo y en todas y cada una de las vidas humanas al mismo tiempo. Con un dios así arreglando el juego desde el más allá, ¿qué sentido tendría la existencia del casillero verde? Quien creó la ruleta se vio en la obligación de inventarlo justamente porque no existe aquel dueño supremo del juego.
Esto no tiene nada que ver con libre albedrio, soy libre de jugar a la ruleta cuantas veces quiera, pero la ruleta no es libre de dar un resultado en especial, eso simplemente sucede y ya. La ruleta obedece a una fuerza superior que no puedo asimilar con la imagen de un dios que escribe y planifica cosas, tampoco con la imagen de uno que intentó aquello, pero prefirió dejar que su creación fuera por ahí con rienda suelta haciendo lo que quisiera como los animales salvajes que son, —que somos— porque la ruleta no es así de caótica; es una contradictio… contradicción, entonces pensé en Pablo. La ruleta parece un caos horrendo porque así la hizo el hombre, la misma criatura que hizo a dios.
Pablo era contradictorio, Laura no. La ruleta no es libre de funcionar como quiere, pero tampoco está bajo mi control, entonces, ¿quién es el evento disruptivo? Comenzó a martillarme la cabeza esa pregunta como no lo había hecho ninguna otra hasta el «¿quién eres tú?» de la psicóloga. ¿Soy el evento disruptivo?, quizá lo es Pablo… o Laura. Me pregunté qué pasaría si le hiciera a Laura la pregunta que le hice a Pablo, es decir, la que me hizo a mí la terapeuta. Entonces, miré el edificio, estaba de pie en la colina de mi más entera confianza. Todavía no me tapaba la vista hacia atrás, miré a mis espaldas y él venía caminando muy tranquilo, me observó e hizo un leve gesto de saludo tímido con las cejas, no apresuró el paso en ningún momento.
—Qué tal —expresó Pablo al llegar a la colina junto a mí.
—Hola, perdón por venir más temprano de lo acordado, no sé qué hice con el tiempo o que pasó, pero fue algo extraño porque...
—Mira, no te preocupes —me interrumpió— no tenía mucho que hacer de todas formas.
—Pensé que los últimos días de la semana estabas más ocupado —lo observé y me lanzó una mirada algo molesta, como si le hubiera fastidiado mi observación lógica.
—Ayer tuve mucho trabajo, por eso hoy estoy más libre, aunque no más tranquilo —resopló al final como si estuviese estresado.
—¿Fuiste al sur? —le pregunté observando el edificio frente a nosotros, un poco a nuestra derecha, di dos pasos para luego darme la vuelta y quedar frente a Pablo.
—Si, fui al sur, no encontré a nadie. Estamos buscando a unas personas que eran parte de la comunidad. No estoy seguro, pero creo que ya te conté eso.
—Si, recuerdo que algo así mencionaste, era sobre ir a buscar una chica y un chico, o que tú ibas por ella y alguien más por el tipo.
—Exacto, son personas que hacían parte de la comunidad, se les brindaba ayuda por sus problemas con las drogas, la comunidad no los entrega a la policía por ser adictos, realmente no es una obligación hacer algo así y no pueden acusarte de obstrucción a la justicia porque es gente enferma, al fin y al cabo. De todas formas, no es nuestra intención hacer eso, ni mucho menos.
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Editado: 20.04.2026