Estaba en el pueblo, como de costumbre, era muy tarde en la noche y había una especie de luz blanquecina y azulada alrededor; era la luz de la luna llena. Miré hacia arriba y la noté borrosa, como se supone que se ven siempre la mayoría de las cosas allá en el mundo de los sueños, en nuestra mente… como sea, era lo único que iluminaba todo. Las luces de los postes estaban apagadas. Reconocí la calle de mi casa y algunos callejones alrededor, todo fue fácil de distinguir hasta que llegué a un punto en el que la mezcla entre la oscuridad, la luz tenue de una luna inmensa que, por alguna razón, no era suficiente para concentrarme en los detalles, hicieron que me perdiera completamente del lugar, como si hubiese ido a otro lado, a otro mundo.
Seguí caminando y creo haber llegado muy cerca de la plaza del pueblo porque, aunque me sentía perdida, escuché ruidos y voces de un lugar que se sentía familiar. Observé a varios metros una tienda con muchas luces borrosas, de lejos parecía una tienda de películas en formato DVD o, incluso, un lugar de juegos con máquinas de arcade. Era la estética de esa clase de negocios para niños y adultos jóvenes en los que se ven uniformes escolares y se escucha el sonido del golpear entre sí de las monedas que, posiblemente, hacen parte de lo que sobra del mandado en la tienda o puede ser, incluso, directamente el dinero entero para ello. Pero no se trataba de esa especie de sitio, aunque, según yo, existía un local en el pueblo con todo lo descrito anteriormente, era muy conocido y característico, pero yo estaba en otro lado.
No supe entender en qué parte del pueblo —o local— me encontraba. Me acerqué para observar desde la ventana y se veían mesas y personas, no muchas, pero suficientes. Todos me daban la espalda o estaban ubicados de forma lateral, no podía percibir ningún rostro con claridad. Cerré los ojos con fuerza intentando salir de ahí. Cuando era niña, mi madre me enseñó un truco para salir de las pesadillas rápido y sencillo, consiste en cerrar los ojos, algo que, sorprendentemente, es posible hacer mientras se está soñando, luego se pronuncian frases de auxilio a dios o al señor Jesucristo, despacio, con calma y sintiéndolo en el alma. Funcionó varias veces cuando era muy pequeña, no recuerdo exactamente a qué edad dejó de hacer efecto, quizá fue en la adolescencia tardía o la adultez legal inicial, lo que viene siendo algo así como lo mismo.
Dejó de funcionar por una razón que nunca entendí, cerraba los ojos en medio de sueños desagradables o incómodos, así como de pesadillas horribles relacionadas con lobos y muñecas y otras cosas y, entonces, no pasaba nada. Ya no despertaba ni empezaba a recobrar consciencia, ya no se ponía todo oscuro en mi realidad para seguir descansando porque, a veces, era eso lo que sucedía, cerrar los ojos y suplicar por mí no siempre me despertó automáticamente, muchas veces me hizo salir del sueño, pero permaneciendo dormida… El punto es que dejó de funcionar, abría los ojos y seguía en la pesadilla, todo era igual o peor y aquella ocasión no fue la excepción.
Miraba a través de un gran ventanal sellado y el ruido se intensificó sin ningún sentido, nadie abrió una maldita ventana ni mucho menos la puerta y fue como si mis oídos hubieran ingresado mientras yo seguía en cuerpo y subconsciencia —o inconsciencia— allí afuera. Personas con rostros difusos e imposibles de identificar se movían de un lado a otro, había muchos sonidos agudos como de máquinas de juegos, ruidos de monedas grandes y gruesas, palancas, botones y, como el más fuerte de todos, la rueda que giraba hacia el lado opuesto de la bola blanca en ella; estaba parada afuera del casino del pueblo.
Lo supe porque reconozco muy bien el sonido de la bola y la ruleta girando cada una hacia un lado, es un ruido pesado y característico con sabor a ritual, la puerta de entrada a un reino del que no es posible escapar y que está aquí y en el infierno al mismo tiempo. La bola blanca gira en una especie de piso superior a las casillas de la ruleta y, a pesar del estruendo que provoca el aparato, no es capaz de opacar el sonido de esta. La mezcla entre todos los elementos del aparato es inconfundible, cada pieza es elemental para la existencia del ritual y eso incluye, evidentemente, a jugadores y crupier.
Miré mi propia ropa para sentirme viva y real, estaba vestida con ropa negra, —como siempre—. Tenía unos vaqueros negros que combinaban con el abrigo; un saco ancho y grueso con letras blancas en medio. Todo era borroso y más allá del local no se percibían luces de postes ni mucho menos de casas, la luna era gigante pero mis ojos eran incapaces de enfocarla bien. Para distraerme del ruido que venía desde adentro miré la luna fijamente por un largo rato… era blanca, redonda, poderosa. Me recordó al bombillo blanco de la lampara en mi escritorio iluminando todo alrededor de mi diario, —alrededor de mi memoria— me recordó a la bola blanca de la ruleta francesa con su casillero verde solitario rompiendo la dualidad del juego y, por último, me recordó al juego que a veces practicaba sola y otras veces con Pablo… la otra ruleta.
Traté de ver mejor lo que había dentro del lugar, acerqué mis ojos al vidrio tanto como pude, era un gran agujero rectangular con un cristal grueso y un poco tintado, si podía verse desde afuera, pero no con suficiente claridad porque el grado de polarización no era tan alto ni tan bajo. Puse mis manos entre mi rostro y el vidrio para tapar cualquier cosa que me desconcentrara en mi periferia y lo intenté de nuevo. Con los movimientos lentos y bruscos de figuras humanas que iban de un lado a otro haciendo ruido con los rostros borrosos como lo último que guardé en la inconsciencia de esa escena, cerré los ojos y supliqué por mi tranquilidad a quien fuera que pudiera escucharme.
Nadie me escuchó, sabía que dentro de poco iban a llegar los lobos y a manifestarse las muñecas en el piso. Lo intenté una segunda vez, cerré los ojos, esta vez con más fuerza, supliqué por despertar y estar en mi cama o en la paz del dormir con la absoluta oscuridad por delante, en la inconsciencia total y, entonces, abrí los ojos. No funcionó, pero algo cambió, ya no estaba en la ventana mirando fijamente, estaba dentro del casino, como si me hubiera teletransportado.
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Editado: 20.04.2026