8 de febrero. 4 p. m. Tres semanas.
Sábado.
Fue un día muy extraño, pasaba de todo por mi cabeza y es como si en el exterior no ocurriera absolutamente nada. Mamá me obligó a ir a terapia porque es lo que los jóvenes tienen que hacer. Nunca la vi a ella buscando ayuda psicológica después del asesinato de papá, encontré aquello bastante hipócrita de su parte, pero no me atreví a decírselo porque, en el fondo, sabía que esa cita no iba a repetirse muchas veces —y ocurrió una sola vez— y que tampoco le daría detalles fuertes a la doctora como la muerte de papá o mis secretos y pensamientos importantes.
Decidí leerle todo lo que escribí sobre la pesadilla de finales de enero porque, después de una revisión sobre mis pensamientos en la primera mitad del diario, creí que era lo menos caótico y problemático. Al final, era solo una pesadilla como muchas otras, nada grave. Necesitaba darle a la psicóloga una imagen distinta de mí para no sentirme incómoda —no lo conseguí— y que todo fluyera rápido, fácil y sencillo. Nunca me consideré una persona con problemas graves, simplemente había algo que me atormentaba demasiado en mis pesadillas, pero, al repasar las cosas que escribía, sobre todo antes de conocer a Pablo y a Laura, podía darme cuenta de que algo no estaba del todo bien conmigo. Después de leerle aquel capítulo de mi vida onírica, la psicóloga me preguntó:
—¿Escribiste todo eso solamente para recordar esa pesadilla en particular?
—Es correcto, no es una narración perfecta ni del todo precisa, pero es lo mejor que pude hacer, lo máximo que puedo recordar —le respondí, omitiendo que escribía casi todos mis sueños y pesadillas.
—Entonces, estabas en la parte occidental del pueblo, un poco al sur de aquí, casi llegando al final —dijo mientras apuntaba algo en una hoja enganchada a un portapapeles.
—¿Qué?, no… estaba en el… estaba soñando —dije algo nerviosa.
—Si, lo sé, estabas soñando y, en tu pesadilla, estabas en las calles de Francisco de Asís, —dijo riendo suavemente al inicio— estoy tratando de ubicarme ya que, aparentemente, sueñas con el pueblo en el que vives, aunque confundes lugares, negocios y, posiblemente calles y callejones. Además, hay partes que directamente no reconoces o crees que no son parte del pueblo que habitas, como pequeñas zonas que no existen aquí.
—Sí, se podría decir que sí. Es como estar aquí y no estar al mismo tiempo, no porque me vaya como tal sino porque el pueblo cambia en algunas partes. Es como la iglesia, cambia de tamaño y colores, pero es la misma que está en el centro, cerca de la plaza.
—¿Hay algo más que recuerdes de esa pesadilla? —preguntó la doctora levantando la mirada de la hoja para verme a los ojos.
—No, no hay nada más —le dije.
Había algo más. Intenté una última vez llevar a cabo el truco de mamá. Cerré los ojos con fuerza y pedí estar en mi casa, en mi cama, segura y tranquila descansando de todo, entonces una dulce voz femenina me dijo:
—… tú, es mejor que salgas de aquí tan pronto como puedas… vete… Eliza…
Es todo. No quise decírselo a la psicóloga por alguna razón que no entiendo.
—¿Siempre está el casino involucrado en tus pesadillas? —preguntó la doctora.
—No, en realidad lo único que se repite como patrón es el tema de los lobos, las muñecas y la iglesia. En esa ocasión la situación en el casino ocurrió antes, después vinieron los lobos y lo de siempre. Hice hincapié en esa parte porque a veces mis pesadillas tienen detalles que diferencian unas de las otras, los lobos y las muñecas son parte de la monotonía porque eso nunca cambia, por eso no acostumbro a escribir tanto sobre las otras pesadillas.
—¿Alguna vez has ido al casino?
—Solo en un par de pesadillas —la miré confundida.
—¿Despierta lo has hecho? —volvió a mirar el documento.
—No… no entiendo, yo…
—Hay varios locales como el que describiste en el pueblo, de hecho, es muy cerca de aquí, solo debes ir uno o dos kilómetros hacia el sur y hay todo un barrio para ese tipo de actividades —mencionó interrumpiéndome.
—No, jamás he estado en un casino ni en esa zona —miré hacia afuera a través del ventanal tras de ella tratando de ubicarme y me lanzó una mirada— Sé de qué zona habla, la conozco, pero no es mi tipo de entretenimiento ni las cosas que hago en mi tiempo libre. Trabajo demasiado para eso.
—Perfecto, reconoces la zona y, por alguna razón, soñaste con ella —dijo mirando el portapapeles otra vez— ¿En dónde empiezan a aparecer los lobos?
—Nunca me he fijado en ese detalle con exactitud, pero creo que es cuando estoy llegando a la iglesia. Al principio de mis pesadillas me siento muy sola y no hay ruidos, la pesadilla que acabo de redactarle fue una excepción en donde hubo personas y bastante ruido, pero generalmente esa soledad desaparece cuando estoy a punto de llegar a la plaza y, entonces, empiezan a caminar alrededor de mí en dirección al templo.
—¿Los lobos te miran, se acercan a ti, te mesturan los dientes… hacen algo más?
—No, nada de eso… nunca me han agredido, ni siquiera lo intentan, de hecho, es como si yo no estuviera ahí para la mayoría de ellos. Algunos sí me notan y observan de reojo, pero no me enseñan los dientes ni me demuestran miedo, molestia o intentos de intimidarme, solo caminan con la cabeza un poco baja hacia la iglesia.
—Entiendo, bien —hizo una pausa y tomó un breve apunte en un portapapeles— me gustaría que sigamos repasando con más detalles el tema de los lobos, las muñecas, el pueblo y la iglesia, pero antes, es necesario…
Pero antes, es necesario indagar en otras cuestiones. Tus padres, infancia, amigos, parejas, pasatiempos, infancia, trabajo y lo que espero de la vida. Él está muerto, ella está traumada y me odia, no tengo amigos ni pareja, me gusta escribir, no recuerdo mi infancia con detalles y no espero absolutamente nada de esta vida de mierda. Nos miramos fijamente y ella sonrió, hizo un gesto suave y ameno con la mano, como incitándome a hablar, esperando una respuesta a la basura que preguntó.
#573 en Thriller
#1344 en Novela contemporánea
crimen drama misterio, thriller drama psicológico suspenso, postmoderna
Editado: 20.04.2026