8 de febrero.
Sábado. Todavía.
¿Quién eres? Creo que es una pregunta absurda. Soy Elizabeth, soy Eliza… soy la chica de las dos ruletas, soy la chica que los lobos no intentan agredir y de la que no huyen ni se asustan, soy la que ve las muñecas destruidas por todo el pueblo, soy la que confunde la luz de la luna con la del foco blanco y la bola de la ruleta del casino, la que está en el último piso del edificio abandonado esperando una respuesta a tantas preguntas: ¿Quién asesinó a mi padre y por qué? ¿Por qué mamá está enojada conmigo? ¿De dónde salió Laura y qué quiere? Soy Eliza, soy Elizabeth, soy…
—Elizabeth, ¿estás aquí conmigo? —preguntó la psicóloga moviendo su mano derecha frente a mi rostro, intentando captar mi atención.
Ella estaba sentada en su escritorio, yo estaba en un sofá muy cómodo de color rojo oscuro, creo que estaba hecho de un cuero muy suave, se sentía cálido, pero hacía demasiado ruido ante el más mínimo movimiento. El sonido era algo molesto y extraño por lo que traté de no moverme demasiado. El consultorio era una oficina con todas las letras, podría ser el despacho de un abogado, contador, médico, incluso la oficina de un contrabandista esperando a que le enseñes relojes, cadenas o ropa lujosa robada para su reventa en el mercado negro. Todo era gris, corporativo y formal, a tan solo un kilómetro y algo de la Zona Roja.
—Disculpe… perdón, ¿qué me preguntó?
—Te pregunté quién eres tú, formulaste una respuesta considerablemente larga, pero no alcancé a percibir muy bien tus palabras. Lo intenté, pero no fui capaz de escucharte con claridad.
—Si, escuché la pregunta —me llevé las manos al rostro y cerré los ojos con fuerza, tenía bastante sueño— Perdón, yo no…
—¿Podrías por favor volver a formular la respuesta? —dijo la doctora interrumpiéndome.
—Es que yo no respondí —contesté y traté de mirarla fijamente, ella hizo un movimiento de cabeza hacia un lado y no hubo sonrisa esta vez, tampoco movimiento de mano ni brazo— No dije absolutamente nada.
—Si quieres podemos pasar a otro tema y dejar esto para después, para otra sesión, por ejemplo —bajó la mirada hacia sus papeles después de lanzarme las expresiones más serias que llegué a verle en toda la cita.
Todo fue sonreír y asentir la cabeza hasta ese momento, la sesión iba bien aun con las verdades a medias que le dije sobre mi vida, pero luego de ese incómodo momento no volvió a ser igual, la expresión de la doctora se volvió seria, me miraba con curiosidad y rareza, como si fuese una paciente psiquiátrica con una enfermedad gravísima. Mi paranoia volvió. Yo no contesté su pregunta, me quedé completamente sin respuesta. Solo hubo silencio y frustración por no entender qué era exactamente lo que quería escuchar de mí con semejante pregunta. Por muy frustrada que me sintiera, no tenía ganas de entrar en discusión con una profesional a la que de todas maneras no volvería a ver nunca más, por eso le dije:
—Perfecto, si, no hay problema… una disculpa.
—No te preocupes, no tienes por qué disculparte de nada —volvió a verme a los ojos y esta vez tenía una expresión de lástima, fue humillante y extraño a la vez, habría preferido que me viera con rareza y no con esa cara— ¿Hay algo más de tu diario que te gustaría compartir? Quizá una experiencia negativa, algo que te haya afectado significativamente en los últimos días, semanas, meses, incluso pueden ser…
—Si, dos tipos trataron de [?] —la interrumpí de forma brusca y la miré con los ojos bien abiertos, de repente sentí algo entre mis manos.
—Dios mío, siento muchísimo escuchar eso, Eliza —expresó la doctora.
Tenía el diario en medio de mis piernas muy cerradas, con ambas manos a los lados apretándolo con fuerza con las palmas muy abiertas, como si intentara evitar que se abriera. No fui consciente de la presencia del libro que representa la mayor parte de mi memoria funcional sino hasta ese momento. Le narré la pesadilla del casino donde la pareja de amigos —o lo que fueran— conversaban sobre apostar al casillero verde y creo haberlo leído directamente de ahí. Quizá solo lo abrí y me parafraseé como si los nervios no me permitieran leer correctamente. No recuerdo qué pasó con exactitud, el punto es que llevé mi diario a mi cita con la doctora y, posiblemente, le leí un capítulo, una fecha, una sección… la misma que hallé bajo la fecha «31 de enero. Tres de la madrugada. Un mes».
¿Un mes de qué? Recuerdo que el último día de enero dormí muy mal, lo recuerdo porque fue el día en que dos personas intentaron propasarse conmigo en el edificio abandonado y fue el último día que me atreví a entrar allí, hasta que conocí a Pablo y su compañía me hizo sentir lo suficiente segura para volver a entrar. Ese día descansé del trabajo y fui al edificio, como de costumbre, a pensar en la nada, en el vacío, a sentarme en las colinas y mirar las montañas para luego ir a la terraza y mejorar la visión del paisaje.
El 31 de enero fui una especie de punto de inflexión extraño en mi vida porque, después de aquella experiencia, dejé de escribir por unos días. La no escritura es para mí como una especie de lobotomía temporal. Ni siquiera sé muy bien cómo explicarlo porque no tiene tanto sentido como me gustaría. Algo que no está escrito es algo que no sucedió, algo que elimino o arranco del cuaderno para botarlo a la basura es algo que tampoco ocurrió. Después de finales de enero dejé de escribir durante varias semanas, luego volví a retomar la escritura por algo horroroso que pasó en el cuarto piso del edificio abandonado con Pablo, fue a mediados de febrero o algo así.
La partición del diario en dos partes estaba relacionada al mismo tiempo con el último día de enero y mediados de febrero, cosas pasaron en esas fechas que me hicieron parar por una breve temporada y seguir escribiendo después por la necesidad de entender bien de qué se trataba todo. Por esa razón hay un antes y un después, un par de eventos que mi cabeza no pudo procesar con plenitud y que me tienen aquí reescribiendo todo para poder arreglar mis problemas.
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Editado: 20.04.2026