La noche cayó sobre Moonshades sin aviso. No hubo presagio en el viento ni señal en el cielo; solo un quiebre repentino en la quietud del reino. Los centinelas del límite oriental apenas tuvieron tiempo de alzar la voz antes de que el suelo temblara bajo pasos ajenos. Sombras avanzaron desde el bosque antiguo, rápidas, silenciosas, con ojos encendidos por un fulgor antinatural.
Los vampiros habían llegado.
Aveline marchaba al frente. Su figura conservaba la elegancia que alguna vez la definió, aunque ahora su mirada carecía de piedad. A su lado caminaba su esposo, el rey de los vampiros, envuelto en una capa oscura que parecía absorber la luz. No hubo duda en su avance. Aquel lugar había sido su hogar en otro tiempo y, por ello mismo, debía arder.
Las defensas de la manada cayeron con rapidez. Los lobos despertaron sobresaltados, saliendo de cabañas y refugios sin comprender la magnitud del ataque. El primer alarido rasgó el aire y dio inicio al caos. Colmillos chocaron contra acero, garras contra piedra, y la sangre manchó la hierba sagrada.
Darius se lanzó a la batalla sin vacilar. Su transformación fue inmediata; el lobo gris oscuro emergió con un rugido que estremeció la tierra. Cedric luchaba a su lado, cubriéndole la retaguardia, y más atrás el padre de Darius y antiguo alfa de la manada resistía con una fiereza increíble. Padre e hijo combatían sin saber que la orden venía de la misma sangre que los había abandonado.
Aveline alzó la piedra lunar.
El artefacto brilló con una luz espectral y un murmullo antiguo recorrió el campo. Los lobos se estremecieron. Sus cuerpos respondieron antes que su voluntad. Varios giraron sobre sí, atacando a hermanos, a compañeros de caza, a crías que corrían en busca de refugio. El horror se expandió con rapidez.
Muy lejos de allí, Herodes se irguió de golpe.
El aviso llegó por medio de un guardia asustado; lo habían enviado a buscarlo y avisarle al rey. Sus ojos se tornaron duros al comprender. Moonshades estaba bajo asedio. No dudó: esa gente que atacaba tenía una ventaja sobre los hombres lobo.
—Malditos bastardos… —pronunció con voz baja.
Aria sintió el cambio en él antes de que hablara. El aire a su alrededor vibró y su expresión dejó atrás la serenidad reciente.
—Debo ir, Cachorrita —dijo Herodes—. Ahora.
—Yo también —respondió ella sin dudar.
Él negó de inmediato.
—No. Te quedarás en el castillo. Es demasiado peligroso.
Aria avanzó un paso. Sus ojos claros no mostraron miedo; al contrario, había seguridad y confianza.
—Ese lugar fue hogar también. Allí vivió mamá. Debo ir. Esa manada es mi gente, a pesar de todo. No me voy a quedar al margen.
Herodes quiso replicar, quiso imponer su voluntad, pero reconoció en ella una decisión inamovible. No hubo más palabras. Ambos salieron corriendo para subir al vehículo que los llevaría, dejando atrás muros y torres, surcando la noche rumbo al desastre.
Kael sintió la alteración mágica al mismo tiempo. El hechicero abandonó su estudio y siguió el rastro del artefacto lunar, maldiciendo en lenguas antiguas. Elias, hermano de Herodes, ya corría hacia el conflicto, guiado por un presentimiento que le oprimía el pecho. La alerta había sido enviada y se necesitaba la ayuda de todos.
Moonshades ardía.
Cuando Herodes llegó, el panorama fue brutal. Lobos heridos se arrastraban sobre la tierra. Vampiros reían mientras atacaban sin piedad. El olor metálico saturaba el aire. Sus garras se hundieron en el suelo al ver a pequeños heridos y dañados.
Aria vio a Cedric defendiendo a una cría y le hubiese gustado que lo hubiera hecho con ella. Darius estaba rodeado por enemigos que reconocía de peleas antiguas, solo que no sabía que era su hermana la que lideraba todo.
—¡Deténganse! —rugió Herodes.
Su voz se expandió por el campo, imponiendo silencio por un latido. Aveline giró el rostro con lentitud. Al verlo, sonrió.
—Llegó el rey —exclamó con burla—. Llegas tarde.
Aria avanzó a su lado… y la vio.
Aveline estaba viva. No solo viva, sino coronada, erguida, unida al rey vampiro. La comprensión fue inmediata. La traición adquirió forma, nombre y memoria. Todo lo que había sido roto encajó en un instante y el sufrimiento de años se le rió en la cara.
Algo oscuro se alzó en Aria. Las noches de dolor y de zozobra, el miedo que sintió al perder a su amiga; algo dentro de ella crujió, rompiéndose en partes pequeñas.
La bondad que había guiado sus pasos se replegó, sofocada por una oleada de furia absoluta. Sus manos comenzaron a arder con energía pura. El cielo respondió con un trueno seco.
—Tú… —susurró Aria, avanzando. Su cuerpo emanaba un aura enorme, pero no tan pura.
Aveline alzó la piedra lunar, pero no alcanzó a pronunciar el hechizo. Conectó sus ojos con ella y los abrió. No podía entender que ella era la élite poderosa, esa misma insignificante a la que engañó con facilidad.
Un rayo brotó de las palmas de Aria y la golpeó de lleno, lanzándola contra un árbol y sacándolo por completo. La corteza estalló. El impacto hizo temblar la tierra. Aveline cayó al suelo, gritando.
Los ojos de Aria se volvieron negros. Raíces negras surgieron de su piel y treparon por el rostro de Aveline, marcándola, atándola y reclamándola. La magia del lugar respondió al llamado de la reina.
—¡Aria! —gritó Herodes, alarmado. Se transformó para luchar; sabía que no podía interferir ahora.
El rey vampiro se lanzó hacia Aria, colmillos expuestos. No llegó a tocarla. Aria lo tomó del cuello con una sola mano y lo arrojó lejos, atravesando a varios de sus súbditos. Estaba fuera de sí.
Kael apareció a su lado, levantando barreras arcanas para proteger a los lobos libres del control lunar, pero no fue necesario.
La reina Aria levantó su mano y el poder que ellos tenían flaqueó, y los lobos comenzaron a liberarse del yugo mental.
Elias se abrió paso con violencia, derribando vampiros con furia.
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Editado: 02.01.2026