Las dos bestias se miraban fijamente. Kendra destilaba baba de su boca; sus dientes filosos eran capaces de partir cualquier cosa en dos.
—Me das pena, te engañé igual que a una niña idiota —habló Aveline mientras su loba Artemis rugía delante de Kendra.
Alrededor, toda la manada Moonshades observaba aquella batalla impresionante. Herodes quería intervenir, pero sabía que ella necesitaba esto.
Kendra, impulsada por Aria, no perdió tiempo en hablar; simplemente se lanzó contra la loba marrón y la tomó del cuello, le dio un batido de un lado al otro y la lanzó lejos. Artemis no tardó mucho en levantarse y contraatacó llevando sus dientes al cuello de Kendra; sin embargo, la loba blanca de ojos rojos saltó lejos y se quedó respirando agitada.
Herodes, ya en su forma humana y con la ropa que le habían traído sus guardias, rodeaba el lugar para que nadie interviniera, aunque tanto él como su lobo le pedían intervenir y salvar a su reina.
—Tú me engañaste, pero eso solo sirvió para librarme de la gente que jamás me mereció —dijo a través de la comunicación mental. Esas palabras causaban repudio en Aveline y volvió a embestirla.
Elias, Herodes, Kael y Darius dieron un paso al frente, pero detuvieron sus intenciones al ver a Kendra moverse tan rápido que ni siquiera pudieron rozar su sombra.
—Maldita bastarda rechazada —los insultos no se detenían; la rabia de Aveline y el dolor por la pérdida de su amado la cegaron.
—Lo era, solía ser la rechazada ingenua, la odiada por su padre y su destinado —canturreó Aria.
Darius sintió el puñal amargo de desprecio en su corazón; se había equivocado al rechazar a la mujer que amaba, a pesar de que pensó que no debía. Ahora que la verdad estaba sobre la mesa, era tarde.
La noche estaba helada; el aliento que salía de las bocas y los hocicos se llenaban de humo blanco.
Los animales se habían escondido, los vampiros estaban reducidos y el vampiro aliado quería matar a aquella manipuladora que puso a todo su clan en su contra.
Ahora el vampiro mayor estaba muerto y él recibiría el trono; solo debía acabar con Aveline.
—Solía, ahora soy esposa de un ser maravilloso —gruñó, hinchando el pecho de Herodes—, y la reina de todas las manadas, y tú, traidora, eres una exiliada —gruñó, rompiendo el silencio de la noche, y la atacó con una de sus patas; sacudió con odio y arrancó un pedazo de carne.
Los aullidos no se hicieron esperar, pero Aria ya no quería hablar, tampoco saber por qué lo hizo; el dolor de saberse traicionada por la única que la había querido supuestamente causó que el aura oscura tomara control.
Sus ojos eran fuego y no le dolía la agonía de quien creyó una hermana.
Tomó la cola de la loba de Aveline y la giró varias veces; volaba por los cielos, todo era un caos.
El padre de Darius sufría por su hija, porque, a pesar de todo, era su sangre.
El tiempo desapareció, los gritos no importaban, el dolor ya no la detenía; ella quería esto, venganza.
La cola de la loba Artemis se desprendió y cayó contra una roca inmensa; varios huesos crujieron, aunque era una loba, también era una vampira o no sabía qué ventaja tendría ser ambas.
Aria aprovechó que Aveline volvió a su forma humana e hizo lo mismo; su cuerpo quedó desnudo por unos segundos antes de que Herodes la rodeara, cubriéndola con una bata negra que también habían traído.
—Amor... ¿estás bien? —el apodo dulce delante de todos dejó a Aria atónita y su ira se disipó mientras sus ojos estaban en su rey.
—Lo estoy, mi amor, ahora debo terminar —ella asintió y acomodó la tela en su cuerpo, aseguró el cinto y tomó del cabello a la joven por la que tanto se culpó.
Aveline se arrastraba; su capacidad de regenerarse estaba bloqueada por el poder de Aria.
—Por favor, amiga... ayúdame, tenía un hechizo, pero lo acabas de romper —intentó manipular a Aria; sin embargo, ella ya no era la misma ingenua de antes, ahora era la reina y debía causar respeto.
—Por supuesto que sí, amiga... —la reina usó un tono dulce; todos se sorprendieron y algunos no querían que creyera en la traidora.
Los ojos de Aveline se llenaron de esperanzas; había liberado esta, o eso creía.
Aria la tomó del cuello y la elevó con una fuerza que nadie imaginó; el cuerpo de su ex amiga se dejaba ver sin ninguna tela, tampoco podía moverse por las partes rotas en su cuerpo.
—Una vez me culparon de asesina... —elevó su voz—. Yo pasé años exiliada por la falsa muerte de esta maldita —apretó más su cuello, viéndola ponerse azul—. El hombre que me engendró me odió más, mi destinado me humilló por matar a su maldita hermana —Aria clavó su vista en Darius y él solo lloraba de arrepentimiento.
—Gracias, Darius, gracias a todos que me entregaron a mi nueva familia y al amor de mi vida —ironizó con veneno en cada frase—. Ahora, ¿saben algo? Odienme.
—¡Noooo! —el padre de Darius vio el cuello de su hija romperse; Aria había hecho lo que debía como reina, impartir justicia ante el delito de traición.
Algo cambió en Aria; ya no había culpas ni remordimientos, ahora era una mujer sin cargas, alguien libre de dolor.
—Ahora sí la maté, Aria, reina de las manadas, ha hecho justicia —se alejó un paso del desastre que dejó y su esposo Herodes alcanzó a atraparla antes de que perdiera las fuerzas.
—¡Aveline! ¡Hija...! —el padre de la difunta la lloraba, aunque esta vez sabía que era lo correcto; ella se atrevió a dañar a muchos y su destino no podía ser igual.
Aria caminó de la mano de su rey; Kael y Elias corrieron a abrazarla, aunque Herodes no los dejó.
—Sin abrazos —gruñó y la levantó en brazos; ella estaba débil, debía sacarla de allí.
En el camino se toparon con Darius y este no pudo dejar pasar la oportunidad.
—Aria... yo... perdóname —a Darius ya no le importaba nada, solo quería hablar con ella.
—Ahora sí, ódieme, Darius, y no me vuelva a molestar o el siguiente es usted —Aria llevó su vista a Herodes; la estaba cargando y lo sintió tenso—. Vámonos, amor, estoy agotada —ella no agregó nada más.
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Editado: 02.01.2026